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¿Qué hace a un fascista?

El fascismo —pese a su glorificación de la violencia— muchas veces no tuvo que ejercer la violencia para alcanzar sus objetivos

Benito Mussolini, fundador del fascismo corporativista.

Jan-Werner Müller

12 de noviembre 2022

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Casi exactamente un siglo después de la Marcha sobre Roma y el ascenso al cargo de primer ministro italiano del líder fascista Benito Mussolini, una política cuyo partido desciende de los fascistas originales, Giorgia Meloni, ha asumido como primera ministra de Italia. ¿Estamos siendo testigos del retorno de un fascismo en minúsculas —un fenómeno político que ha resonado mucho más allá de Italia desde 1922?

Si bien no tiene nada de malo formular la pregunta, hablar demasiado libremente de fascismo podría inducir fácilmente a los líderes de extrema derecha a decir que, como sus críticos siempre exageran, ellos también deben inflar la amenaza a la democracia. Como era de esperarse, Meloni hizo un gran esfuerzo por distanciarse del fascismo en su discurso inaugural ante el Parlamento.


Sin embargo, al considerar la cuestión del fascismo hoy, debemos recordar que ha pasado por diferentes fases. Si bien hoy en día no hay regímenes fascistas en Europa o en el hemisferio americano, ciertamente hay algunos partidos —inclusive en el Gobierno— que podrían adoptar gradualmente una dirección más fascista.

Al igual que cualquier sistema de creencias políticas, el fascismo seguramente va a evolucionar. El liberalismo hoy no es lo que era hace cien años, y el conservadurismo —que no hay que confundir con una postura reaccionaria o inclusive estrictamente ortodoxa— encuentra su significado en una adaptación cuidadosa a las circunstancias cambiantes. Lo que define a estos sistemas son compromisos de valor básicos que deberían reconocerse con el tiempo. Los liberales cuentan historias sobre la libertad; los conservadores se obsesionan con los peligros del cambio rápido y los límites de la razón humana para reformular la sociedad.

¿Y los fascistas? Por empezar, todos han sido nacionalistas que prometieron un renacimiento nacional —es decir, volver a hacer grande al país—. Pero no todos los nacionalistas son fascistas y muchos políticos prometen cierta forma de regeneración. Lo que ha distinguido a los fascistas históricamente ha sido su glorificación de la lucha violenta y del valor marcial. También han promovido estrictas jerarquías nacionales, raciales y de género, en las que se supone que particularmente las razas están atrapadas en un conflicto permanente y letal.

La extrema derecha de hoy está sin duda abocada a la tarea de restablecer los roles y las jerarquías de género y toma gran parte de su energía de una política implacable de exclusión: aquellos ajenos a la nación deben quedarse afuera, para que no terminen reemplazando al grupo interno dominante. Pero también se percibe un peligro desde adentro: específicamente, las “élites liberales” y las minorías que no cuentan como miembros de lo que los populistas de extrema derecha consideran la “gente real”.

Sin embargo, esta política de exclusión no necesariamente va de la mano de una glorificación de la violencia y de la lucha como un medio de brindarles a los hombres (por lo general son hombres) vidas trascendentes, disciplinadas y heroicas. La última característica, después de todo, surgió de las movilizaciones masivas de la Primera Guerra Mundial, cuando Mussolini elogiaba la “aristocracia de las fronteras”: una aristocracia de guerreros valientes —a diferencia de los guerreros del teclado de fin de semana de hoy— que se habían vinculado en combate. Como la guerra había terminado, los seguidores de Mussolini siguieron la violencia en casa. De la misma manera, el ascenso de Hitler es incomprensible fuera del contexto de las milicias de derecha sanguinarias que surgieron en Alemania a comienzos de los años 1920.

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No es casualidad que los regímenes fascistas se originaran en países que perdieron (en el caso de Alemania) o sintieron que habían perdido (Italia) un conflicto militar. Tampoco es un accidente que los regímenes fascistas tarde o temprano fueran a la guerra, a diferencia de los Gobiernos autoritarios tradicionales, que normalmente prefieren no movilizar a sus sociedades.

Esta atmósfera de violencia generalizada hoy no existe. Es verdad, los veteranos están sobrerrepresentados al interior de los grupos más violentos de la derecha y los líderes de extrema derecha de hoy efectivamente propician lo que la filósofa Kate Manne llama “agresión por goteo”. Pero aún donde la extrema derecha ha llegado al poder, ha intentado desmovilizar a los ciudadanos y hacer las paces con el capitalismo del consumo.

Ahora bien, ¿deberíamos dejar atrás el debate sobre el fascismo? Sería demasiado apresurado. Como ha demostrado el distinguido historiador Robert Paxton, el fascismo llega en diferentes fases. La opinión generalizada de hoy sostiene que mientras que las democracias averiadas del siglo XX normalmente eran derrocadas con golpes violentos, en el siglo XXI es más probable que las democracias caigan en manos de autoritarios ambiciosos que con el tiempo manipulan sutilmente las leyes de manera tal que sacarlos del poder resulte prácticamente imposible. Se dice que esa autocratización —un neologismo desagradable pero necesario— es más efectiva cuanto más difícil sea detectarla.

Pero este contraste pasa por alto el hecho de que el fascismo —pese a su glorificación de la violencia— muchas veces no tuvo que ejercer la violencia para alcanzar sus objetivos. El propio Mussolini no marchó sobre Roma. Llegó en un coche cama desde Milán después de que el rey y las élites tradicionales de Italia habían decidido entregarle el poder, con la esperanza de que resolviera un caos político que nadie más parecía capaz de manejar.

También en general se olvida que Mussolini gobernó durante años dentro de las estructuras de la democracia de Italia, y hasta incluyó a muchos liberales autodeclarados en su gabinete. Practicó lo que hoy se describe como “legalismo autocrático”. Siguió la letra de la ley a la vez que violaba su espíritu; o sancionó legislación de maneras correctas desde el punto de vista del procedimiento pero que ponían el régimen de los hombres por sobre el Estado de derecho. Sin duda, también había mucha violencia atroz, como el asesinato infame del político socialista Giacomo Matteotti. Pero recién en 1925 Mussolini claramente se convirtió en un dictador (mientras que Hitler dejó pocas dudas sobre el régimen absolutamente racista y totalitario que establecería desde el mismo día en que fue nombrado canciller).

Es un error de juicio político vincular a la extrema derecha de hoy con el fascismo. Pero es imperativo observar bien de cerca cómo se desarrolla la extrema derecha con el tiempo. Un giro hacia el fascismo —representado por compromisos abiertos con el autoritarismo y la glorificación de la violencia— podría suceder rápido, pero también podría suceder muy despacio. En cualquier caso, la conducta de las élites tradicionales es un factor clave a tener en cuenta. Ésa es una de las lecciones menos comprendidas del ascenso del fascismo de Mussolini en la Italia del siglo XX.


*Artículo publicado originalmente en Project Syndicate.

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Jan-Werner Müller

Jan-Werner Müller

Filósofo político alemán, escritor e historiador sobre ideas políticas. Catedrático en la Universidad de Princeton. Cofundador del Colegio Europeo de Artes Liberales en Berlín.

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