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La nueva Estrategia de Defensa Nacional de EE. UU. convierte al hemisferio occidental en su escudo protector. ¿Cómo reaccionarán las potencias medias?
El presidente de EE. UU., Donald Trump, camina para abordar el helicóptero “Marine One” en los jardines sur de la Casa Blanca, el 20 de marzo de 2026. | Foto: EFE/EPA/Shawn Thew
La Estrategia de Defensa Nacional 2026 (EDN), de un tono marcadamente político y escrita ad maiorem gloriam de Donald Trump, a quien menciona 47 veces, consolida un giro estratégico en la política de defensa de EE. UU. Es el complemento de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) y establece la prioridad absoluta de la defensa del territorio, teóricamente imbricado en el hemisferio occidental, mientras, como señala Carlota García Encina, adopta una línea más selectiva basada en la jerarquía de amenazas y en la redistribución de responsabilidades.
Según ambos documentos, la lúcida mirada del mundo del presidente y su enfoque lleno de “sentido común” introduce, a diferencia del pasado, “un realismo flexible y práctico” esencial para salvaguardar los intereses estadounidenses. Como era previsible, la EDN no menciona la democracia ni una sola vez, ni considera necesario que EE. UU. deba “resolver todos los problemas” globales ni imponer por la fuerza su particular modo de vida, cuyos valores fueron durante mucho tiempo un modelo a seguir.
El Pentágono, o Departamento de Guerra, recuerda que la defensa del territorio nacional es su máxima prelación. Y a partir del corolario Trump-Monroe, vincula la defensa interior, la homeland security, al concepto de America First, convirtiendo al hemisferio occidental en su escudo protector. Desde el comienzo de su segundo mandato, Trump ya había emitido diversos mensajes con sus aspiraciones continentales: Groenlandia, el Canal de Panamá, el Golfo de América y Canadá (el estado 51 de la Unión). También se arrogó el derecho a intervenir militarmente en México para combatir a los cárteles de la droga, aunque de momento no lo ha ejercido abiertamente.
Sostiene la EDN que el siglo XIX reconoció que EE. UU. debía “desempeñar un papel poderoso” en el hemisferio y preservar su seguridad nacional y económica. Así, surgieron la doctrina Monroe y el corolario Roosevelt. Sin embargo, durante largas décadas su área de influencia se centró en México, América Central y el Caribe, quedando al margen América del Sur. Pese al poderío de la doctrina Monroe, EE. UU. perdió buena parte de la influencia alcanzada, lo que permitió a sus adversarios aumentar su presencia territorial.
Tras la Guerra Fría, los líderes estadounidenses, en vez de promover sus intereses abrieron las fronteras, “olvidaron la sabiduría de la doctrina Monroe” y cedieron influencia, convirtiendo al continente en un lugar menos estable y menos seguro tanto para EE. UU. como para sus socios regionales. De ahí la redefinición del control hemisférico que hace el corolario Trump-Monroe, convertido en el paraguas protector de la ofensiva contra Cuba y de los golpes que se están dando al narcotráfico en México y Bolivia, plasmados en la Cumbre del “Escudo de las Américas”.
Una de sus novedades doctrinales más importantes es que, para proyectarse en Canadá y Groenlandia y en la parte más meridional del continente, esta Administración va mucho más allá de lo tradicional. Esto se vio en la operación Absolute Resolve, que, con la excusa de combatir a “los narcoterroristas dondequiera que se encuentren”, permitió capturar a Nicolás Maduro y golpear militarmente por primera vez en la historia a un país de América del Sur.
La EDN y la ESN hacen un diagnóstico apocalíptico del momento en que Trump recuperó la presidencia en 2025, “uno de los entornos de seguridad más peligrosos de la historia”. Por desidia de las administraciones anteriores, especialmente la de Biden, eran invadidos por oleadas de inmigrantes ilegales mientras narcoterroristas y otros enemigos se asentaban en el hemisferio.
El secretario de Guerra, Pete Hegseth, con su habitual tono belicista, recuerda que su mayor objetivo es restablecer la paz por la fuerza, una paz que debe regir las relaciones internacionales, pero no a cualquier precio y subordinando el derecho internacional al uso discrecional del poder. A diferencia del pasado, ni el intervencionismo, ni las guerras interminables, ni los cambios de régimen, ni la construcción de naciones los distraerán.
Por eso, la EDN apunta a las amenazas más importantes y graves, identificadas como las más próximas, aunque sin descuidar el Indopacífico, en su objetivo de contener a China. Para responder eficazmente a estas amenazas, EE. UU. restaurará la filosofía bélica y reconstruirá su poder militar, mostrando su determinación de responder de forma contundente a cualquier amenaza. Con Trump, EE. UU. tiene “el ejército más poderoso que el mundo haya conocido jamás”, algo que está intentando demostrar en Irán con la operación Furia Épica.
El énfasis de la ESN y de la EDN en América Latina, basándose en el corolario Trump-Monroe, es descarnado y brutal, mientras que el Documento sobre la política de China hacia América Latina y el Caribe es más diplomático y amable. Si los chinos intentan, al menos retóricamente, tender puentes con el “Sur global”, la EDN dice comprometerse de buena fe con sus vecinos hemisféricos, aunque se reserva el derecho de hacerse respetar y defender los “intereses comunes”. De no hacerlo, Estados Unidos adoptará unilateralmente las medidas necesarias para defender sus intereses.
Se insiste en que durante décadas los responsables políticos y militares no solo descuidaron la defensa del territorio nacional, sino también flexibilizaron los controles fronterizos y facilitaron la inmigración ilegal y el flujo incontrolado de mercancías. Al compartir frontera con EE. UU., Canadá y México tienen un papel importante en la defensa interior, que aquí aparece como equivalente a la defensa hemisférica. Para evitar la llegada masiva de extranjeros en situación irregular y de narcoterroristas, los socios deberán implicarse mucho más, especialmente si quieren seguir gozando del favor de Washington. El mensaje es claro y contundente: “Nos aseguraremos de que la doctrina Monroe se respete en nuestra época”.
Ante un planteamiento tan asertivo surgen algunas dudas, comenzando por el fin de las dictaduras regionales y su posible reemplazo por democracias renovadas, algo que de momento no está claro. Hay otras cuestiones que considerar: ¿cómo reaccionarán las potencias medias, comenzando por Canadá, Brasil y México, ante los postulados del corolario Trump-Monroe?; ¿hasta dónde llegará el apoyo a las opciones más afines al pensamiento MAGA, en la extrema derecha?; ¿tras Venezuela y Cuba, se consolidará esta peculiar pax americana o, de proseguir las pulsiones injerencistas, se asistirá a un reverdecer del nacionalismo latinoamericano y su complemento antiimperialista?
*Este artículo se publicó originalmente en El Mundo
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Catedrático de Historia de América de la Universidad Nacional de Educación a Distancia e investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos.
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