30 de mayo 2026
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Donald Trump propone costosas remodelaciones para Washington D.C. ¿Cuándo los grandes proyectos sirven al ciudadano y cuándo sirven al líder?
Ilustración del polémico plan del presidente estadounidense Trump para construir un arco de triunfo de 75 metros en Washington D.C. | Foto: Sipa USA/picture alliance
El término inglés “vanity project” está de moda. Suele aparecer cada vez que Donald Trump presenta un nuevo plan para darle a Washington D. C. un costoso y arquitectónicamente llamativo lavado de cara. En castellano diríamos “proyecto egocéntrico” o “proyecto faraónico”.
Ya sea un arco del triunfo por valor de 100 millones de dólares, un salón de baile de mil millones para la Casa Blanca o un rediseño de 13 millones del estanque reflectante del Monumento a Lincoln, cada propuesta suscita la pregunta de por qué un líder político persigue llevarlos a cabo.
En primer lugar, no todo proyecto expansivo o costoso puede considerarse un “proyecto egocéntrico”.
Esra Akcan, profesora de arquitectura en la Universidad de Cornell, explica que la intención es lo que distingue el interés público de la vanidad. “Aunque es difícil sentir respeto por cualquier proyecto faraónico, si se trata de uno impulsado por un líder político, genera aún más oposición, porque implica una situación en la que una persona usa su posición y el dinero de los contribuyentes para construir un monumento que satisface su propio ego, en lugar de prestar un servicio público”, comenta Akcan a DW.
Los proyectos financiados por el Estado que proporcionan viviendas sociales equitativas, plazas públicas, parques, escuelas o universidades “son muy distintos de palacios gubernamentales sobredimensionados y cerrados, construidos para la familia y los amigos del gobernante, y que consumen los recursos del país para una élite reducida”, prosigue Akcan.
Históricamente, gobernantes de distintas épocas han utilizado la arquitectura monumental para proyectar autoridad, legitimidad o identidad nacional.
Akcan señala cómo los regímenes totalitarios del siglo XX en Alemania, Italia y la antigua Unión Soviética adoptaron formas monumentales para transmitir poder tanto dentro como fuera de sus fronteras.
Por ejemplo, el edificio de la Cancillería de Adolf Hitler en Berlín, el campo de concentraciones y desfiles de Zeppelin, en Núremberg, y la nunca construida “sala del pueblo”, una cúpula diseñada para albergar a 180 000 personas. Todos ellos fueron concebidos para impresionar por su gigantismo.
En la Francia del siglo XVII, Luis XIV transformó un antiguo pabellón de caza en el Palacio de Versalles, uno de los complejos palaciegos más grandes de Europa.
Algunos líderes modernos evocan grandes proyectos de la antigüedad, como las pirámides, para justificar proyectos ambiciosos. Pero Akcan dice que no hay que simplificar la historia.
“Poner proyectos estatales modernos y monumentos antiguos como las pirámides en la misma categoría es una falsa equivalencia”, advierte. La experta señala que las pirámides pertenecían a sistemas de creencias y estructuras político-económicas completamente diferentes.
“Muchos líderes están impulsados por el ego y el deseo de dejar un legado tangible a la mayor escala posible. No les basta con dejar monumentos. Crear una ciudad entera es la máxima demostración de poder y una manifestación física de una ideología”, explica a DW Sarah Moser, profesora de geografía en la Universidad McGill y especialista en nuevas capitales.
La construcción de ciudades es “siempre inherentemente política”, agrega Moser, porque las urbes son proyectos públicos altamente visibles. Según ella, países fuera de Occidente las han utilizado para redefinir su imagen o marcar una nueva etapa política.
Moser menciona Masdar City, promovida como la primera ciudad del mundo con cero emisiones y cero residuos, que ayudó a presentar Abu Dabi como una capital “hipermoderna y tecnológicamente sofisticada”.
En Myanmar, la capital planificada de Naypyidaw utiliza símbolos budistas en edificios gubernamentales. Moser afirma que este lenguaje visual presenta al Estado como basado en una identidad religiosa única, lo que puede incluir a algunos grupos, mientras excluye implícitamente a otros, como la minoría musulmana rohinyá.
La experta también recuerda que líderes históricos utilizaron ciudades enteras para expresar visiones políticas o legados personales. Pedro el Grande fundó San Petersburgo en 1703 como la “ventana de Rusia hacia Europa”; Brasilia simbolizó una identidad moderna y poscolonial; y Astana reflejó la visión de Nursultan Nazarbayev para Kazajistán mediante arquitectura futurista y monumental.
Akcan advierte además que incluso democracias consolidadas adoptan tácticas arquitectónicas antes asociadas a sistemas autoritarios. Proyectos enormes y altamente visibles se han impulsado sin concursos abiertos, amplia participación pública ni consenso institucional.
“Otro hecho preocupante es que muchos de estos proyectos violan leyes y normas urbanísticas de sus propios sistemas legales”, añade Akcan, citando como ejemplo el palacio presidencial Ak Saray, de Recep Tayyip Erdoğan.
Los planes de Trump para Washington D. C. también han enfrentado oposición de conservacionistas, urbanistas e instituciones culturales. Para Moser, cualquier modificación de Washington será inevitablemente examinada, debido a su enorme importancia simbólica para la identidad nacional estadounidense.
“Las intenciones detrás de este ‘lavado de cara’ y el dinero invertido en él son una especie de termómetro de los valores y formas de gobierno para el resto del país”, subraya. Según ella, las propuestas de Trump constituyen “una demostración de poder destinada a poner a prueba a sus aliados, mostrar fuerza política y dejar un legado duradero”.
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