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Por qué se necesita una verdadera oposición para el cambio político en Nicaragua

Un movimiento de resistencia enraizado en Nicaragua, es el interlocutor más viable, en vez de otra Delcy Rodríguez, como en Venezuela, o GAESA en Cuba

Rosario Murillo y Daniel Ortega

Los “codictadores” nicaragüenses Rosario Murillo y Daniel Ortega participan en un acto oficial en Managua, el 4 de mayo de 2026. | Foto: CCC

Manuel Orozco

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Nicaragua no encaja en el molde de la presión externa que Estados Unidos ejerce sobre Cuba y Venezuela. A diferencia de los otros dos países, la clave del cambio político está en contar con un grupo político maduro, organizado, legítimo que refleje la credibilidad necesaria para montar una verdadera transición democrática.

Su ausencia es un desincentivo para Estados Unidos y para la comunidad internacional de seguir presionando hacia una salida de los dictadores.

Los factores de cambio

Entre las cosas que poco cambian en la política internacional están los factores que inciden en la transformación política. Una crisis, económica, social, o ambiental, puede provocar un levantamiento social lo suficientemente fuerte que un régimen no puede soportar. El otro es un cambio al interior del sistema represivo, en el que algunos miembros del círculo de poder conspiran para derrocar al autócrata. Tercero, está la presencia de un movimiento de resistencia política organizado, con capacidad para alterar el equilibrio de poder desfavorable a la dictadura. Finalmente, la presión externa, por la vía diplomática, económica y política, que debilite la estructura represiva y los sienta a la mesa para negociar una transición.

La combinación activa de estos determinantes debilita al sistema dictatorial, en el que uno de ellos actúa como factor detonante, dejando allanado el camino para iniciar una transición con sus interlocutores.

Murillo y equipo lo tienen muy claro, y todo lo que hacen gira en torno a garantizar la durabilidad de la dictadura, evitando que esos elementos se les escapen de las manos. Por eso, una crisis como detonante de cambio está ausente. Económicamente, el país se mantiene relativamente estable mediante una estrategia en la que el régimen ha compartimentado la economía en tres grupos: consumidor de la calle, receptor de remesas y sector informal; zona franca, minería y agroexportación; y captura de Estado por parte de la élite dirigente. Al tenerlos desconectados, puede ejercer un mejor control sobre el rendimiento de cada uno.

La expectativa de una llamada implosión muestra riesgos muy bajos de ocurrir porque Murillo cuenta con un pequeño círculo de colaboradores que la rodean, con roles bien definidos, cancelando y censurando cualquier protagonismo de éstos, excepto el de su hijo Laureano.

La criminalización de la democracia dio como resultado la anulación de una oposición cívica, a la cual encarceló y exilió, y ahora es inexistente, excepto en grupos con poco o nulo capital político y altamente fragmentada y tóxicamente polarizada.

La presión internacional ha golpeado a la dictadura en varias ocasiones y sigue siendo el factor de mayor peso contra Murillo. Pero la percepción de que, después de Cuba, le toca a Nicaragua requiere, primero, entender las diferencias y que se necesita para presionar al régimen.

La decisión de Trump de extraer a Maduro no es un cálculo bien medido, pero coincide con una crisis económica insostenible, y una oposición extremadamente débil, situación que deja a la administración lidiar con una de las tres patas que controlaban el régimen de Maduro. En Nicaragua, el monopolio del poder es casi absoluto y no existe un círculo de poder fragmentado.

Por otro lado, la presión sobre Cuba ocurre tras un desgaste social extremo y un liderazgo obsoleto, en el que la estructura institucional de GAESA es el estamento que, una vez vulnerado, será el interlocutor del cambio. Pero Nicaragua tampoco tiene una estructura paralela de la economía—hay captura de Estado. Y Estados Unidos lo tiene claro, por lo que la teoría del dominó no es tan sencilla, y la importancia de un movimiento opositor se convierte en un factor dominante.

El rol de Estados Unidos y su perspectiva hacia Nicaragua

La administración Trump sigue el consejo del equipo burocrático que lleva décadas conociendo a los Ortega Murillo. Y su lectura es que, siendo este un gobierno económicamente estable, recomiendan presionar, temporalmente y a fuego lento, a menos que Murillo les cree complicaciones—tales como la injerencia china y rusa, la complicidad en el narcotráfico o la responsabilidad de otra ola de expulsión migratoria—o que ocurra un cambio en el equilibrio del poder con la muerte de Daniel Ortega.

El ámbito de las políticas incluye tres opciones. La primera es la presión gradual para poner en jaque al gobierno (sanciones, la Oficina de Comercio 301, disminuir la presencia económica de China, abortar la presencia rusa mediante sanciones), mientras tanto, observar si la inercia del entorno interno, con la muerte de Ortega, abrirá una alternativa adicional. La segunda es la presión inmediata de cortar vínculos comerciales y financieros, y amenazar con extraer a una figura de poder de manera fulminante. Algunos titiriteros de la oposición creen que es Daniel Ortega, pero hay alguien más en la mira. La tercera es la de los encuentros bilaterales, que exigen cambios políticos puntuales para lograr reformas en el futuro; el Ejército no forma parte de estos intercambios.

Frente a ese marco, la decisión es seguir presionando, mientras se aclaren los nublados del día. Estados Unidos tiene una línea de tiempo que incluye responder a la oferta electoral que haga Murillo para noviembre de 2027, con el propósito de consolidarse mediante una nueva farsa electoral.

Nada es estático y Marco Rubio puede reconsiderar estas opciones, adelantando cambios antes de noviembre de 2026, tras la aprobación del nuevo Nica Act 2.0, y vetar que Murillo sea elegida copresidenta única.

Sin embargo, lo que detiene a la administración es la crisis internacional que abarca el Medio Oriente, Irán, Cuba, Venezuela, Ucrania y otros países y regiones. Pero, en particular, los ‘atrasa’ la ausencia de una oposición, porque para ellos no hay un intermediario viable dentro del régimen y Laureano Ortega no convence a nadie. El Ejército no tiene a nadie dispuesto a ofrecer la cara, y Rosario Murillo solo quiere perpetuarse en el poder.

De ahí que, por defecto, contar con un interlocutor democrático legitimaría y motivaría aún más la acción externa para sentarlos a negociar con Murillo su salida del poder.

La estrategia de Murillo: prometer elecciones con partidos zancudos

Murillo lo sabe y ha instruido a sus operadores a que revivan el FSLN, activen a los policías voluntarios como promotores electorales, y a los diputados que revisen leyes que resuciten un nuevo registro electoral y de partidos, abriendo la puerta a negociar un colaboracionismo parcial, del que incluso algunos en el exilio puedan entretener la idea de ser parte y, de esa manera, afianzar su propuesta.

Murillo, con el sartén en el mango (y la policía de frente), quiere mostrar al mundo que en este país hay apertura electoral, algo que Estados Unidos no validará y que la Unión Europea está analizando. Para ella, el tema no es si le creen o no, sino hacer el show para consagrarse presidenta y asume que el riesgo político de que la presionen será mucho menor en estas circunstancias postelectorales, y que lo que tiene que aguantar es la presión que ocurra desde febrero de 2027 hasta noviembre de 2027. Ahorita, la dictadura estima que cualquier presión entre junio y diciembre de 2026 será manejable.

Continuidad, un escenario probable a mediados de 2026

La continuidad en el poder para ella es un escenario muy probable.

Sin embargo, la conformación de un grupo legítimo, organizado y en resistencia interna y externa, cambiaría el posicionamiento de Murillo en medio de un ambiente preelectoral.

Este ambiente coincidirá con una economía complicada—el número de deportados y retornados a Nicaragua ascenderá a más de 30,000 personas a principios de 2027, en un país en el que el incremento anual de mano de obra es de 60,000 trabajadores y una desaceleración adicional de las remesas al 4% (este año crecerán un 8%), la dinámica exportadora mostrará menos crecimiento (el precio del oro se estabilizará a $4,000 la onza).

Para Estados Unidos, la masa crítica de líderes y seguidores democráticos, con preponderancia en vez de figureo, presenta el escenario viable de cambio en Nicaragua, en vez de una Delcy Rodríguez en Venezuela o GAESA en Cuba.

Este es el momento para relanzar el movimiento opositor; porque el tiempo avanza y nadie los va a esperar y estos 18 meses son existenciales para los Ortega-Murillo. Las fotos del Brooklyn Rivera no son un recordatorio, son la una exigencia y responsabilidad moral que la lucha contra la maldad es ahora porque los dictadores seguirán su misma ruta.

Los verdaderamente comprometidos no son los que se toman fotos en la OEA, el Congreso o los pasillos del Departamento de Estados; sino los que tienen forma de conectarse con los nicaragüenses, hablar su lenguaje, contar con sus soluciones, montar la estrategia de resistencia y de transición (no, señor de Miami, aun no la tienen aunque Ud. se lo crea), construir un consenso político incluyente y con reglas de juego y penalidades, aunque excluya a algunos (pero no a todos) que pertenecen al ‘pasado’—que no es sólo el de los ochenta y sus confiscaciones y represiones, pero incluye al liberalismo traicionero, al colaboracionista empresarial, al que optó por rezar en vez de cuidar su rebaño, y los narcisistas oportunistas.

La señal es visible, dejemos de ignorarla.

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Manuel Orozco

Manuel Orozco

Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.

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