Presión militar de EE. UU. en Venezuela: ¿Funcionará para cambiar al régimen?
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Este es el comentario del director de CONFIDENCIAL, Carlos F. Chamorro, en el programa esta Semana, el 20 de julio de 2025:
El 19 de julio, en la conmemoración de la caída de la dictadura de Anastasio Somoza, ocurrida en 1979, los nuevos dictadores de Nicaragua Daniel Ortega y Rosario Murillo, demostraron que están cada vez más ausentes de la vida nacional, dominados por un miedo profundo a la libertad.
Ortega y Murillo celebraron, rodeados por miles de guardaespaldas, la imposición de siete años del estado policial que impusieron en 2018, después de reprimir a sangre y fuego la demanda nacional de celebrar nuevas elecciones libres.
Celebraron siete años sin libertad de reunión ni libertad de movilización. 7 años sin libertad de prensa, ni libertad de expresión. Siete años, sin libertad religiosa, y sin el derecho a realizar elecciones libres.
Y sin embargo, en su discurso de más de una hora transmitido en cadena nacional de radio y televisión, Daniel Ortega reveló y el miedo profundo que le tiene a los ciudadanos libres.
Ortega no se refirió a ninguno de los problemas nacionales que afectan y preocupan a la población. No dijo nada de la carestía de la vida y el desempleo y la invasión de las tiendas chinas que preocupa a los comerciantes; no habló de la censura, de la supresión de las libertades, y del flagelo de la corrupción pública; tampoco se refirió a la pésima calidad de la educación y el fracaso de las universidades confiscadas.
No mencionó a los miles de migrantes nicaragüenses deportados de Estados Unidos que recibe en secreto cada semana, y ni siquiera se refirió al incremento de las multas de tránsito y de la epidemia de muertes en los accidentes, que tampoco pudo solucionar.
Ante una plaza colmada por miles de policías, militares, miembros de la juventud sandinista, y empleados públicos, Ortega solo reveló el miedo profundo que le tiene a los nicaragüenses libres, y ordenó ejecutar más vigilancia para capturar y procesar a los ciudadanos que calificó de “terroristas”, “conspiradores”, y vendepatrias.
De manera que el gobernante que ha convertido a Nicaragua en una gran cárcel, en un país de desterrados, donde la gente tiene miedo a viajar al exterior, porque no saben si les van a permitir regresar, lo único que le propone al país es mandar a más gente a la cárcel.
Esa es la paranoia del miedo de una dictadura familiar en proceso de descomposición, el fracaso de dos gobernantes totalmente ausentes, que no le pueden ofrecer ninguna solución al país y a los problemas nacionales. Y eso lo saben bien, en primer lugar, los generales del Ejército y la Policía, los altos ministros civiles que lucieron marginados en la tarima del poder, y los servidores públicos, civiles y militares, que han sido convertidos en rehenes de los codictadores.
El miedo de Ortega y Murillo anticipa que en los próximos meses vendrán más purgas internas y más represión, pero también es una señal inequívoca de que se acerca el fin de la dictadura. Nicaragua debe prepararse para una nueva transición democrática y empezar el cambio ahora mismo. Y el primer paso es romper el silencio y terminar con la censura.
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