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El homenaje del escritor colombiano a su padre, asesinado en Medellín en 1987, y a una escritora ucraniana, víctima de un crimen de guerra ruso en 2023
El escritor Héctor Abad Faciolince reconstruye la muerte de su padre, el médico, Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín. Foto | Confidencial
El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince visitó Ucrania en junio de 2023 para participar en un festival literario en que presentó su libro El olvido que seremos (2006), traducido al ucranianio, y posteriormente viajó a Kramatorsk, donde murieron 13 personas, entre ellas la escritora ucraniana Victoria Amelina, compañera de viaje de Abad, durante el ataque de un misil ruso de 600 kilos de dinamita a una pizzería abarrotada de civiles.
Así comienza la historia de Ahora y en la hora (2025), el libro más reciente de Hector Abad sobre este atentado criminal, del que él mismo es sobreviviente, en el que rinde un homenaje a la vida y la obra de Victoria Amelina, autora de la novela Un hogar para Dom y del “diario de guerra y justicia” Looking at Women Looking at War, publicado de manera póstuma en 2025.
En una conversación en el programa Esta Semana, que se transmite en el canal de YouTube de CONFIDENCIAL, debido a la censura televisiva en Nicaragua, el escritor y periodista colombiano relató el doloroso proceso de escribir este libro de horror, “que me ha permitido renacer de distintas maneras”.
“Ya que ella no pudo documentar su propio crimen de guerra, yo sentí la responsabilidad de darle voz a ella, que ya no la tenía. Escribirlo fue muy duro, pero yo tenía la responsabilidad de contar el contar el crimen de Victoria”, afirmó Hector Abad.
Hace 21 años escribiste El olvido que seremos, la historia de tu padre, el doctor Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín por paramilitares en 1987. Y el año pasado has publicado Ahora y en la hora, en homenaje a la escritora ucraniana Victoria Amelina, asesinada en 2023 en Kramatorsk, Ucrania, por el impacto de un misil ruso que mató a otras 12 personas, y también te pudo haber matado a vos que estabas en ese mismo sitio. ¿Qué relación hay entre estas dos novelas y estas dos historias?
La relación más inmediata es que mi papá, aunque era un viejo de la misma edad que tenía yo cuando fui a Kramatorsk, de 65 años, luchaba por los derechos humanos y denunciaba los crímenes de los paramilitares y de los militares en Colombia, y los secuestros de las guerrillas también. Denunciaba todo tipo de abusos contra los derechos humanos.
Victoria, desde la invasión completa de Rusia en el año 2022, había abandonado la literatura. Ella era una joven de la edad de mi hija, nacida en 1986, en el año de Chernóbil, que había renunciado a la literatura y se había dedicado también a documentar los crímenes de guerra rusos.
Ella nos quiso acompañar a Kramatorsk porque iba a terminar un libro que estaba escribiendo en inglés, que se publicó póstumamente sin que ella lo terminara, donde documentaba muchos crímenes de guerra rusos. Pero ella ya no pudo documentar el crimen de guerra donde murió, donde la mataron, donde casi matan a Sergio Jaramillo, a Catalina Gómez y a mí, en esa mesa de un restaurante en Kramatorsk.
En el libro relatas que fuiste originalmente a una feria de libros en Kiev y que tu destino no necesariamente era esa ciudad cercana al frente de guerra.
Sí, yo fui a un festival literario como este en el que estamos (Centroamérica Cuenta, en Panamá 2026), o distinto, porque en Kiev a veces ese festival literario era interrumpido por las sirenas de alarma de ataque misilístico, de drones, y entonces algunos iban o íbamos a algún refugio, bajábamos a un refugio, a un sótano o algo.
Había pasado un año y medio, (desde el inicio de la guerra), pues mucha gente ya se aburre hasta de ir a los refugios. Pero yo fui a presentar un libro mío que habían traducido, El olvido que seremos, al ucraniano, y pensaba volver a Polonia al día siguiente, pero estos amigos míos me arrastraron hasta el frente sin yo querer, pero yo me dejé llevar.
Y cuando íbamos a volver, cuando ya terminamos esa visita en la que Victoria nos acompañó, ella quiso ir porque se quería despedir de amigos, soldados voluntarios que probablemente iban a morir mientras ella estaba terminando su libro en París. El mismo día en que la hirieron de muerte fue a despedirse de un soldado amigo. Nosotros no fuimos.
Y bueno, nunca se sabe, yo me cambié de puesto en esa mesa porque oigo mal por este oído, me pasé al frente de de la mesa y ella ocupó mi lugar, o sea que yo ocupaba el puesto del muerto, de la muerte, de la herida, y eso me afectó mucho, pero yo estoy seguro de que Victoria, si hubiera sobrevivido ella y yo hubiera muerto, se habría preocupado por escribir para documentar que eso es un crimen de guerra, lanzar un misil de alta precisión de 2 millones y medio de dólares de costo, de 600 kilos de dinamita, sobre un blanco civil, sobre un restaurante. Aunque los rusos dijeron que en el segundo piso funcionaban unas oficinas de la OTAN, yo estuve ahí, en ese restaurante no había segundo piso, el misil cayó sobre la plancha de concreto del restaurante, no había ningún segundo piso.
Ya que ella no pudo documentar su propio crimen de guerra, yo sentí la responsabilidad de darle voz a ella, que ya no la tenía, como traté de darle voz a mi papá cuando ya no la tenía. Y en eso también se parecen, pero en este caso darle voz a una mujer de la edad de mi hija y en el otro darle voz a mi padre.
Cuando uno lee el libro, se percibe mucho dolor en tu relato, en la manera en cómo te vas atreviendo a contar absolutamente todo. Escribir este libro, ¿qué te dejó? ¿Te dejó algún consuelo? ¿Te dejó alguna esperanza después de pasar por tanto dolor?
Haberlo escrito me dejó cierta satisfacción por el deber cumplido, haberlo escrito, pero escribiendo, no me consolaba nada, antes me enfermaba más, me desesperaba.
Uno después de una experiencia tan cercana a la muerte quiere más bien olvidar, quiere no estar volviendo a pensar en todo el horror de ese momento, en los horrores concretos de la guerra en directo, de la muerte en directo de tanta gente. Pero no podía esperar como hice en el caso del libro de mi padre, que esperé casi 20 años, porque dentro de 20 años probablemente estoy más que muerto y hubiera olvidado mucho. No podía esperar, tenía que escribirlo en caliente. Y ni Sergio ni Catalina, mis compañeros en ese viaje, se dedican a la escritura. Yo era el que tenía la responsabilidad de contar el valor de ellos y contar el crimen de Victoria. Escribirlo fue duro, pero haberlo escrito sí me deja tranquilo, porque incluso ya puedo olvidar si quiero.
Es una historia trágica, dolorosa, pero también es un homenaje muy hermoso a la vida de Victoria Amelina. ¿Te provoca alguna clase de culpa por haber sobrevivido en ese momento?
Yo era el más viejo de la mesa y uno de los más viejos del restaurante. Adentro, murieron dos gemelas de 14 años, eso me impresionó mucho porque murieron frente a su padre que las había llevado a felicitarlas porque tenían buenas calificaciones ese año y el padre se queda vivo y las niñas mueren ahí frente a él.
Para entender las dimensiones del dolor, yo tenía que imaginarme para no alegrarme como un sobreviviente, es natural que se alegre cuando uno se salva, cuando su vida se salva de chiripa, uno tiende a decir: ah bueno, qué suerte, qué alegría que estoy vivo, qué alegría pero qué horror, y yo conocí al papá de Victoria que vive en Canadá y me imaginaba el dolor de él, como sería el dolor mío si hubieran matado a mi hija y no a mí.
Como que el orden de la vida quiere que los más viejos nos muramos antes que los más jóvenes, y si son los hijos, con mayor razón. Tal vez yo por eso, para poder entender las dimensiones del dolor del hijo de Victoria, que tenía un hijo de 11 años, y de su familia, tenía que pensar en que mi hija, nacida también en el año de Chernóbil, se me hubiera muerto. Y ahí viene la culpa, claro, la culpa del sobreviviente. Porque me cambié de puesto, porque yo ya me sentía como al final de la vida, ahora me siento que tengo futuro, pero en ese momento que yo fui a Ucrania, me estaba sintiendo más viejo que nunca y como al final de la vida.
¿Escribir el libro te ha permitido renacer?
Me ha permitido renacer de algunas maneras. Y mientras lo estaba escribiendo, mi hija vino a decirme que estaba embarazada y además estaba esperando mellizos. Entonces para mí era como un renacimiento de esas gemelas que habían muerto en el restaurante. Pasaron muchas cosas que eran como místicas durante la escritura de ese libro. Yo soy un racionalista del siglo XVIII, ateo, pero yo sentía que Victoria estaba viva, que estaba en mi casa, que me dictaba cosas para que el libro saliera bien.
Mi hija me lo dijo cuando ya el libro estaba casi terminado y no la pongo en el libro, pero son mis primeros nietos, que ella estuviera embarazada, yo nunca me había casado en la vida y me casé y cogí el anillo de matrimonio de un abuelo que ni mi mamá ni yo conocimos, porque se mató en un accidente cuando mi mamá tenía 3 años. Y en este anillo dice “Victoria 1922”, porque mi abuela se llamaba Victoria y 1922 es un siglo antes de la invasión total de Rusia a Ucrania. Entonces es como si hubiera mensajes místicos que me llegan para confirmar que lo que yo estoy haciendo tiene algún sentido.
Fuiste a Ucrania, originalmente, como parte de esta campaña llamada Aguanta Ucrania para conectar América Latina con Ucrania. ¿Cómo vemos los latinoamericanos la invasión de Putin 4 años después en Ucrania.
Terrible, y es desesperante lo que me pasó con muchos colegas en América Latina. Los grandes aliados de Putin en América Latina eran, cuando empezó la invasión de Putin, la de 2014, y la de 2022, eran Ortega y familia, Maduro y familia, y los Castro y familia en Cuba, esos eran sus grandes aliados. Tal vez por eso, como hay gente todavía en América Latina que cree que esos regímenes son de izquierda, decían: ´no, es que la invasión de Putin a Ucrania es culpa de la OTAN y culpa de Zelensky´, que es curiosamente lo que ahora dice Trump.
Entonces, esos amigos míos de México, de Brasil, de Argentina, que me decían eso, ahora están muy de acuerdo con Trump. No sé si Trump les parecerá también un hombre de izquierda, pero Trump también está tratando de desmontar la OTAN. Y entonces la realidad del mundo, últimamente, es bien rara y paradójica. Es como que estamos asistiendo al triunfo de los hombres fuertes, de los hombres duros, de los hombres que solamente entienden el lenguaje de las armas y de la fuerza. Y es como si entonces toda la legislación internacional, todos los valores democráticos en los que creemos, estuvieran pasando definitivamente de moda.
Otro de los personajes de tu libro, la periodista Catalina Gómez Ángel, regresó a Irán, donde ella vive, a cubrir la guerra y los bombardeos de Estados Unidos. Hace poco conversé con ella en una entrevista sobre cómo sobrevive en esa guerra, pero ahí está ella.
Catalina es una mujer extraordinaria que yo admiro muchísimo. Yo la había conocido muy joven cuando trabajaba en la revista Semana, y ella era practicante. Y ella siempre soñaba con irse a vivir a Persia y lo logró. Se fue a vivir a Irán, se casó con un fotógrafo iraní.
Ha sido reportera de guerra en el Medio Oriente, en Gaza, en Irán, por supuesto, en el Líbano, en toda esa zona, es valiente, nunca había vivido una experiencia tan cercana a la muerte como la que vivimos en Ucrania. Y ella se había ido desde un año antes a hacer reportería de guerra desde Ucrania. Ella no dice que es valiente, ella es como que está por encima del miedo, como si fuera inmune al miedo, es extraordinaria y la admiro muchísimo.
Ahora está en Irán contando lo que es inadmisible, que es igual a lo que pasó en Gaza. Está bien que el régimen iraní es asqueroso, el régimen de los ayatolás es terrible, ha matado a muchísimas personas de la oposición, pero en el ataque vengativo de Israel y de Trump en Irán, los que más sufren y los que más mueren, mueren los del régimen y también terroristas de Hamas en Gaza, pero los que más mueren son los inocentes, son los civiles iraníes, los civiles de Gaza.
También en Ucrania, no los que más mueren porque allá mueren más soldados que civiles, pero las grandes víctimas del desplazamiento, del exilio de millones de personas y de la muerte en bombardeos indiscriminados contra blancos civiles son las personas comunes y corrientes.
Regresemos a Colombia, tu país, donde hay elecciones ¿La amenaza de la violencia política sigue presente en Colombia, o se ha logrado conjurar?
Sigue presente, mataron a un precandidato. En la segunda vuelta se enfrentan un candidato bukelista, trumpista, más incluso a la derecha que estos dos personajes, y un castrista de la vieja escuela.
Entonces estamos como entre Putin y Trump. Me parece una tragedia para Colombia y creo que en cualquiera de los dos casos podría desatarse una violencia política muy grave. Si gana (Abelardo) De la Espriella que ha sido defensor de paramilitares, defensor de chavistas corruptos como Saab, defensor de estafadores de miles y miles de personas en Colombia, y que dice que su estrategia es la de Bukele, va a construir grandes cárceles y a fumigar indiscriminadamente por lo que pinta a los que él considera delincuentes. (Iván) Cepeda, que es el sucesor de Petro, es un poco menos loco que Petro, es como más sensato y tranquilo, pero es un comunista viejo estilo, vieja guardia, que nunca ha criticado y no ha renegado de los métodos guerrilleros, por ejemplo, del secuestro en los años peores de Colombia.
Entonces, los que no estamos ni con los unos ni con los otros, nos sentimos derrotados en todos los sentidos.
¿Hay un mal menor?
Entre estos dos, yo sí creo que hay un mal menor, pero no soy capaz de votar por el mal menor. Yo en ese escenario voy a votar en blanco.
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Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Fundador y director de Confidencial y Esta Semana. Miembro del Consejo Rector de la Fundación Gabo. Ha sido Knight Fellow en la Universidad de Stanford (1997-1998) y profesor visitante en la Maestría de Periodismo de la Universidad de Berkeley, California (1998-1999). En mayo 2009, obtuvo el Premio a la Libertad de Expresión en Iberoamérica, de Casa América Cataluña (España). En octubre de 2010 recibió el Premio Maria Moors Cabot de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York. En 2021 obtuvo el Premio Ortega y Gasset por su trayectoria periodística.
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