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De caballos, mulas, campistos y caballeros

Entre los años cincuenta y sesenta, en Chontales no había explotado la fiebre por los caballos de raza, herencia de los hípicos

Crianza de caballos en Chontales, en la finca La Esperanza de Rafael Martínez Rayo. Foto: Cortesía

Guillermo Rothschuh Villanueva

29 de agosto 2021

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Para Aníbal Cruz Lacayo

Los caballos me provocaban, ¡rigio! ¡Pasión desbocada! ¡Desafuero! ¡Goce incontenible! ¡Deseo irrefrenable! ¡Aspiración incumplida! Una mezcla de sentimientos aturdía mi mente. Todas las mañanas oía el trote de un macho negro a orillas de mi casa. Salía corriendo para verle pasar. Montado sobre soberbio alzado, mi tío Luis Castrillo Morales, erguía su figura. Sabía que era dueño de una bestia como pocas en Chontales. Al doblar en la esquina sureste de la iglesia parroquial, hacia el bota basuras que habían convertido el patio de mi tía Josefa Villanueva, metía las espuelas en los ijares, hacía un giro brusco y el macho chasqueaba el freno. Se sabía envidiado. Todos se paraban viéndole perderse rumbo a los bajos de Comabanca. Una imagen grabada en muchos chontaleños.


Cuando pasamos a vivir a Palo Solo, otro montado digno de atención, era don Miguel Ángel Díaz. Encajado en su caballo blanco, con un salveque recostado sobre su pecho izquierdo, se daba el lujo de hacer las compras de la casa. Se dejaba venir recto, casi al final de la calle Palo Solo, en la casa que alquilaba al Maitro Arguello, hasta desembocar frente al Parque Central. Don Miguel iba repartiendo adioses en voz alta, gozoso de saberse dueño de un caballo enrazado, en una ciudad donde la mayoría eran caballos chapiollos. Andar a caballo era uno de los pasatiempos predilectos de los chontaleños. Lo hacían durante cualquier época del año. No había taxis, tampoco buses urbanos. No se requerían. Juigalpa era una ciudad campestre. Tenía apenas unos siete mil habitantes.

A los cinco años monté por primera vez un caballo, unos campesinos pasaron vendiendo leña por la venta de don Toño Guerra Cole, rivense, y no se la compraron. No alcanzo a comprender qué les dije para que me llevaran de paseo y gustosamente aceptaran. Cuando mi madre me buscó sintió que se le partía el corazón. No estaba en casa de doña Lupe Suárez, ni donde doña Panchita Rizo, la niña Elvirita, don Fernando Montiel, ni donde Humbelina. Desesperada salió a buscarme en la escuela pública contiguo a la Casa Cural y tampoco me halló. Su desesperación crecía. Unas señoras que venían del lado del parque le dijeron que me habían visto encajado en un caballo vende-leñas. Me encontró justo frente a la venta de don Mercedes Marín. Del castigo mejor no digo nada.

Mi simpatía por los caballos crecía, todos los jueves veía llegar a finqueros y hacendados a entregar sus cargas de mantequilla, queso, cuajada y crema, en la parte baja del negocio que don Toño Guerra Cole, tenía instalado en su casa. Un desfile épico. Se trataba de jamelgos soportando un peso inmenso. Aparcados a la orilla de la acera, hacían fila mientras otros descargaban su mercadería. Chontales se enorgullecía de ser el mayor productor de lácteos de todo Nicaragua, principal rubro de subsistencia de millares de familias. Más de una vez me atreví a jincarles el culo con una vara. Para hacerlo tenía que ponerme a salvo de las miradas de mi madre y de sus dueños. Una vez me lanzaron patadas, pero no desistí. Ejercían sobre mí, una atracción maravillosa.

Las disputas por acaparar la producción semanal eran homéricas, don Manuel Marín, Masaya, radicado en Juigalpa, donde formó hogar, fama y fortuna y Carlos Guerra Colindres, para más señas hijo de don Toño, hacían todo lo posible para quedarse con buena parte del pastel. El paisaje era totalmente bucólico, las cagadas de las cabalgaduras quedaban esparcidas por toda la ciudad. La mierda de caballo es uno de los primeros olores que percibí de niño. Muchas veces divisé las transacciones desde el altillo de la casa de don Toño, donde Consuelito, una de sus hijas, me consentía, dispensándome un cariño especial. Consuelito se prodigaba en darme besos y apapacharme. Sus muestras de aprecio tenían un efecto especial. Me hacían sentirme hombre a mis escasos seis años.

En el otro extremo de mi casa, pared de por medio, vivía el matrimonio de don Fernando y doña Elba Montiel, primos, por cierto. Mis visitas viernes por la tarde, obedecían a que don Fernando a esa hora arribaba de la montaña. Delgado, menudo, ojos azules, estacionaba las bestias en el patio, frente a la cocina. En pocos momentos empezaría el ritual. Un desensillado pausado. Primero movían las albardas hacia atrás. Después las retiraban y por último los peleros con que las protegían de las chimaduras. El tiempo transcurría lentamente. La espera se prolongaba por varios minutos. No había prisa. Alcides y Barney, sus hijos, ayudaban a su padre en estos menesteres. Deseaban que las bestias no enfermaran. Especialmente de catarros. Se esmeraban en el cuido.

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En casa de don Fernando aprendí a beber pinol con alfeñique, dueño de una parcela de caña de azúcar y un pequeño trapiche en su finca Los Tornos, elaboraba también dulce de rapadura. Con esta decisión disminuían la ingesta de azúcar refinada. No la requerían. Una hora después, contento como nunca, encajados en pelo sobre caballos y mulas, partíamos rumbo al potrero de los Montieles a orillas de Loma Tamanes. La diversión me sabía a cielo. Mi otro esparcimiento eran los burros de mi tío Luis, dueños de las calles de Juigalpa, me acercaba para verles pastar a orillas de la antigua iglesia parroquial. Nunca participé en las “noches de burras”, en las que varios de mis compañeros desfogaban sus hormonas. Una práctica famosa. Todos conocían los nombres de los rigiosos.

Bestias mulares, finca Loma Linda, Chontales, propiedad de Adolfo Matus Lazo. Foto: Cortesía

Sentía admiración por los hijos de Chico Tres Cabezas, los últimos biberones los tomaban sosteniendo las riendas del caballo. No habían terminado de caminar, cuando los montaba en sus mulas y caballos, sobre albardas miniaturas hechas a su medida. Un espectáculo embrujante. Los chimirringos iban amarrados con una manila. Su padre encabezaba el desfile, finquero, con pistola al cinto, atuendo de campisto mexicano y corte de pelo singular, guarnecido bajo el sombrero, enseñó a montar a caballo a los hijos de Papa Lovo —Quincho y José Ramón— el comandante de la plaza. Luego le vendió la finca que tenía a unos metros de la gasolinera Esso, de don Teodoro Quintero. Años después esta pasaría a manos de Mundo Urbina, cuando este venía en ascenso.

A mis diez años compramos jáquima, freno, riendas y dimos hacer un curtido a Plutarco Castro. La sirena con su gran panocha al aire, se debió a la imaginación febril de mi hermano Jorge Eliécer. Mi madre, queriendo salvar el percance, nos mandó a cubrirla. Estaba tan repintada, que las hojas de parra no fueron suficientes para ocultarla. Nunca fui dueño de albarda o montura. Tres años después, Mundo Urbina, vino a satisfacer mi más caro deseo: montar un caballo aristocrático para unas fiestas agostinas. Un sueño cumplido. Siempre quise desplazarme por las calles de Juigalpa sobre un bayo que llamara la atención. Mundo satisfizo mi rigio. Mis amigos lo hacían todos los años. Especialmente los gemelos Arguello. Se deban el lujo de montar toros. Eran únicos.

Mi goce se disparaba con las carreras de caballos improvisadas por nuestro vecino, don Humberto Castilla Solís. Las competencias pretendían tener la solemnidad de los Derby de Kentucky. La selección de los montados, la raya de salida y los setecientos metros de la pista, que los cuadrúpedos debían comerse en un suspiro mantenían en vilo a los espectadores. El hipódromo se extendía desde la cantina de doña Concha Aguirre, hasta el final de la calle Palo Solo. Decenas de mirones se aglomeraban a orillas de la calle para disfrutar el espectáculo. ¿A cuánto ascendían las apuestas? Nunca lo supe. Tampoco me importaba. Los Pegasos volaban en busca del triunfo. Jinetes esmirriados, pegados como garrapatas, disputaban la presea. Su gloria se esfumaba concluida la carrera.

Dueño de sus gustos, don Humberto se aparecía de vez en cuando montado sobre enormes caballos, agrandaban su estatura. En su mesa de labores, el alquimista mantenía una revista Atalaya, clásica entre las huestes seguidoras de Jehová. En una ocasión se le antojó montar una corrida de novillos frente a la Terraza Palo Solo. Nadie supo de dónde sacó a una joven vestida a la usanza de los toreros españoles. Se veía espléndida embutida en su traje. El evento se celebró en horas de la tarde. El paso a las personas fue cerrado. La joven llamaba con apremio para que los animales embistieran la capa, los toretes no eran de lidia, desatendían el llamado y se abalanzaban sobre su cuerpo. Las risas explotaban. Aunque deslucido, el evento todavía lo recuerdan los juigalpinos.

Una sola vez fui dueño nominal de una yegua, un regalo que me hizo mi pariente Santos Sierra Suárez. Dueño de un humor que hizo historia en Juigalpa —lo heredó a su hijo Manuel, mi primo— la bautizó como la Guillermina. La yegua era mía. No tenía donde meterla. Podía montarla. Me permitía traerla desde San José a Juigalpa. Después de dos horas la dejaba amarrada a orillas de la acera de la casa de doña María Teresa Ocón, su esposa. Luego los lecheros la llevarían de regreso a la finca. Sin tenerla a mi lado, el solo hecho de montarla, me provocaba regocijo indescriptible. Nunca se produjo ceremonia formal de entrega de documentos. Entonces la palabra valía. Tenía precio. No como ahora que políticos y tunantes han terminado devaluándolas. Carecen de valor.

Entre los años cincuenta y sesenta, en Chontales no había explotado la fiebre por los caballos de raza, herencia de los hípicos, extendida por toda Nicaragua. A lo sumo había caballos encastados, ninguno pura sangre. Hoy finqueros y hacendados se desviven por tenerlos. Sus mejores bestias eran caballos fuertes, domados con sabiduría ancestral por los campistos chontaleños, respondían a su llamado, listos para emprender las tareas más difíciles. Mulas y machos eran los más admirables. Vencían lodo y suampo en lo más intricado de las montañas chontaleñas. Continúan haciéndolo. Durante mi niñez y adolescencia mi inclinación por los caballos fue persistente. Con Mc Luhan aprendí que los caballos son regios, mi padre se encargó de mostrarme que los libros también.


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Guillermo Rothschuh Villanueva

Guillermo Rothschuh Villanueva

Comunicólogo y escritor nicaragüense. Fue decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) de abril de 1991 a diciembre de 2006. Autor de crónicas y ensayos. Ha escrito y publicado más de cuarenta libros.

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