Un autorretrato de la intolerancia
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En 2023 y 20256 once de las catorce elecciones fueron ganadas por fuerzas de derecha, frente a solo tres victorias de la izquierda
Un hombre deposita su voto durante la jornada de elecciones regionales de Bolivia, el 22 de marzo de 2026. Foto: EFE/ Gabriel Márquez/ ARCHIVO
América Latina atraviesa un giro político sostenido hacia la derecha. La que hasta hace poco —2022 y principios de 2023– era una región dominada por gobiernos de centroizquierda o izquierda —incluidas sus seis principales economías— ha sido reconfigurada en apenas tres años por una secuencia intensa de procesos electorales. Catorce elecciones presidenciales después, el mapa regional luce sustantivamente distinto.
El punto de inflexión se produjo en 2023, con los triunfos de Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador y la irrupción de Javier Milei en Argentina. En 2024, la tendencia se consolidó con las victorias de José Raúl Mulino en Panamá, Nayib Bukele en El Salvador y Luis Abinader en República Dominicana. El ciclo se intensificó en 2025 con cuatro elecciones y cuatro triunfos de fuerzas de derecha —incluidos José Antonio Kast en Chile y la reelección de Noboa en Ecuador, además de Rodrigo Paz en Bolivia y Nasry Asfura en Honduras—. La victoria de Laura Fernández en Costa Rica, en febrero de 2026, terminó de confirmar la dirección del péndulo hacia la derecha.
El balance cuantitativo es claro: once de las catorce elecciones fueron ganadas por fuerzas de derecha de diferentes corrientes, frente a solo tres victorias de la izquierda —Bernardo Arévalo en Guatemala en 2023, y Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay en 2024—. Sin embargo, una lectura más detenida obliga a matizar este diagnóstico. La derecha ha acumulado numerosas victorias, pero aún no controla las principales economías. Brasil, México y Colombia —que concentran cerca del 70% del PIB regional y el 60% de la población— permanecen bajo gobiernos de izquierda. Más que un giro homogéneo, lo que existe actualmente es un escenario regional heterogéneo, con una geografía política dual entre peso electoral —cuantitativamente a favor de las derechas— y peso económico-poblacional —a favor de las izquierdas—.
Este cambio no responde únicamente a una realineación ideológica. Refleja, asimismo, un nuevo ciclo de voto de castigo a los gobiernos incumbentes, muchos de ellos asociados a la llamada “segunda marea rosa”. En este contexto, las derechas. — heterogéneas entre sí han sabido capitalizar el malestar social ante la falta de resultados ofreciéndose como alternativa disponible.
A ello se suma una transformación en la oferta política. Las derechas han demostrado una mayor capacidad de conexión con el electorado, especialmente a través de redes sociales y mensajes simples, directos y emocionalmente eficaces. Han sabido canalizar el rechazo a la política tradicional, el temor a la inseguridad frente a los grupos criminales —en algunos casos bajo una lógica de la “bukelización”— y las tensiones asociadas a la migración.
En este escenario, el factor externo también ha ganado relevancia. La política hemisférica de Donald Trump, en su segundo mandato, ha reforzado la convergencia entre sectores de la derecha latinoamericana y Washington. Iniciativas como la “Doctrina Donroe” o el “Escudo de las Américas” reflejan un enfoque más geopolítico y transaccional, orientado a contener la influencia de China y reordenar alianzas en la región. Sin embargo, el impacto electoral de este factor es ambivalente: en algunos casos —elecciones de medio período argentinas y presidenciales hondureñas, ambas de 2025— la injerencia y el apoyo de Trump fue determinante para el éxito de Milei y Asfura. En otros, en cambio, como mostró el caso brasileño y, eventualmente podría ocurrir también en Colombia, la presión externa puede generar efectos contraproducentes al activar reflejos de defensa soberana.
Los próximos seis meses serán decisivos. Tres elecciones concentrarán la atención regional. En Perú, el balotaje del 7 de junio se desarrollará en un contexto de alta polarización, institucionalidad debilitada y resultados de primera vuelta estrechos y cuestionados. Aún no está claro quien disputará con Keiko Fujimori la segunda vuelta: si Roberto Sánchez (izquierda) o Rafael López Aliaga (derecha). En Colombia, la elección del 31 de mayo enfrenta a una izquierda competitiva, encabezada por Iván Cepeda, frente a una derecha fragmentada entre Abelardo De la Espriela y Paloma Valencia, que anticipa la necesidad de ir a un balotaje el 21 de junio, con resultado abierto. En Brasil, la contienda del 4 de octubre —con eventual segunda vuelta el 25— enfrenta a Lula, que busca la reelección, con Flávio Bolsonaro, en un escenario —de momento— de empate técnico y polarización extrema. Dado el peso sistémico de Brasil, su resultado será determinante para el conjunto de la región.
Los tres procesos electorales comparten rasgos comunes, entre ellos: fragmentación y polarización elevadas, preferencias volátiles y resultados estrechos que empujan casi inevitablemente a definiciones en segunda vuelta, con márgenes lo suficientemente ajustados como para permitir giros entre la primera y el balotaje. A este cuadro se suma el cuestionamiento de la integridad de los comicios y el avance del negacionismo electoral entre sectores que desconocen los resultados, lo que intensifica la presión sobre los organismos electorales y abre la puerta a una creciente judicialización.
El escenario se vuelve aún más complejo por el uso masivo de redes sociales como canal de desinformación, ahora amplificado por herramientas de inteligencia artificial. En paralelo, ninguno de los tres países elegirá un presidente con mayoría propia en el Congreso, lo que anticipa gobiernos con márgenes de maniobra limitados, la necesidad de armar coaliciones y desafíos mayúsculos de gobernabilidad en democracias ya sometidas a fuertes tensiones sociales, económicas y políticas.
A este complejo cuadro se suma una variable adicional: las elecciones de medio término en Estados Unidos el 3 de noviembre. Una eventual pérdida del control republicano del Congreso limitaría el margen de maniobra de Trump en la segunda mitad de su mandato, con implicaciones directas sobre su política exterior y, por extensión, sobre América Latina.
Los próximos seis meses serán decisivos. Perú, Colombia y Brasil no solo elegirán presidentes: definirán el nuevo equilibrio del mapa político latinoamericano y la forma en que la región se inserta en un orden internacional en transición, fragmentado y atravesado por la intensificación de la competencia geopolítica entre Estados Unidos y China en nuestro hemisferio.
Del análisis previo se desprende una doble interrogante. En el corto plazo, la cuestión central es si el mapa político-electoral tenderá a una mayor homogeneidad —con una clara predominancia de gobiernos de derecha— o si, por el contrario, evolucionará hacia una configuración más heterogénea, en la que coexistan gobiernos de derecha con otros de izquierda. Y, en un horizonte de mediano plazo, la incógnita pasa por determinar la duración de este nuevo ciclo político: se tratará de uno prolongado, comparable al de la “primera marea rosa” de comienzos del siglo XXI o, por el contrario, será un ciclo breve, similar a los dos últimos que tuvo la región, reflejo de electorados cada vez más fluctuantes, pragmáticos y menos alineados ideológicamente.
En una Latinoamérica donde las mayorías son volátiles y la paciencia social se agota con rapidez, la cuestión central más que ideológica es sobre el desempeño: si los nuevos gobiernos tendrán la capacidad de entregar resultados oportunos y eficaces frente a las demandas ciudadanas. En efecto, si la derecha no consigue mejorar la seguridad, reactivar el crecimiento, generar empleo y crear oportunidades, entonces lo más probable es que el péndulo vuelva a oscilar, como ya lo ha hecho en tres ocasiones previas desde inicios de este siglo. Ambos escenarios están
abiertos.
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Director y editor de Radar Latam 360. Investigador senior del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica de Chile. Es doctor en Derecho Internacional y Gobierno y Administración Pública. Máster en Gerencia Pública, Derechos Humanos, y Diplomacia.
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