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Células madre, inteligencia artificial y vida eterna

Ampliar la vida ha sido una iniciativa en la que han invertido tiempo y dinero durante los últimos años los dueños de los consorcios tecnológicos

Una mano robótica estrecha la mano a una persona. Foto: EFE/Andy Rain/Archivo

11 de febrero 2024

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I. Todos deseamos permanecer jóvenes y bellos

La filósofa Ágnes Heller, última discípula de la Escuela de Budapest, sostiene que mientras las religiones ofrezcan la vida eterna estas nunca desaparecerán. Los seres humanos estamos poseídos por el apetito de la trascendencia. Los ensayos realizados con células madre e inteligencia artificial (IA), renovaron el deseo de alargar la vida aquí en la tierra. Los resultados obtenidos demuestran que la aspiración dejó de ser un simple enunciado. Se convirtió en una realidad factible. Lo que hasta ayer parecían indicios han cobrado fuerza inusitada. Los experimentos científicos se practican a destajo. El más obsesionado, Bryan Johnson, gasta dos millones de dólares anuales para sentirse joven y evitar qué sus órganos vitales envejezcan. Decidió prolongar su vida hasta donde pueda.

Su pretensión me recuerda al joven Dorian Gray, quería permanecer joven y bello para siempre. La novela clásica de Oscar Wilde cobra actualidad ante el uso sistemático que hacen millones de personas de la IA para perfilar su rostro o figura. Debido al avance científico el Photoshop palidece. Envejeció demasiado pronto. Pocos lo usan. Para las nuevas generaciones forma parte de la museología. Los tutoriales para la utilizar la IA en estos menesteres abundan. Amigas de mi edad en Facebook lucen como jovencitas irresistibles. Aprendieron a dominar la técnica. En cuatro o cinco fotografías han esculpido sus rostros a su gusto y antojo sin correr los riesgos de Dorian Gray. No están obligadas a vender su alma al diablo para verse de la forma que mejor apetezcan.


Desde hace más de ocho años, el hebreo Yuval Noah Harari se refirió a la carrera emprendida en los círculos científicos por estirar la vida. Su celebrado Homo Deus, (Debate, Barcelona, 2016), constituye un formidable parteaguas. Avizora el futuro que hoy vivimos. Con abundantes pruebas expone los cambios en marcha. Los algoritmos terminaron sustituyendo a los bits. Los seres humanos descubrieron que los años de vida pueden ampliarse. Los problemas del corazón, cerebro y pulmones son considerados como simples desperfectos técnicos. El ser humano esta en capacidad de superarlos para expandir su permanencia aquí en la tierra. Harari no plantea nuestra existencia hasta los cien años. Superados los escollos podremos vivir hasta ciento cincuenta años.

Como afirma Leszek Kolaskowski en Intelectuales contra el Intelecto, (Cuadernos Ínfimos, 1986), somos la primera civilización en la historia que no hemos sido preparados para enfrentar la muerte. Tenemos miedo a morir. Un pavor acendrado que ni quiera se ve atenuado por la creencia religiosa que no morimos para siempre. Deseamos para nosotros la eterna juventud. Durante más de medio siglo se hacen esfuerzos para extender la vida. Hay quienes someten sus cuerpos a cuidados extremos. Toman café sin cafeína, consumen mantequilla sin grasa, ingieren bebidas sin azúcar, leche descremada y sin lactosa. Cirujanos plásticos, genetistas y nutricionistas están de moda. Vivimos en una cultura asesina de queques y coca colas como la caracterizó el doctor Robert Atkins.

Ampliar la vida ha sido una iniciativa en la que han invertido tiempo y dinero durante los últimos años los dueños de los grandes consorcios tecnológicos. Son sus gestores. Debemos estar claros. En consonancia con lo expuesto por Harari: “Hoy, entre los proyectos más prometedores en este sentido está el equipo dirigido por el biólogo molecular David Sinclair, cuyas investigaciones en la Escuela de Medicina de Harvard podrían prevenir el cáncer, el alzhéimer, la diabetes y enfermedades cardiovasculares. Han logrado prolongar la vida de ratones y planean probar en monos antes de considerar aplicaciones en humanos. Empresas como bioRxiv, Calico y Altos Labs, con científicos españoles, se centran también en el rejuvenecimiento celular”, señala Ana Vidal Egea.

II. ¿Cuál será el destino de nuestro planeta?

Ante la interrogante sobre qué haremos si la vida se extiende hasta siglo y medio, Harari nos previene que en esa dirección trabajan filósofos, sociólogos y religiosos. En estas circunstancias preguntémonos, ¿quiénes están en capacidad de vivir tantos años? La respuesta es burda por sobrancera. Solo unos pocos pueden apostar en el presente a llevar su existencia hasta los ciento cincuenta años. El ejemplo más elocuente es del multimillonario Bryan Johnson. A sus 46 años presume de “tener la piel de un niño tras recibir plasma de su hijo de 17 (algo que ha tenido resultados en ratones), llevar una dieta estricta, practicar ejercicio y tomar 111 pastillas diarias”. Invierte dos millones de dólares anuales en su proceso de antienvejecimiento. Algo que muy pocos podrían realizar.

Estos son los planes de las grandes tecnológicas. ¿Cuál es la realidad que vive nuestro planeta, tema central del ensayo de Ana Vidal Egea? Demográficamente predomina una población envejecida. El aferramiento a la juventud crece al mismo tiempo que se agudiza la crisis medioambiental. Egea cita a Peter Gleick, cofundador del Instituto del Pacífico, piensa que el aumento de años de vida depende si se logra conjurar con éxito el cambio climático, mudar hacia las energías renovables, resolver el problema de abastecimiento de agua y garantizar la protección de la biosfera. Una agenda completa. Estados y China son los dos países que encabezan la quema de energías fósiles. China alegó hace rato que por qué iba a disminuir la emisión de carbono si EE. UU. no lo hacía.

Egea hace otra pregunta pertinente. ¿Y si en lugar de invertir millones en estudiar la extensión de su propia vida, los millonarios pusieran sus esfuerzos en la implementación de energías renovables? Para la protección de sus intereses y el deseo manifiesto de ensanchar la vida, ambas acciones deberían marchar al unísono. La ambición de estirar nuestra presencia en la tierra, “contrasta con la omisión de las condiciones sociológicas y medioambientales, así como la inestabilidad económica en las que transcurrirían estos últimos años de vida”. Con el agravante expuesto por Rachel Bronson, presidenta y consejera delegada del Boletín de Científicos Atómicos, que las tendencias apuntan a una catástrofe global: el riesgo de una escalada nuclear; más los horrores en Gaza.

Solo un examen integral como el de Egea permite visualizar que, para garantizar nuestra propia existencia, los desafíos planteados deben resolverse a lo inmediato. No se trata nada más de prolongar la vida, deben desarrollarse ejercicios simultáneos para evitar el recrudecimiento del cambio climático. Los dirigentes políticos y propietarios de las empresas empeñadas en que vivamos más de lo que hasta ahora hemos vivido, están obligados a concretar acuerdos a la mayor brevedad. Cuando más posibilidades existen de vivir más tiempo, mayores son los riesgos provocados por la voracidad humana. La vida de la tierra está en peligro. Pende de que se instale la cordura. Quienes acumulan riquezas descomunales poco se preocupan por un planeta atropellado. ¡Toda una locura!

Ante quiénes van a lucir su belleza los milmillonarios en un universo que padece las consecuencias del cambio climático, un peligro cada vez más real. Las guerras surgen en distintas partes del globo. Las aventuras militares han aumentado su peligrosidad. Sam Altman, brujo connotado en la aplicación de la IA tuvo la cordura de afirmar: “Esta tecnología es muy potente y no podemos decir con certidumbre qué ocurrirá. Pasa con todas las grandes revoluciones tecnológicas, pero con esta en concreto es fácil imaginar los enormes efectos que tendrá en el mundo y que podría salir muy mal”. Vivimos en el reino de la incertidumbre. Como enseñan los biólogos, la vida de los seres vivientes está encadenada. El destino de la humanidad es uno solo. Conviene tenerlo en cuenta.

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Guillermo Rothschuh Villanueva

Comunicólogo y escritor nicaragüense. Fue decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) de abril de 1991 a diciembre de 2006. Autor de crónicas y ensayos. Ha escrito y publicado más de cuarenta libros.

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