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La resistencia civil que Nicaragua necesita

Una forma de lucha con acciones colectivas, disruptivas, no-institucionales y no-violentas con una jerarquía estratégica de objetivos complementarios

Nicaragua necesita resistencia civil. Podría o no ser suficiente por sí misma para salir de la dictadura absoluta de los Ortega Murillo

Enrique Gasteazoro

12 de agosto 2021

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Nicaragua necesita resistencia civil. Podría o no ser suficiente por sí misma para salir de la dictadura absoluta de los Ortega Murillo, que buscan perpetuarse en el poder como dinastía totalitaria en pleno siglo veintiuno, pero definitivamente es parte de lo requerido para derrocarlos por la fuerza, sin violencia física. Un paso indispensable para desarrollar la resistencia civil que Nicaragua necesita es promover un entendimiento amplio y común de las características y los objetivos que definen a esta forma de lucha.

Sí, la resistencia civil es una forma de lucha mediante la cual civiles sin armas usan la fuerza de acciones colectivas, disruptivas, no-institucionales y no-violentas organizadas alrededor de campañas específicas con una jerarquía estratégica de objetivos complementarios, en vez de organizaciones tradicionales, para enfrentar a un enemigo o poder opresor. También se denomina resistencia no-violenta, lucha no-armada y lucha no-violenta. Nada tiene que ver con civismo ni pacifismo. Inacción, marchas espontáneas, política tradicional, resistencia pasiva y resolución de conflictos no son resistencia civil.


Enfrentar a los Ortega Murillo, incluso sin violencia física, conlleva gran peligro, pero dejar de hacerlo condena al país a esperar hasta que caigan por su cuenta. La ciudadanía y los grupos de poder pueden impulsar a Nicaragua hacia la resistencia civil, cuyos principales métodos de lucha, la no-cooperación y protesta, dan lugar a tácticas para debilitar al enemigo hasta derrotarlo, sin violencia física, pero también sin titubeos. Se requiere un proceso incluyente para definir los riesgos que son o no asumibles en el marco de esta lucha, aunque sin espacio para medias tintas ni cálculos mezquinos.

La formidable maquinaria de represión y vigilancia del régimen Ortega Murillo ha truncado los anhelos de justicia y libertad en Nicaragua, entre otras razones, porque tras la espontánea Rebelión en Abril de 2018 nunca se consolidó en un movimiento cohesionado y plural con la visión, determinación y capacidad para desarrollar la resistencia civil. Desde el primer intento de diálogo, en mayo de 2018, se ha cometido el error de suponer que la familia dictatorial tiene objetivos más allá del poder absoluto, llevando la lucha al terreno institucional y eventualmente electoral.

Mientras los Ortega Murillo sigan sembrando terror, pilar de su Estado-familia-partido, las vías institucionales para alcanzar una transición democrática son estériles o inexistentes. Cualquier intento de resolver la crisis en la arena y con las reglas de la dictadura, sea un diálogo político o una contienda electoral, acarrea un defecto congénito mortal. Hasta que la ciudadanía y los grupos de poder acepten que la única forma de salir del régimen es por la fuerza, derrocando sin violencia física, no serán capaces de imaginar ni construir los caminos para lograrlo.

Pensamiento lateral para la construcción de instituciones alternativas

El pensamiento lateral, definido como la capacidad de ver múltiples respuestas posibles para una misma pregunta, múltiples soluciones para un problema, y de interpretar una pregunta o un problema de muchas formas distintas, es esencial para la creatividad y es inherente a la resistencia civil. Esta forma de lucha se define como no-institucional precisamente porque va más allá de la lógica convencional, reconociendo que las autoridades, estructuras, instituciones y normas vigentes carecen de legitimidad y son armas potentes en manos del enemigo opresor.

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Los Ortega Murillo dinamitaron el embrión de la resistencia civil en Nicaragua cuando convencieron a los grupos de poder, tanto a nivel nacional como dentro de la comunidad internacional, que eran lo suficientemente legítimos y racionales como para ceder el poder por medio de diálogos o elecciones. De esa manera lograron que la rebelión que surgió en abril de 2018 se convirtiera en su ventana para imponer una dictadura totalitaria y un estado policial, no en una oportunidad para que el país se acercara a una transición democrática.

El régimen liquidó el espejismo de la vía institucional como solución a la crisis nacional, dejando claro que no es posible ganarle en su juego, en su arena, con sus reglas. Incluso logró cambiar los parámetros del conflicto a su favor; ahora muchas de las tácticas más conocidas de la lucha no-violenta, como los boicots, las huelgas y las manifestaciones coordinadas, parecen utópicas. Sin embargo, es sumamente vulnerable ante otra de las principales formas de resistencia civil: la construcción de instituciones alternativas.

La construcción de instituciones alternativas es el proceso por medio del cual civiles organizados desarrollan instituciones económicas, políticas y sociales paralelas a las predominantes, con el fin de retarlas y reemplazarlas. Estas instituciones pueden ser legales, semilegales o ilegales. Escuelas alternativas, clínicas de salud comunitarias, medios y publicaciones autogestionadas, movimientos políticos sin personería jurídica, cooperativas o asociaciones productivas de base e incluso gobiernos paralelos, son algunos ejemplos.

Así como no se puede negar la fulminante capacidad de la dictadura para mantener el poder por medio del terror, también es claro que los Ortega Murillo son incapaces de resolver los problemas elementales de los nicaragüenses. Cada servicio público deficiente o inexistente es una oportunidad de construir alternativas para satisfacer necesidades desatendidas. Esto incluso se puede hacer de manera camuflada, aunque el régimen lleva años criminalizando la solidaridad misma, así que la represión es una certeza que siempre hay que mitigar.

Conducir la resistencia civil por la vía de las instituciones alternativas puede abrir la puerta para fortalecer una identidad colectiva en la ciudadanía, demostrar que las comunidades organizadas son fuerzas sociales constructivas, desarrollar capacidades de gestión y organización, estimular la confianza y el trabajo en redes, reducir los riesgos y otras tantas ventajas. Se trataría de, paulatinamente, enterrar viva a la dictadura bajo nuevas formas de organización autónoma para vivir y convivir un poco mejor a pesar de los Ortega Murillo.

*El autor es gerente general de CONFIDENCIAL.


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