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Nicaragua: el Macbeth en el Caribe que desafía a Joe Biden

El pequeño país centroamericano es un enorme problema para EE. UU. tras derivar en una dictadura absoluta amparada por Rusia y China

Un ciudadano nicaragüense pasa frente a un mural con la imagen del presidente Daniel Ortega, en Managua. Foto: Confidencial

Marcelo Cantelmi

15 de noviembre 2021

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América latina cuenta ahora en Nicaragua con su versión norcoreana de bolsillo, desarmada al menos pero con iguales dosis de mesianismo y soberbia que el despótico modelo familiar del nordeste asiático.

Sin que se sepa claramente cuál de ambos tiene el poder real, Daniel Ortega y su mujer Rosario Murillo, con la teatralización de elecciones sin oposición, consagraron este último domingo una monarquía absoluta. Un reino feudal supuestamente de izquierda, cuyos ejes principales de poder y riqueza se distribuyen entre los ocho hijos de la pareja.


La incógnita menor para los analistas será cuál de esos vástagos será el heredero dinástico del trono que edificó el veterano jefe del clan de 76 años, imitador en detalle de la dictadura de los Somoza que contribuyó a derrumbar en sus años de guerrillero.

Este movimiento autoritario ha alterado profundamente la forma en que deberá verse ese país en adelante constituido en un particular desafío, incluso por su temporalidad, para el gobierno de Joe Biden. En menos de un mes, el 8 y 9 de diciembre, el líder demócrata lanzará su prometida conferencia global sobre la defensa de la democracia.

Ese encuentro que pretende mostrar el regreso del liderazgo norteamericano en la materia, reunirá a un centenar de naciones, muchas del hemisferio donde la imperfección democrática es una regla, y que tramitarán cuestiones claves como derechos humanos e independencia judicial.

La izquierda

EE. UU., ya tiene sus propios descalabros domésticos con la democracia exhibidos en la toma del Capitolio en enero pasado y en la insistencia del mayor partido opositor sobre la ilegitimidad de la votación de noviembre que coronó a Biden.

Ahora, la deriva autoritaria en el pequeño país centroamericano le suma una incómoda estridencia a las crónicas debilidades institucionales en su patio trasero. También porque se relevan escasos los caminos posibles para enderezar esos desvíos.

Una dimensión no menor que desnuda el proceso nicaragüense es la degradación de los rescoldos de la inexistente izquierda latinoamericana.

Sin capacidad de cambio y acosados por la crisis económica y la rebelión de sus sociedades, estos regímenes como en Venezuela o Cuba, acaban en un caudillismo personalista y autoritario que sobrevive copiando muchas veces el manual de las dictaduras cívico militares sudamericanas.

El régimen de Managua es quizá el más trasparente de la “progresía” regional. En lugar de menear negociaciones con los rivales políticos como suele entretener el experimento chavista venezolano, sencillamente resolvió encarcelar a toda la colonia disidente para anular la posible ventaja opositora en las urnas. 

El grotesco de toda la escena es casi un homenaje a los rituales electorales de Alfredo Stroessner en Paraguay o Hosni Mubarak en Egipto, entre otros déspotas que se ratificaban en rutinarios comicios manipulados y con la disidencia exiliada o en prisión.

Claro que no basta con abulonarse al poder. Al estilo de esos ejemplos, la familia Ortega-Murillo, el OrMu, como se conoce al exótico dúo monárquico, se apoderó de los polos de riqueza del país, desde los energéticos, agropecuarios, comunicaciones y el sistema de medios así como del control del comercio internacional. Magnates revolucionarios. La prole gerencia esos tesoros.

Este Macbeth caribeño, como en la tragedia de Shakespeare opera anegado de un misticismo que la primera dama o copresidente, según el cargo que se ha inventado, potencia con alusiones a la brujería y dosis de poesía erótica.

Su presencia es habitual en el gabinete y detrás de cualquier decisión gubernamental. En el terremoto de 2014 fue quien dirigió el país mientras su marido cuidaba a los nietos, relató el propio Ortega.

Migrantes centroamericanos en Oaxaca, caminan en una caravana que se dirige hacia Ciudad de México. Foto EFE

Casi cada día le habla en cadena a un pueblo al que le demanda que la vea como la gran madre de la patria.

Al mediodía, a la hora de la comida, esta mujer que ha pintado todo lo que pudo del país de rosa intenso, azul y amarillo, sus colores preferidos, suele aparecer en la televisión con los brazos pesados de pulseras coloridas y las manos adornadas de anillos, para hablar de botánica, consejos medicinales, defender alguna iniciativa gubernamental y criticar a EE. UU. También habla de Dios, numerosas veces de Dios.

El demonio, que también menta con frecuencia, es la oposición, los que agitan y protestan como descalificó con furia a los participantes de las manifestaciones de 2018 cuya represión dirigió personalmente dejando al menos tres centenares de muertos.

“Administra un país de seis millones de habitantes como si fuera un pueblito de 6000 personas”, dice asombrado un diplomático de EE.UU. al portal Político.

“Conoce el nombre de todos y cada uno. Sabe dónde trabajan. Les envía notas a los padres por la graduación de sus hijos o si hubo alguna promoción laboral o un casamiento. Y si no está feliz con alguien, hará lo posible para que el gobierno no le brinde nada”, afirma.

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Un trabajo del instituto de estudios latinoamericanos de la Universidad de Londres anotó un detalle interesante. El 10 de enero de 2017, diez días antes de que Donald Trump asumiera la presidencia de EE.UU., juraba Ortega su tercer mandato consecutivo. Al comparar los discursos, solo uno de ellos aludió al supuesto excepcionalismo de su país.

No fue Trump como podría suponerse, sino el dictador nicaragüense al describir a Nicaragua como un país bendecido también con sus dirigentes. No eran solo palabras. Murillo y su marido proclaman que fueron enviados por el cielo para dirigir esa comarca.

La economía

La emergencia de otro estado policíaco en la región con esta extravagante dictadura, desafía a sus críticos. Estados Unidos observa esta dinámica con cierta impotencia. Washington es el principal socio comercial de Managua. Según datos de la cancillería de EE.UU. compra el 49% de las exportaciones nicaragüenses y es la fuente del 22% de sus importaciones.

La balanza comercial en 2020 fue de casi 5 mil millones de dólares. Es una suma irrisoria para Washington, pero crucial para Managua. Los legisladores más duros del Congreso le reclaman a la Casa Blanca que opere sobre ese comercio removiendo las preferencias arancelarias dentro del CAFTA , siglas en inglés del acuerdo de libre comercio centroamericano que incluye a Nicaragua.

Con la legislación RENACER recientemente aprobada en el Capitolio, se habilitaría la exclusión de la dictadura OrMu de ese bloque comercial. Otros dispositivos con fuerte capacidad de daño son el Banco de Desarrollo Regional Centroamericano, CABEI, o el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, que podrían cancelar sus líneas de asistencia.

La ofensiva ya incluye a la OEA donde se plantea la posibilidad de cesar la membresía nicaragüense por la violación de la Carta Democrática. Pero nada de eso parece sustentable. 

El ahogo financiero puede seducir pero es una salida con forma de callejón. La Casa Blanca duda en recorrerlo porque aumentaría la pesadilla económica del país y la frustración de la sociedad que ya se reflejó en la enorme abstención en estas elecciones amañadas.

No es una cuestión humanitaria. Esa ausencia de futuro dispara la calamidad de un nuevo éxodo en la región. Si hasta hace poco los aproximadamente cien mil nicaragüenses que escaparon del país tras la represión de 2018, se radicaron en Costa Rica, otros comienzan a sumarse a las columnas de salvadoreños, hondureños, guatemaltecos y haitianos que golpean sobre la frontera de EE. UU.

En el sur norteamericano han aparecido patrullas de ultranacionalistas, como los Patriots of America de Texas, que hacen justicia por mano propia contra los migrantes y acusan a Biden de ese descalabro que se ha multiplicado.

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El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden. // Foto: EFE | Archivo | Confidencial

El otro costo de una ofensiva extrema es que consolidaría la alianza que Managua ha cimentado con China y Rusia. Moscú, que hace una constante exhibición de su presencia en el espacio de influencia de EE.UU., cinco años atrás, en el suroeste de Nicaragua, inauguró junto a la laguna Nejapa una enorme base de seguimiento satelital, semejante a la que instaló China en el sur argentino.

El Pentágono la describe como un sistema de espionaje ruso sobre EE. UU.

El régimen se abusa de los límites que contienen a sus adversarios, también de lo escabroso que significaría correr al país del acuerdo de libre comercio centroamericano. Cada paso de Ortega y Murillo expande esa contradicción.

La principal candidata presidencial opositora, Cristiana Chamorro, fue arrestada cuando el canciller de Joe Biden, Antony Blinken, se encontraba al otro lado de la frontera, en Costa Rica, debatiendo sobre la erosión de la democracia en la región.

Los otros postulantes y dirigentes fueron detenidos cuando la vicepresidente Kamala Harris realizaba una gira por Guatemala y México con la explosión migratoria en la agenda. Todavía en aquel momento Washington apostaba a que el régimen nicaraguense continuaría siendo un tapón para esos flujos. Esa sociedad terminó.

Entre los opositores encarcelados figura, ademas, el excanciller Francisco Aguirre-Sacasa. Es el padre de Roberto Aguirre-Sacasa, ciudadano estadounidense, creativo de la exitosa serie norteamericana Riverdale de la cadena CW, y con muchos amigos en el Congreso en Washington.

Es por todo esto que la pequeña Nicaragua es hoy un gigantesco problema doméstico para el líder norteamericano. Aun más complicado que Venezuela o Cuba y por ello configurará seguramente una de las plataformas sobre la cual Washington buscará mostrar su impaciencia camino al foro de diciembre.

La extensión y profundidad de ese reproche es el complejo dilema que Biden deberá resolver con urgencia sobre la estrecha cornisa que le dejan las circunstancias.


Texto original publicado en Clarín

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