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Para una transición se exige algo más que elecciones: requiere reconstruir las reglas, las instituciones y las garantías del sistema electoral

Sede del Consejo Nacional Electoral (CNE), en Caracas, Venezuela. Foto: Efe
Dada la ventana de oportunidad que se abre para una eventual transición democrática en Venezuela y ante la demanda de elecciones generales para renovar todos los niveles de gobierno, es oportuno hacer un diagnóstico de las condiciones actuales del sistema electoral para identificar los cambios necesarios que garanticen elecciones libres, transparentes y democráticas.
El sistema electoral venezolano tiene sus bases en la Constitución de la República y leyes electorales, que establecen la forma en la que sus ciudadanos deben ejercer el derecho al sufragio activo y pasivo, los cargos a elegir y la periodicidad de los mismos, el calendario electoral, los requisitos de elegibilidad y las garantías que se deben cumplir en la organización de las elecciones y referendos, y los órganos de la administración electoral y de la jurisdicción contencioso electoral, entre los elementos más importantes.
Para la organización de las elecciones y referendos, el Poder Electoral, cuyo ente rector es el Consejo Nacional Electoral (CNE), automatizó el sistema de votación en 2004, incluyendo no solo la emisión del voto sino los actos de escrutinio y totalización. Sin embargo, la arquitectura del sistema electoral venezolano presenta una profunda paradoja técnica e institucional: cuenta con una plataforma tecnológica que ha sido calificada como una de las más avanzadas del mundo por su trazabilidad y seguridad, pero que opera dentro de un entorno institucional de desconfianza sistémica y falta de independencia.
La mayor fortaleza del proceso venezolano es su sistema de votación automatizado, que integra máquinas con pantalla táctil y un registro de auditoría en papel: las actas de escrutinio y el comprobante del voto impresos. Asimismo, incorpora el Sistema de Autenticación Integrado (SAI), que permite la identificación biométrica, con la finalidad de prevenir el sufragio múltiple, asegurando el principio de “una persona, un voto”.
Las garantías de este sistema automatizado permitieron a la oposición democrática articulada alrededor de la candidatura de Edmundo González demostrar el fraude masivo registrado el 28 de julio de 2024. Aunque el CNE anunció resultados falsos desconociendo la victoria de González, la oposición resguardó un gran porcentaje de las actas de escrutinio emitidas por las máquinas de votación, y las digitalizó, procesó y publicó en apenas horas, dejando al descubierto el fraude.
Sin embargo, estas fortalezas no son suficientes en un contexto de cooptación del Poder Electoral. Como se evidenció en los procesos de 2024 y 2025, el CNE tiene la capacidad de sortear las garantías técnicas al negarse a publicar resultados desagregados por mesa de votación, amparándose en ataques cibernéticos no comprobados y cancelando auditorías vitales. La eliminación de mecanismos técnicos de seguridad, como el código QR en las actas impresas en las elecciones de 2025, demuestra que la tecnología, sin garantías políticas y supervisión independiente, no asegura resultados creíbles.
Para impulsar una elección democrática deben mitigarse los riesgos críticos que han erosionado la integridad del sufragio en la última década. Algunos de ellos son:
Cualquier convocatoria electoral que pretenda verdaderamente conducir a una transición democrática debe estar precedida por las siguientes reformas, categorizadas por su urgencia y profundidad:
El sistema automatizado de votación y la identificación biométrica podrían mantenerse únicamente bajo condiciones de gobernanza democrática y control independiente. La biometría debe contar con garantías legales explícitas de no vinculación entre identidad y voto. Igualmente, la infraestructura logística del CNE es aprovechable solo si se asegura la neutralidad e imparcialidad política de su personal técnico.
Es pronto para saber si estamos a las puertas de una transición democrática, ya que, aunque ha habido muestras de que se está avanzando en esa dirección, quienes detentan el poder son los mismos que bajo la Administración de Maduro. Así, no hay garantías de una democratización, pero hay que aprovechar la oportunidad que se presenta para exigir una apertura, la restitución de los derechos políticos y la mejora de las condiciones de competitividad electoral.
La integridad electoral es un concepto integral que requiere autoridades electorales independientes, profesionales y técnicas, un registro electoral inclusivo y un entorno de libertad política. Sin estas reformas estructurales previas, cualquier proceso comicial carecería de la legitimidad necesaria para estabilizar al país.
*Este artículo se publicó originalmente en Latinoamérica21.
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Director ejecutivo de Transparencia Electoral. Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Central de Venezuela.
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