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El dilema del antipopulismo

No pueden simplemente suponer que la corrupción derribará al partido gobernante, también deben resaltar lo que no funcionó y buscar símbolos poderosos

turco

Foto: EFE

Jan-Werner Müller

16 de marzo 2023

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Después de un año de estancamiento en las negociaciones, seis de los partidos turcos opositores finalmente se unieron para presentar a un único candidato presidencial en las elecciones de mayo, con la esperanza de poner fin al gobierno cada vez más autocrático y represivo de Tayyip Erdoğan, que lleva ya dos décadas. Este mes, la llamada Mesa de Seis se puso de acuerdo en que los representará Kemal Kılıçdaroğlu, líder del Partido Republicano del Pueblo (CHP), una agrupación socialdemócrata y secularista. En el camino quedaron contendientes más jóvenes y carismáticos, como el alcalde de Estambul, del CHP, quien en 2019 había recuperado la ciudad del control del Partido de la Justicia y el Desarrollo, creado por Erdoğan.

Cuando un régimen populista y autoritario amaña el juego democrático, es cuestión de sentido común que los partidos opositores unan sus fuerzas para tener chance de ganar las elecciones. Pero esa unidad, aunque necesaria, no es suficiente para lograr el éxito. De hecho, la parte más difícil llega después de la decisión de unirse.


Los partidos de la oposición que se unen para destronar a un líder o partido específico —especialmente a un «hombre fuerte populista»— deben priorizar ese imperativo por sobre otros compromisos programáticos. Después de todo, los líderes populistas han demostrado que pueden socavar la democracia y todo indica que profundizarán el daño si son reelectos.

Por ejemplo, el primer ministro húngaro Viktor Orbán aprovechó el período inmediatamente subsiguiente a las elecciones fraudulentas —mientras la oposición y la sociedad civil estaban completamente desmoralizadas— para imponer políticas controvertidas e incitar a la guerra cultural. El mendaz monumento a la ocupación alemana de Budapest, que de hecho absuelve a Hungría de su complicidad en el holocausto, fue erigido inmediatamente después de las elecciones de 2014.

Pero independientemente de la sensatez de este imperativo del «control de daños», implica que todas las políticas giran alrededor del hombre fuerte. Eso es exactamente lo que desean los líderes populistas, destacan por su capacidad para aprovechar la polarización y personalización en ventaja propia: «Todos están en mi contra y soy el único líder que verdaderamente representa al pueblo».

Hay recientes e importantes estudios de politólogos que demuestran que no todos quienes votan por los líderes populistas autoritarios ignoran que socavan la democracia, o son indiferentes a ello (ni hablar de la corrupción, otro elemento distintivo de los gobiernos populistas); pero frente a la lógica de la lucha «entre nosotros y ellos», y a una coalición de oposición cuyas intenciones finales son inciertas, es posible que opten de todas formas por lo que perciben como el menor de los males.

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Además, cuando los partidos de la oposición se unen suelen postular candidatos muy parecidos a quienes buscan derrotar, solo que más democráticos. El año pasado, la alianza opositora húngara acordó respaldar a un gobernador católico conservador para tratar de destronar al populista de extrema derecha en ejercicio. De manera similar, sucesivas coaliciones opositoras israelíes buscaron derrotar al primer ministro Benjamín Netanyahu con figuras duras de centroderecha, como el general retirado Benny Gantz. Parece un supuesto frecuente que son los hombres entrados en años quienes mejor preparados están para supervisar la restauración de la democracia. Funcionó para los demócratas en Estados Unidos en 2020 y para Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial, cuando figuras paternalistas como Konrad Adenauer y Charles de Gaulle dominaron la política alemana y francesa.

Sin embargo, esas estrategias suelen fracasar, ya sea porque muestran a la oposición como puramente reactiva o, algo menos obvio, porque envían señales derrotistas de que los parámetros políticos establecidos por los populistas en ejercicio se convirtieron en la nueva normalidad. En Turquía, la Mesa de Seis hasta ahora ha cedido frente a la presión nacionalista, y rechazó al Partido Democrático de los Pueblos (HDP), procurdo. De manera similar, la oposición actual al gobierno de extrema derecha israelí de Netanyahu sigue negándose a incluir representantes árabes. Un fuerte nacionalismo —y una débil atención a los derechos de las minorías— se considera como algo dado en la política.

Aun cuando los antipopulistas logran unirse contra un oponente común, cambiar los parámetros de la política es una tarea mucho más difícil. En vez de limitarse a aprovechar el desagrado que puede causar el hombre fuerte, deben discutir un conjunto de temas más amplio y volver a la cuestión de los programas de política y los principios básicos. Aunque se puede dejar de lado la heterogeneidad ideológica con el objetivo de derrotar a un populista en ejercicio, todos saben que una vez que hayan cumplido la tarea este volverá y redoblará la apuesta, y eso genera dudas entre los votantes sobre cómo gobernará en realidad la coalición.

Hay que reconocer que la Mesa de Seis delineó reformas estructurales que tendrían un impacto importante para recuperar el imperio de la ley y desmantelar el sistema hiperpresidencialista que otorgó poderes virtualmente ilimitados a Erdoğan. El Consejo Supremo de Radiotelevisión y el Consejo de Educación Superior turcos —los tipos de instituciones que los populistas se especializan en capturar (en nombre «del pueblo», por supuesto)— volverían a ser autónomos. Y con su compromiso de reemplazar al estilo sultanista del gobierno con instituciones no personalistas, la oposición promete abandonar las estrategias económicas hiperinflacionarias heterodoxas y la política exterior errática de Erdoğan.

Pero la promesa del institucionalismo es bastante abstracta y resulta fácil desafiarla destacando los conflictos de alto perfil sobre las políticas y (especialmente) entre los miembros de la heterogénea alianza opositora. Para ganar, los líderes de la oposición tendrán que demostrar una habilidad política infravalorada: ser capaces de enmarcar los términos de la elección en vez de limitarse a reaccionar ante las acciones del rival. No pueden simplemente suponer que la corrupción derribará al partido gobernante, también deben resaltar lo que no funcionó y buscar símbolos poderosos —no solo documentos políticos negociados tortuosamente— que ofrezcan una idea de cómo será ese futuro diferente. Para la oposición turca, el terremoto reciente —y los fracasos del régimen, tanto previos como posteriores a la catástrofe— serán un punto de referencia obvio antes de las elecciones... pero simbolizar un futuro diferente es un desafío más exigente.


Texto original publicado por Project Syndicate

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Jan-Werner Müller

Jan-Werner Müller

Filósofo político alemán, escritor e historiador sobre ideas políticas. Catedrático en la Universidad de Princeton. Cofundador del Colegio Europeo de Artes Liberales en Berlín.

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