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Pocos llegan con tanta altura, lucidez y optimismo como esta escritora nicaragüense-salvadoreña

La poeta nicaragüense, Claribel Alegría. Confidencial | Archivo
Ella siempre está sonriente y platica, se percibe amable y entusiasta, tiene voz juvenil, clara y sensual en sus respetables años acumulados. Me refiero a la nicaragüense-salvadoreña o salvadoreña-nicaragüense Claribel Alegría (Estelí, 1924), cuyo recorrido por la vida alcanzó 96 años. Pocos llegan a tanta altura, ¡y con tanta lucidez! ¡y con tanto optimismo! Con los pesares guardados, con la memoria limpia, con la sencillez aprendida… Con ingenuo humor contagioso, un poco diferente, pero con similar fortaleza que Josecito Cuadra con su doña Julia quienes llegaron “juntos los dos”, a los 97.
Una vez leí El detén (1977) y subrayé, entre otras partes, un breve diálogo que comparto y que de alguna manera podría resumir el contenido de esta novela corta escrita por Claribel:
Después llegó a mis manos Luisa en el país de las realidades (1997), relatos y poemas con una prosa y versos limpios y breves de gran energía literaria que reflejan la fuerza personal y la sobriedad de la autora, que no se llama Luisa, sino Claribel, que es lo mismo, digo Luisa de luz, Claribel de claridad, luz que es claridad por lo luminoso con que suena Luisa. Dice ella, que “es un libro de digresiones, de realidad y sueños, de percepción y fantasía. En mi itinerario poético es el libro que más quiero”, reconoce que “nació con aura privilegiada y una facilidad asombrosa” que empezó “como sonámbula a escribir viñetas de mi infancia y mi adolescencia en Santa Ana Está integrado por 65 relatos y 37 poemas, para un total de 92 piezas literarias.
Claribel, cuando estudiaba Filosofía y Letras en los Estados Unidos, entre 1944 y 1947 fue discípula de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), el autor de Platero y yo (1914), que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1956, aquel muchacho andaluz que conoció en España Darío y con quien estableció una amistad firme y verdadera durante toda su vida, dijo que percibió del joven poeta: “un lírico fulgor que delataba a un excepcional espíritu”. Años después en Estados Unidos en los últimos años de la II Guerra Mundial (junio de 1944), en el mismo tiempo en que Claribel lo conoció, Jiménez habló del maestro en la botadura del buque Liberty Ship Rubén Darío: “fue ante todo y siempre un poeta marino. Lo mejor de su obra está hundido, mecido y salpicado de mar. Yo escribí una imagen de Rubén Darío, periodista del mar, almirante lírico, embajador de Venus…”. Jiménez fue uno de sus sinceros admiradores, aprendió de Darío, el inmortal poeta y prosista modernista que trascendió al movimiento que fundó y feneció, Claribel aprendió de Jiménez, el mentor que influyó en su obra aunque, dice ella “nunca le dijo un piropo a sus versos”.
Cuando concluí mi más reciente trabajo literario, una prolongada investigación, compilación y estudio, un interesante aprendizaje que quedará en un voluminoso libro de 690 páginas y que titulé: Último año de Rubén Darío (septiembre 2015) –estará disponible al público a partir de enero de 2016-, como un modesto homenaje en el centenario de su muerte y en los ciento cincuenta años de su nacimiento, dado que muestra el carácter unionista centroamericano que el poeta cultivó desde su adolescencia y que en los países de la región las publicaciones de periódicos y revistas en aquel año final de la vida del poeta (1915-1916) y aún ahora, se le percibe como propio, dediqué la publicación a escritores y escritoras centroamericanos que contribuyen a nuestra nacionalidad común, la identidad centroamericana, entre ellos los nicaragüenses Fernando Silva, Guillermo Rothschuh Tablada y a quien me refiero en este escrito: Claribel Alegría.
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El autor es escritor, académico y consultor nicaragüense, especialista en seguridad ciudadana y policía. Economista, master en Administración y Dirección de Empresas.
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