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El exterminio del sandinismo histórico

Las capturas de Bayardo Arce, de Álvaro Baltodano y de otros exjerarcas del sandinismo histórico solo son una nueva vuelta de tuerca

Silvio Prado

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Era cuestión de tiempo para que el aparato de la familia gobernante se lanzara abiertamente al exterminio de lo que quedaba del sandinismo histórico. Era una liquidación anunciada por una contradicción irreconciliable: entre el complejo de inferioridad de la actual regente de poder (del Estado y del pseudo partido) y quienes siguen siendo personajes vivos de la revolución que triunfó en 1979. La señora en cuestión no soporta no aparecer en los relatos ni en las fotos de las entonces muchachas, y como ha fracasado en reescribir la historia, quiere borrarla demoliendo a los protagonistas que no le reconocen ningún mérito. Rencorosa con ese pasado terco, exige que la llamen compañera como sucedáneo del grado honorífico de comandante guerrillera que nunca tendrá.

Ahora que se ha puesto de moda hablar de sandinismo histórico, conviene aclarar qué queremos decir. Dicho en breve, nos referimos a la vieja guardia del FSLN, la que dirigió la lucha contra la dictadura somocista y luego desempeñó cargos de relevancia durante la revolución, ya sea en la dirección del Estado o del partido. Es el sandinismo que protagonizó las gestas más importantes en los frentes de guerra, del que hablan los textos de historia. Pero si se habla de este sandinismo que pasó a la historia, por lógica o por exclusión se infiere que hay otro sandinismo, en este caso la mutación que llegó al poder en 2007 con Ortega como eje y caudillo vitalicio. Por eso a este otro sandinismo pronto se le denominó orteguismo, por obra de la misma sinécdoque política que el liberalismo fue sustituido por el somocismo.

Conviene hacer aquí un breve paréntesis: ambos sandinismos corresponden a expresiones orgánicas del FSLN; no tienen nada que ver con el sandinismo sociológico que se autonomizó del partido después de la debacle de 1990 y que dio cuerpo a múltiples expresiones de la sociedad civil.

Si se revisa la historiografía de la revolución por ningún lado aparece la señora regente. ¿Por qué no aparece? Quizás porque le tocó, como a miles de personas que se involucraron en la lucha contra Somoza y en la revolución, desempeñar roles secundarios que seguramente fueron tan importantes como el de quienes estuvieron en primera línea. Su problema es que ella siempre creyó que merecía más y la ningunearon por ser la esposa de Ortega y, por qué no decirlo, porque se encerró en una torre de marfil desde la cual quiso dirigir una política cultural de la revolución voluntarista, sin ningún tipo de control ni rendición de cuentas.

Por eso desde el minuto cero de su retorno al poder en 2007 ocupó un lugar central en el Gobierno y en el partido, hasta convertirse en el factótum en cualquier ámbito que su marido ausente le fue dejando. Desde entonces no ha tenido obstáculos para poner en práctica sus más desquiciados delirios (la banalización del escudo nacional, los actos públicos cargados de símbolos esotéricos y el carnaval para celebrar el covid-19, solo para citar algunos). Dentro o fuera del FSLN, pocos osaron poner freno a semejantes desvaríos. Dentro de los llamados históricos, los del MRS ya se habían marchado, otros formaron movimientos en defensa de las esencias del sandinismo y un segmento indeterminado quedó a la deriva. Pero entre los históricos que permanecieron al interior del FSLN las posiciones se repartieron entre quienes aceptaron con mansedumbre el nuevo orden, encomendados a su suerte por si les caía algo; y otros que subidos a lomos del cinismo optaron por dedicarse a sus negocios, tal vez confiando en que de esa manera la matrona se olvidaría de ellos o al menos los dejaría tranquilos.

La revuelta social de 2018 y la incertidumbre que acompaña a las sucesiones dinásticas, abrieron la aparente veda sobre quienes la habían desplazado de los cánones de la historia. Ambos hechos anunciaron la hora decisiva del extermino, una labor que ya había empezado con el desmantelamiento de la incipiente institucionalidad del FSLN: el Congreso, la Asamblea Sandinista y la Dirección Nacional. La obsesión con el exterminio la ha llevado a ordenar los asesinatos de su cuñado y artífice de la ofensiva final contra Somoza, de Hugo Torres que rescató a su marido de la cárcel, y el confinamiento inexplicable de “Modesto”. También en la obcecación con el exterminio está el ensañamiento con dos mujeres que están por méritos propios en los libros: la que derrotó a la guardia somocista en León y a uno de sus más crueles esbirros, y la que rindió Granada y Jinotepe con pocos hombres y mucha determinación. A la primera la tuvo encarcelada en condiciones de aislamiento durante casi dos años y luego la mandó al exilio, y a la segunda la forzó igualmente al exilio.

Las capturas de Bayardo Arce, de Álvaro Baltodano y de otros ex jerarcas del sandinismo histórico solo son una nueva vuelta de tuerca de una maquinaria exterminadora, la misma que Stalin puso a andar en contra de los dirigentes de la revolución rusa que le hacían sombra. No era que la revolución estuviese devorando a sus hijos; estaba devorando a sus padres como Trotski, Zinóviev y Kámenev. Al igual que en aquella ocasión, la maquinaria orteguista no parará hasta que no se haya despejado completamente el panorama de la sucesión para la matriarca y su familia.

Léase bien: Nadie, ningún miembro del llamado sandinismo histórico está a salvo de próximas purgas por mucho que le besen los anillos a la doña. No es ideología; es biología. La sed de revancha está en el hígado y no se saciará hasta que no considere que ha pasado el peligro de un pasado que sigue presente.

Mientras tanto, los miembros del sandinismo histórico tendrán que vivir con el temor pegado el cuerpo de que un día cualquiera lleguen a sus casas fuerzas de operaciones especiales de la Policía, armadas hasta los dientes —de ser posible a medianoche— para capturarlos, encerrarlos en “La Modelo” y condenarlos en juicios secretos.

Nunca antes los sandinistas habían estado tan indefensos, ni siquiera bajo Somoza, cuando tenían el recurso de las armas y la retaguardia de la clandestinidad con una vasta red de casas de seguridad, de colaboradores y el respaldo moral de una parte de la sociedad. Todo ese capital se agotó; si en 1990 había quedado mermado, la infamia después de 2018 acabó por liquidarlo. Esta vez la represión viene del bando propio y hay poco terreno donde parapetarse; no hay conspiración que valga contra el fuego amigo si se le da la espalda. Entre las pocas opciones que tienen está salir de la comodidad de no hacer nada, sino más bien hacer lo que saben hacer; rebelarse, no resignarse a que les impongan un régimen dinástico como el que derrocaron hace 46 años. Mañana puede ser demasiado tarde. Las palabras de Martín Niemöller siguen siendo válidas:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas,

y yo no hablé porque no era comunista.

Luego vinieron por los judíos,

y yo no hablé porque no era judío.

Después vinieron por los sindicalistas,

y yo no hablé porque no era sindicalista.

Más tarde vinieron por los católicos,

y yo no hablé porque era protestante.

Finalmente vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”.

Hagan el siguiente ejercicio: cambien el sujeto al final de cada verso y verán cómo les alude. Nadie escapa de la historia, particularmente quienes presumen de ser históricos.

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Silvio Prado

Silvio Prado

Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.

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