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La autoridad moral del nicaragüense es el pilar de la resistencia

La fuerza moral de la mayoría azul y blanco y la dignidad de los nicaragüenses desmoraliza a los dictadores

bandera Nicaragua

Foto: Archivo | Confidencial

1 de febrero 2024

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El miedo que sostiene a la dictadura Ortega-Murillo se apoya en amenazas, cárcel, confiscación, destierro, y vulgarización de la persona humana. Los cuatro ejes totalitarios de la dictadura, monopolio de la fuerza, captura del Estado, criminalización de la democracia, y propaganda mediática existen en función de la cultura de la intimidación y el miedo.

Los Ortega-Murillo buscan debilitar el núcleo moral del pueblo nicaragüense para doblegarlo completamente. Es un propósito narcisista que refleja su inseguridad en el poder.


Esta obsesión por controlar la dignidad es vital para la dictadura porque ellos miden su aprobación conforme al silencio que genera el miedo —que interpretan como aceptación y acomodamiento— o por la aprobación de los seguidores clientelares, ambos definidos bajo el prisma de ‘lealtad’. 

En cambio, el rechazo moral y la desaprobación de Ortega y Murillo los espanta, saben que la ridiculización y el cuestionamiento de su reputación, poner en evidencia las contradicciones flagrantes entre lo que dicen y lo que hacen, los debilita simbólica y políticamente. 

Por ello la dictadura alimenta su propia imagen con desinformación, mentiras, y chantajes. Saben que si la fuerza moral de la mayoría azul y blanco sigue siendo superior a ellos, su imagen se seguirá debilitando. La dignidad de los nicaragüenses desmoraliza a los dictadores.

Pero como ellos no tienen moral, la mentira es su única respuesta.

Los nicaragüenses rigen su vida cotidiana protegiendo su dignidad a pesar de la adversidad; mantienen su fe en la creencia y culto a Dios; su entrega y dedicación a los hijos y su familia; su humildad aparte de su condición material; el vivir con poco, pero lograr mucho con lo que tienen (hacer de tripas corazón); el ser desprendido de posesiones (aunque el avaro acapare el necesitado); son algunos principios que practican.

Esta forma de vida les otorga autoridad moral para no someter su conciencia ante los tiranos y los coloca encima de ellos: sus principios son duraderos, no son transaccionales, pocos nicaragüenses cambian su dignidad por prebendas u ofertas materiales, y aceptan a la dictadura. Más del 80% de los nicas no quieren nada con esta dictadura.

A la solidez de estos valores les temen el círculo de poder y el clan familiar. Por ello Rosario Murillo responde con el discurso de odio, que repiten sus adláteres: violencia, insultos, y epítetos.

En su discurso de odio, Murillo hace uso de lenguaje tosco o de mentiras, ocultando la verdad.  Cuando ella dice “se defiende la paz con el alma porque fue recuperada de las garras del odio,” la gente sabe que lo que realmente quiere decir es que “hoy hay calma porque nosotros callamos la protesta con el fusil y los francotiradores.”

O cuando se refiere a la Iglesia como “agentes políticos que se ocultan bajo una falsa santidad para engañar al pueblo,” la gente sabe que atacan a la Iglesia por estar a favor de la libertad, la dignidad humana, y los derechos humanos.

Ella detesta que los nicaragüenses siguen fieles a sus creencias, y que nunca se han sometido a la iglesia de Ortega.

Ella detesta también a la mayoría azul y blanco.  Si no, ¿por qué ‘acusarnos’ de ‘minúsculos’?  El menosprecio no es más que un reflejo de su propia inseguridad traducido en una actitud inescrupulosa, perversa e inmoral. 

La autoridad moral del nicaragüense es un pilar de resistencia cívica, y la causa de la guerra que los Ortega-Murillo desencadenan diariamente contra los nicaragüenses. No olvidan la protesta del 2018 y el hecho que la razón de ser de esa protesta, la demanda de democracia, justicia sin impunidad, y elecciones libres, sigue firme. Hannah Arendt decía que aquello que perdura es algo que uno posee hoy pero que existe desde su creación. La dignidad humana de los nicaragüenses es algo que perdura, siempre ha estado ahí, porque la han tenido desde nacieron nicas; que por más que la dictadura quiera pisotear, o desnacionalizar a los ciudadanos, la mantienen firme e inquebrantable.

A diario los nicaragüenses cuestionan en silencio la naturaleza perversa del sistema a través de los efectos cotidianos de la represión, la extorsión, la expulsión, y la explotación sobre la ciudadanía.  

La queja por el alto costo de la vida siempre va acompañada de la culpabilización a la dictadura por el mal manejo de las cosas, por la corrupción que existe dentro del clientelismo que estableció el sistema. 

El nica de la calle sabe muy bien que mientras uno tiene que socar las cosas, para vender algo que les dé de comer, ahí está el vividor orteguista chupando reales de los impuestos que saca la dictadura de las remesas. Lo resienten, pero no son resentidos, porque ellos delatan a la dictadura con su queja y ejecutan su propia rendición de cuentas. Nadie se traga por qué las cosas están caras, sino es por los negocios de la dictadura. Si no, vean el negocio de los buses ‘donados’.

El nica sabe de los favores económicos y políticos del vecino de al lado, del tipo que ahora anda en una Hilux o se movió a Las Colinas, gracias a su ‘nuevo’ trabajo en el Gobierno o su amistad con el ‘empresario’ de los Ortega.  Ellos saben que mientras la mayoría vive con C$6000 semanales los otros ganan cinco o diez veces más que ellos.  

Muchos han optado por migrar como forma de protesta, votando con sus pies, antes que seguir aguantando esa desigualdad que creó la dictadura.

Los que no se han ido, no se quedan callados. Delatan las injusticias, la gritan en el mercado o en el bus, y al policía mismo que sabe que se aguanta las ganas de quejarse porque si no lo despiden, y si aún no ha encontrado a alguien que lo patrocine con un parole, mejor quedarse callado y poner cara de duro. 

Las encuestas lo demuestran, la corrupción de la dictadura es el segundo problema mas grande del país, después del desempleo o la falta de trabajo. No hay un fantasma al que achacarle la culpa, la corrupción y la falta de trabajo son marca registrada Ortega-Murillo.

El pueblo sabe que las remesas que mandan los que se fueron, son las que les está dando de comer. Saben que a pesar de la cantidad de gente que se ha ido, el que no recibe remesas no puede vivir con lo que tiene, porque al régimen no le importa el pueblo. Solo le importa su propia sustentación.

Los Ortega-Murillo tratan de ocultar la verdad con la censura y la persecución contra los medios independientes y contra la Iglesia, porque, al fin y al cabo, la verdadera información creíble viene de la radio, de los medios independientes, o de la Iglesia. Cuando la gente va a la Iglesia, no buscan un ‘agente político’, sino un líder espiritual que escucha, y entiende lo que es la injusticia, el maltrato y el abuso de autoridad, y les ofrece su empatía y solidaridad.

La autoridad moral lo reconocen los propios seguidores del régimen que se están yendo fuera del país, mientras otros empiezan a hablar en voz baja sobre cómo deshacerse del clan familiar. 

Cuando Frederick W. De Klerk decidió liberar a Nelson Mandela en Sudáfrica y terminar el régimen de segregación, lo hizo en parte por el cálculo político y económico del efecto de las sanciones internacionales, y también porque reconoció que este tipo de régimen ya no era política y moralmente defendible. La protesta y el rechazo de los sudafricanos al partido segregacionista y a la segregación racial, provocó la desmoralización de los líderes del partido nacional. Aunque en Nicaragua no hay un De Klerk, muchos de los altos dentro del círculo de poder están empezando a reconocer que hay una masa crítica disidente que no quiere más al clan familiar en el poder. Ellos ya están recuperando la esperanza en el cambio, que desmoraliza a los tiranos.

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Manuel Orozco

Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.

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