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El viento conoce mi nombre

Isabel Allende suma su voz a favor de quienes siguen siendo expulsados de sus tierras, en un viaje que nadie estaría llamado a emprender

Isabel Allende con El viento conoce mi nombre

La escritora chilena con un ejemplar de su libro "El viento conoce mi nombre", en una foto de Lori Barra. // Foto: Lori Barra | Tomada de Democracy Now! en Español

Guillermo Rothschuh Villanueva

15 de octubre 2023

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Después de una larga pausa regresé a la lectura de Isabel Allende, un título apetecible El viento conoce mi nombre (Plaza Janés, junio 2023) me codujo a su regazo. El verso de Neruda invitaba al reencuentro. La chilena se encuentra en los primeros lugares de autores hispanoamericanos más traducidos a distintas lenguas. Está por encima de Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa. ¿Cuestión de gustos? Conectarse con los lectores constituye una aspiración permanente de novelistas, poetas y artistas. A partir de esta aspiración nos adentramos por caminos pedregosos. Podemos estar ciento por ciento seguros, ¿qué la calidad de esta novela está por encima de Atlas (1985), o El héroe discreto (2013)? ¿Cinco esquinas (2016) o Tiempos recios (2019)? Aunque yerren, el cotejo dejémoslo a esos quisquillosos capaces de verles las patas a las culebras. Son porfiados.

La autora de La casa de los espíritus (1982) regresa con una prosa funcional para sus intereses narrativos. Un tema engorroso. Mucho ripio y abundantes datos que no supo traducir al lenguaje literario. Partió de la ayuda que proporciona a los migrantes en busca del sueño americano. Creó su propia fundación. La novela engrosa las filas de quienes exponen las vicisitudes sufridas por los migrantes: un niño alemán y una niña salvadoreña. Desnuda los horrores del nazismo y las crueldades de los integrantes de las fuerzas armadas salvadoreñas. El desarraigo, salidas por veredas y xenofobia, no son un hecho reciente. Viene desde muy atrás. Como cualquier ejercicio retórico lo destacable es la forma que Isabel Allende reseña el periplo emprendido por el niño Samuel Adler y la niña Anita Díaz, así como las desgarraduras en el tejido político europeo y centroamericano.


Mientras los países empobrecidos sufran el infortunio de la violencia política las diásporas seguirán siendo un ejercicio cotidiano y los novelistas continuarán ubicándose en primera fila exponiendo las consecuencias. Salen despavoridos de sus tierras para evitar sufrimientos, cárcel o muerte impuestas por quienes, cobijados con el manto de la impunidad, ejercen con saña el poder contra millares de desafectos. Isabel Allende recapitula la tragedia impuesta por el nazismo, su insania contra los judíos y las atrocidades cometidas en Viena en 1938, después que Hitler impusiera a los vecinos sus delirios expansionistas. En medio de la persecución, el miedo y la parálisis impuestas por las hordas nazistas, la novelista demuestra que la solidaridad subsiste como expresión humana irreductible. Esa cuerda de acero o balsa de la que se sujetan muchísimas personas en la oscuridad de la noche sigue viva. No todo está perdido. Son salvados del naufragio.

Lo que al inicio parecían dos historias paralelas, de manera imperceptible Allende escenifica el encuentro y afinidades entre dos niños que deben afrontar su desventura en condiciones desiguales. Las historias se traslapan. Los personajes destacables en lo El viento conoce mi nombre son las personas cuyos nombres encabezan diferentes capítulos, (Samuel, Anita, Selena y Leticia), con excepción de Nadine LeBlanc, los demás juegan el papel de comparsas. Nunca logra dibujar sus perfiles, menos que alcance a delinear su personalidad. Su destreza consiste en tejer gradualmente los lazos afectivos y sinsabores que vinculan a los personajes relevantes. Arma el rompecabezas de sus vidas. El desarrollo de los acontecimientos sirve como catalizador de la unidad temática. Logra que las dos historias que parasitan la novela converjan sin fisuras.

Selena Durán encuentra en la defensa de migrantes la razón de su existencia. En un mundo hedonista representa la expresión más alta del compromiso y amparo que se deben a los seres humanos. Apostar por los pobres y desfavorecidos se convirtió en el eje que gravita su vida. Todo cuanto hace tiene como propósito asistir a quienes salieron huyendo de la muerte. Isabel Allende escoge a una mujer de procedencia latina, no obstante de haber vivido la mayor parte del tiempo fuera de Chile, de esta manera reafirma los lazos indisolubles que la unen con el destino de millares de latinoamericanos. Selena simboliza valores que muchas almas extraviaron. Un aliciente frente a la indiferencia. A su novio Milosz Dudek poco importa la suerte y el peligro que afrontan los migrantes. ¿Se olvidaría de su procedencia? ¿Acaso su apellido no delata sus orígenes?

II

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El encierro provocado por la peste sirvió para que Allende escribiera El viento conoce mi nombre. Las divergencias en el tratamiento de ambas historias inciden en los resultados. Las primeras 75 páginas están consagradas a exponer el desasosiego y la angustia del niño Samuel Adler, separado en Viena abruptamente de sus padres durante La noche de los cristales rotos (1938). Narra el calvario de su madre tratando de encontrar a su padre, la inevitabilidad de su partida para evitar una muerte segura; la complicidad de su vecino Teobald Wolker ocultándolos cuando su departamento era requisado por tropas de asalto y la asistencia desinteresada de la familia de Peter Steiner. En el otro extremo la descripción de la masacre de El Mozote resulta insuficiente. Muy pobre. Pobrísima. Debió ventilar el escalofrío provocado por la muerte inmerecida de los salvadoreños.

¿A qué se debió que no fuese capaz de llamar por su nombre al batallón Atlácaltl? Era imperativo dedicar espacio a escudriñar la que hasta el día de hoy es considerada —según los expertos— como “la masacre más mortífera ocurrida en América Latina. Más de 500 personas fueron asesinadas a sangre fría entre el 9 y el 12 de diciembre de 1982. Las fuerzas contrainsurgentes salvadoreñas fueron sus verdugos. Los datos son pavorosos. El 53% de los muertos eran niños entre 5 y 12 años de edad. La carnicería exigía un relato detallado de los hechos. Permitiría ahondar en los motivos por los cuales huían en desbandada. Poner ante nuestros ojos un amplio contexto para adentrarnos en su dolor y formular un retrato que fuera más allá del martirio de la familia Díaz Cordero. Cuestiona el desconocimiento e insensibilidad estadounidense frente a estos sucesos.

Nadine LeBlanc uno de los personajes más entrañables fue esculpida en mármol. La mujer de Samuel Adler, su antítesis, un ventarrón refrescante, dueña de un carácter volcánico, infiel por principio, alegre como un atardecer del Caribe. Por algo decía que llevaba sangre negra. Desafiaba la ley de la gravedad, con mayor desparpajo violaba las leyes que atan a hombres y mujeres. Sentimos afecto y admiración por su manera de encarar su destino. Amó a su manera todo cuanto quiso. Prueba irrefutable del amor que se tenían se desposaron tres veces. Conocemos sus andanzas gracias a Leticia, escarbó sus diarios dándonos cuenta de sus compromisos con los migrantes y sus amores furtivos. Les guardaba un sentimiento de solidaridad. Enseñó a su marido que la indiferencia es uno de los siete pecados capitales. Defendía causas que mantenía lejos de su mirada.

Nadine hizo todo para que Samuel sintiera gusto por la vida, su pasión y desenfado, su manera de encarar los reveses y el esfuerzo permanente por introducirlo en un mundo ajeno a su pasado, no fueron suficientemente disuasivos. Nadine conocía muy bien las dos caras del sol. La inapetencia de Samuel, su entrega a la música y su ensimismamiento marcaban distancias. Comprometió su plata por la causa de los desarraigados. No arrastró a Samuel en esta la aventura, aunque tal vez le hubiese gustado. Su marido llega a comprender de manera tardía el amor inconmensurable que le ataba a sus tobillos. Se dio cuenta hasta cuando el cáncer le arrebataba la vida. Como nunca es tarde para escarmentar, la llegada de Anita le regresó el placer de vivir. Ambos habían bajado a los sótanos del infierno. Samuel haría por la niña todo lo que fuera por hacerla feliz.

Isabel Allende suma su voz a favor de quienes siguen siendo expulsados de sus tierras, en un viaje que nadie estaría llamado a emprender. El exilio constituye el más áspero de los caminos que pueden transitar los seres humanos. Implica muerte y destierro. Las migraciones se suceden a escala mundial. Nadie está a salvo de esta desgracia que desafía al planeta. La mejor forma de narrar las embestidas se debe a la forma que se plantan los novelistas, haciéndonos comprender la amargura de partir hacia tierras desconocidas. Siempre encuentran el tono adecuado para narrar sus desventuras. Una muestra de solidaridad en momentos que las cifras de muertos tratando de llegar a la tierra prometida, alcanzan porcentajes aterradores y nada pareciera contenerlas. El viento conoce mi nombre es una propuesta de esperanza. Un canto a la vida en medio del tormento.

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Guillermo Rothschuh Villanueva

Guillermo Rothschuh Villanueva

Comunicólogo y escritor nicaragüense. Fue decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) de abril de 1991 a diciembre de 2006. Autor de crónicas y ensayos. Ha escrito y publicado más de cuarenta libros.

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