La frase de Laura Fernández sobre Nicaragua
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La libertad no comienza cuando desaparece el miedo; comienza cuando el miedo deja de definir los límites de la acción ciudadana
El asesinato, hace un año, de Roberto Samcam conmocionó a la comunidad nicaragüense en el exilio y confirmó que la persecución no siempre termina cuando se cruza una frontera.
El miedo se irradió en el cuerpo social nicaragüense – paralizó y destruyó. Enfrentar el miedo no significa ignorar los riesgos sino impedir que paralice la acción ciudadana.
Cientos de miles de nicaragüenses llegaron a Costa Rica buscando protección y la posibilidad de reconstruir sus vidas lejos de la represión; una parte importante de ellos permanece en territorio costarricense. Son familias separadas, proyectos interrumpidos y vidas suspendidas entre dos países.
La represión que provocó el éxodo sigue activa. Las amenazas, la vigilancia, el hostigamiento y los episodios de violencia que han alcanzado a personas exiliadas son palpables. Pero existe otro fenómeno que merece atención: la manera en que el temor se reproduce y termina condicionando la vida colectiva mucho más allá de quienes han sido víctimas directas de la represión.
La represión no necesita castigar a todos para influir sobre todos. A menudo basta con que golpee a unos pocos para que el mensaje llegue al resto. La eficacia de la represión no depende de que todos sean perseguidos; depende de que suficientes personas crean que podrían serlo.
La represión rara vez opera de manera indiscriminada. Su eficacia reside precisamente en que un número limitado de actos de violencia puede producir consecuencias mucho más amplias. Cuando una amenaza resulta creíble, cuando un atentado ocurre o cuando una persona es asesinada, muchas otras modifican su comportamiento.
Una vez que el miedo se instala, la propia comunidad comienza a autocontrolarse; las personas limitan por sí mismas su conducta. Las personas hablan menos, participan menos, se exponen menos. Las organizaciones se repliegan. La desconfianza gana terreno. Lo que se deteriora no es únicamente la sensación de seguridad, sino la capacidad de actuar colectivamente.
Las historias que generan miedo circulan, las imágenes se repiten, los rumores se propagan y cada nuevo episodio parece confirmar que nadie está a salvo. Poco a poco, la excepción comienza a percibirse como regla.
En las últimas semanas, por ejemplo, circularon listas de personas que serían objeto de ataques. Tal vez esas advertencias respondían a preocupaciones sustentadas. Pero la forma en que esa información se difundió produjo algo distinto: una expansión acelerada del temor. Las listas viajaron de teléfono en teléfono mucho más rápido que cualquier análisis serio sobre riesgos concretos o medidas de protección.
El resultado es conocido: las personas comienzan a callar, a retirarse de espacios públicos, a reducir su participación y a evitar cualquier acción que pueda exponerlas.
El miedo modifica conductas. Esa es precisamente su función. Quienes ejercen la represión lo saben bien.
Una comunidad amenazada necesita información. Pero necesita información para actuar, no para paralizarse. Cuando las advertencias se convierten en rumores o en pronósticos difíciles de verificar, el miedo empieza a cumplir por sí solo el trabajo de quienes buscan intimidar.
Esta reflexión no pretende minimizar el sufrimiento de quienes han sido perseguidos ni desconocer los traumas acumulados por años de persecución política. Tampoco pretende relativizar la gravedad de la represión transnacional. Al contrario. Se trata de insistir en que un problema serio requiere respuestas serias.
Las amenazas deben investigarse. Los riesgos deben evaluarse técnicamente. Las instituciones responsables de brindar protección deben actuar con rigor. La seguridad de las personas exiliadas no puede depender ni de rumores ni de gestos simbólicos. Cuando el miedo reemplaza al análisis, la especulación sustituye a los hechos y la incertidumbre termina beneficiando a quienes desean sembrarla.
La historia reciente de la diáspora nicaragüense demuestra que la intimidación no ha logrado imponerse por completo. A pesar de las amenazas, continúan existiendo organizaciones, medios, activistas, defensores de derechos humanos y ciudadanas comunes que se niegan a aceptar que el exilio implique renunciar a la voz pública.
Nada de esto significa que los riesgos deban ignorarse. Existen y deben enfrentarse con prudencia. Tampoco significa exigir heroísmos individuales. Cada persona conoce sus circunstancias y sus límites Pero una comunidad no puede construir su futuro únicamente alrededor del temor.
La pregunta que enfrenta hoy la diáspora nicaragüense no es si existen riesgos. Existen. Tampoco si la persecución transnacional es una preocupación legítima. Lo es. La pregunta es otra: si el miedo terminará definiendo los límites de la acción ciudadana.
Quienes ejercen la represión entienden perfectamente el poder político del miedo. Las sociedades democráticas deberían entender algo igualmente importante: la protección no consiste únicamente en mantener a las personas a salvo; también consiste en preservar las condiciones para que sigan actuando como ciudadanas y ciudadanos activas.
La libertad no comienza cuando desaparece el miedo; comienza cuando el miedo deja de definir los límites de la acción ciudadana.
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Abogado colombo-estadounidense con más de 25 años de experiencia en derechos humanos, justicia penal y acción humanitaria, principalmente en América Latina, así como Asia y África. Director de Gobernanza Operaciones del Centro Guernica para la Justicia Internacional en Estados Unidos. Reside en el área metropolitana de Washington D.C.
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