Ortega califica a Trump de “desquiciado mental”
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Kevin Casas, IDEA: “EE.UU. no solo se ha retirado de apoyar la democracia en el mundo, sino que crea incentivos para subvertir la democracia”
Kevin Casas Zamora secretario general del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional). //Foto: Cortesía IDEA Internacional
El informe de IDEA Internacional sobre el estado global de la democracia en 2025, destaca un retroceso en la mayoría de los países del mundo, advierte que la libertad de prensa ha alcanzado su nivel más bajo en los últimos 50 años, y alerta que la democracia atraviesa por un estado de “incertidumbre radical”, provocado por la segunda presidencia de Donald Trump en Estados Unidos (EE.UU.).
El politólogo costarricense Kevin Casas-Zamora, secretario general de IDEA, el organismo intergubernamental basado en Estocolmo, Suecia, que produce este informe anual evaluando cuatro grandes componentes de la democracia: “Representación, Derechos, Estado de Derecho y Participación”, considera que Estados Unidos “no solamente se ha retirado de la tarea de apoyar la democracia en el mundo, sino que parece estar creando incentivos para subvertir la democracia, los gobernantes de corte autoritario están recibiendo una licencia al ver todo lo que está pasando en Estados Unidos, es un proceso de incentivo, lo cual lo hace mucho más grave, mucho más ominoso”.
En una entrevista en el programa Esta Semana que se difunde en el canal de YouTube de CONFIDENCIAL, debido a la censura televisiva en Nicaragua, Casas-Zamora analizó los hallazgos del Informe de IDEA para América Latina en el que se destaca la fortaleza democrática en Uruguay, Costa Rica, y Chile; el extremo del colapso de la democracia en Nicaragua, el autoritarismo de Bukele en El Salvador, y el Estado fallido de Haití; los avances sostenidos de República Dominicana; y una mayoría de países que se ubican en un rango “medio o mediocre” de la democracia.
Las dictaduras de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua y la de Nayib Bukele en El Salvador tienen varios factores en común, señaló el secretario de IDEA Internacional: son procesos que fueron desencadenados de forma gradual por gobernantes que fueron electos democráticamente, todos los poderes del Estado han sido cooptados por los gobernantes, y en ambos casos “ya se ha cruzado el Rubicón”, y no es posible lograr el cambio político por la vía electoral, “no hay ninguna posibilidad de contestar el poder de quien está al mando de la presidencia”.
La diferencia, considera Casas-Zamora, es que “Daniel Ortega es un dictador del siglo XIX, y Nayib Bukele es un dictador del siglo XXI con un manejo mucho más sofisticado de la comunicación política, lo que lo hace mucho más peligroso. Es un proceso más ominoso por la capacidad de generar aspectos atractivos, que otros países y otros líderes políticos quieren copiar”.
En relación a Costa Rica y las próximas elecciones que se celebrarán en febrero de 2026, Casas-Zamora resaltó el estado de “incertidumbre” que vive el país, derivado de la desaparición del sistema de partidos políticos, y agravado por la violencia y el crimen organizado que “es como una infección generalizada del organismo social” en una situación en que hay niveles muy altos de polarización que militan contra la posibilidad de construir grandes acuerdos nacionales. “Yo espero que el Gobierno que venga le dé prioridad a la construcción de grandes acuerdos nacionales para enfrentar el crimen organizado”.
El informe de IDEA Internacional sobre el estado global de la democracia en 2025, describe un retroceso democrático en 94 de 149 países, pero además habla de un estado de “incertidumbre radical”, provocado por el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos. ¿Qué tan grave es esta situación a nivel internacional?
Kevin Casas-Zamora, secretario de IDEA Internacional. La incertidumbre radical va más allá de lo que pueda estar haciendo Trump, aunque Trump, sin duda, magnifica el problema considerablemente. Quizás hay pocos dolores de cabeza más grandes en términos de la salud de la democracia en el mundo que lo que está pasando en Estados Unidos, dado que lo que pasa en Estados Unidos es muy propenso a convertirse en algo que afecta a todo el mundo.
Lo hemos visto con otros fenómenos emanados de Estados Unidos, el negacionismo electoral, la actitud que estamos viendo en muchos lugares mediante la cual quienes pierden o creen que van a perder una elección empiezan a erosionar la credibilidad de procesos electorales creíbles y robustos sin tener evidencia alguna, eso empezó claramente en EE. UU., en el año 2020, pero que ha devenido en un fenómeno global y lo vemos en todas las regiones del mundo. Entonces, la presencia de Trump se ha convertido en un problemón para la democracia en el mundo.
Y, además, no es simplemente lo que pasa en términos de las elecciones, es que la demolición de los frenos y contrapesos en Estados Unidos tiene un efecto de señalización muy dañino en países donde hay líderes o proyectos políticos con una vocación autoritaria, claramente, les da licencia para terminar de erosionar las libertades de democráticas y los frenos y contrapesos.
El informe, en efecto, habla de un deterioro de procesos electorales en muchos países y también del Estado de Derecho, pero sobre todo insiste en una caída de la libertad de prensa y la libertad de expresión. ¿Estos procesos son irreversibles?
El tema de la libertad de prensa quizá sea el dato más importante que emana del informe. La caída de la libertad de prensa, cuando la comparas con lo que se veía hace cinco años —que usualmente es el periodo que nosotros utilizamos en la comparación de todos los indicadores— esa caída es la más abrupta que hemos visto en los últimos 50 años. Irreversible, no sé. Pero no es fácil avizorar un escenario en el que estas cosas vayan a cambiar de tendencia fácilmente, porque, incluso, vos ves en países donde ha habido procesos acelerados de deterioro de la democracia en los que ha habido una elección que cambia la tendencia. Por ejemplo, en el caso de Polonia, en algunos sentidos, el caso de Brasil, el proceso de desmontar el proceso de deterioro de la democracia que precedió a esa elección, es complicadísimo. La gente cree que en el momento en que las fuerzas comprometidas con la democracia ganan una elección, ahí se acabó el problema y volvimos al status quo anterior, y eso no es así, el deterioro de la democracia es un proceso muy difícil de revertir una vez que empieza. No es imposible, pero es muy difícil de revertir y toma un esfuerzo enorme de parte de muchos actores que tienen que converger en esa tarea.
En el caso de América Latina, ¿Cuál es el impacto particular que ha tenido el retroceso democrático en América Latina y el Caribe y cómo se proyecta en 2026?
Si comparas la situación política de América Latina hoy con la que teníamos hace 40 años, la región ha hecho un progreso considerable en términos de la construcción de instituciones democráticas, en el ámbito electoral, ahí está claro que, con altas y bajas, los países que continúan siendo democráticos en América Latina, en general, celebran elecciones y las celebran bien. Y eso lo vimos durante la pandemia, durante la cual la región tuvo un gran ciclo electoral, incluyendo elecciones muy cerradas, y la verdad que fueron elecciones creíbles, robustas, transparentes. Pero también hay deudas pendientes, gigantescas, en términos del funcionamiento del Estado de Derecho, en términos de la protección de los derechos.
Si comprimís el periodo de comparación y en vez de 40 años usas los últimos 10, claramente hay deterioros significativos. El más serio, es la erosión de los frenos y contrapesos en algunos lugares. Lo que el informe denota es que el deterioro más grande se presenta en unos pocos casos que ya vienen con una trayectoria muy negativa. El caso de Nicaragua, inevitablemente, es un proceso que viene de muchos años, ya tiene 20 años. Y de manera mucho más abrupta, y casi tan severa, el caso de El Salvador, ahí el proceso es mucho más corto, pero igualmente es severo. Y de una manera diferente el caso de Haití, donde ya lo que hay no es un problema del funcionamiento de la democracia, sino un problema de supervivencia del Estado, un problema de pérdida de la capacidad del Estado para mantener la coerción legítima sobre el territorio. Pero los casos de El Salvador y de Nicaragua concentran una buena parte del deterioro que detecta este informe que acabamos de publicar.
La región en general, con las excepciones de las que vamos a hablar de Uruguay, Costa Rica, Chile, el resto de la región se mantiene en términos generales y dependiendo de los indicadores, en un desempeño medio, mediocre, podríamos decir. Hay un caso interesante en la región, y viene de hace varios años, de un país que está moviéndose en una trayectoria positiva, es la República Dominicana. Las mediciones que tenemos desde hace años vienen detectando una mejora en los indicadores del comportamiento democrático en República Dominicana. Pero en términos generales, el resto de la región está en un nivel medio de desempeño, sin moverse mucho en ninguna dirección.
En el caso de Centroamérica, el informe se enfoca en el colapso de la democracia en Nicaragua, que ya es un proceso acumulado, y este proceso reciente de autoritarismo en El Salvador, pero estos dos países tienen orígenes distintos. ¿Qué tienen en común la dictadura Ortega Murillo y el régimen de Nayib Bukele en El Salvador para convertirse, ambos en una preocupación de fondo?
Varias cosas tienen en común y alguna diferencia importante. Tienen en común que ambos son procesos desencadenados por gobernantes electos democráticamente. En segundo lugar, son procesos que aún en el caso de El Salvador, donde el deterioro ha avanzado en forma muy acelerada, no suceden de la noche a la mañana, no es un golpe de estado, no es la asonada militar que veíamos antes en América Latina. Son procesos más graduales en los que uno no termina de saber exactamente cuándo se cruza el Rubicón. Yo creo que el Rubicón se cruza en el momento en que el cambio político por la vía electoral deviene imposible, ahí ya el sistema pasa a estar en un estadio diferente. Y eso ya en ambos casos es así. La otra cosa que tienen en común es que todos los poderes del Estado han sido cooptados por un gobernante, o en el caso de Nicaragua, por una pareja gobernante, pero no hay ninguna posibilidad de contestar el poder de quien está al mando de la Presidencia.
La diferencia, la resumo así: Daniel Ortega es un dictador del siglo XIX, y Nayib Bukele es un dictador del siglo XXI, con un manejo mucho más sofisticado de la comunicación política, lo que lo hace mucho más peligroso. Es un proceso más ominoso por la capacidad de generar aspectos atractivos en la experiencia, que otros países y otros líderes políticos quieren copiar, el caso más obvio es la reducción de la criminalidad, el Gobierno de Nayib Bukele tiene logros visibles. En el caso de Nicaragua es mucho más complicado señalar logros de esa magnitud. Daniel Ortega pertenece a la literatura tradicional que tenemos en América Latina sobre los dictadores (Juan Manuel) Rosas, (Jorge) Ubico, (Rafael) Trujillo, ese tipo de dictador, Nayib Bukele es un “animal diferente”.
Costa Rica, tu país, junto con Uruguay, tradicionalmente se han destacado en los informes globales sobre democracia en la región, como las democracias latinoamericanas más sólidas. ¿Cómo rankean hoy en este informe de IDEA internacional Costa Rica y Uruguay?
Salen bien, como siempre, en el componente del funcionamiento de instituciones representativas, Costa Rica sale muy alto. En el componente de participación política, a Uruguay le va particularmente bien. En los cuatro grandes componentes que nosotros analizamos, que son Representación, Derechos, Estado de Derecho y Participación, en los cuatro componentes les va bien, junto con Chile. Están bastante por encima del resto de la región.
Si uno ya se mete a un nivel más granular, empiezas a encontrar algunas cosas complicadas. Por ejemplo, en el caso de Costa Rica, cuando revisas los datos de otras entidades como Reporteros sin Fronteras que revisan el tema de la libertad de expresión, hay una caída muy importante. En los últimos cuatro o cinco años, Costa Rica ha caído 30 lugares en el ranking de libertad de prensa de Reporteros sin Fronteras, lo cual verdaderamente es muy preocupante.
¿Y cómo se ve Costa Rica a las puertas de las próximas elecciones de febrero de 2026? Algunos sectores advierten el riesgo de que Costa Rica pueda orientarse hacia una tendencia también autoritaria. ¿Hay algún desafío particular con relación a la democracia en esta elección?
¿Cómo luce Costa Rica? Confundida. Es un país que desde hace mucho tiempo anda buscando un rumbo sin encontrarlo. Yo acabo de estar allá y lo que me encontré fue una incertidumbre total sobre la próxima elección. Una situación en la que el sistema de partidos ha desaparecido, prácticamente, se ha atomizado, ha sufrido un proceso de licuefacción que hace que las elecciones se conviertan en una ruleta, es el fenómeno que ha pasado en Perú. En la última elección, Costa Rica tuvo 26 candidatos presidenciales, no vamos a tener tantos esta vez, pero no tendremos menos de 15. Lo cual es un síntoma de descomposición grave del sistema de partidos.
Eso no es un fenómeno inusual en América Latina, es un problema para toda la región, ya que los sistemas de partidos se han atomizado generando un problema de gobernabilidad considerable. Y hay otro gran problema con implicaciones muy serias para la democracia, que es la presencia del crimen organizado. Las cifras de violencia se han deteriorado brutalmente en el país. Mucha de esa violencia está relacionada con el crimen organizado, el Gobierno actual no ha sido capaz de plantear ninguna política creíble frente a este fenómeno. Eso tiene a la gente sumamente angustiada y con razón, porque es un problema de extraordinaria complejidad, que no es únicamente un problema de seguridad, es un problema de captura del Estado y es un fenómeno que no es un tumor que operas y sacas del organismo social, es más bien como una infección generalizada del organismo social, porque se te metió en el tejido de las comunidades, entonces, es de muy difícil resolución y requiere de grandes acuerdos nacionales, en una situación en la que en buena parte, por la acción del Gobierno actual, hay niveles muy altos de polarización que militan contra la posibilidad de construir grandes acuerdos nacionales. Yo espero que el Gobierno que venga le dé prioridad a la construcción de grandes acuerdos nacionales como los que necesita la tarea de enfrentar el crimen organizado.
En las recomendaciones de este informe a los actores políticos, se insiste en la necesidad de expandir la participación política a través del voto en el exterior y de la integración de las diásporas que para algunos países son extremadamente importantes en los procesos políticos. ¿Es viable esta estrategia?
Depende del país, hay procesos muy diferentes. En algunos casos, la representación de la diáspora viene de abajo para arriba. Una diáspora que se convierte en un actor extremadamente importante desde el punto de vista económico para el país, a veces termina exigiendo representación en los procesos políticos del país. Es el caso, por ejemplo, de Filipinas, que tiene una diáspora muy grande, muy organizada, y terminó generando una presión que hizo que los actores políticos respondieran a esa demanda.
En otros países viene de arriba para abajo y ese es un cálculo más complicado, porque depende de si los actores políticos identifican ventajas, incluso de corte electoral en la decisión de conferirle el derecho de voto a la diáspora. Lo que sí es un hecho, es que las tendencias que estamos viendo en los flujos migratorios en todo el mundo hacen inevitable que los sistemas políticos tengan que enfrentarse con este fenómeno y encontrarle una solución. Porque hay países que tienen una parte considerable de su población viviendo fuera y es una población que en muchos casos tiene una gravitación económica decisiva en el país, a la que es muy extraño simplemente privarla del ejercicio del derecho político más básico, como es el voto.
Volviendo al tema de la incidencia de EE. UU. a nivel global. Si la política de Donald Trump está debilitando la democracia en su país y afectando a nivel global el multilateralismo, ¿Hay un contrapeso a esa tendencia que surge de EE. UU.? Algunos analistas apostaban a que Europa sería esa especie de contrapeso democrático, pero no hay indicios de que sea así ¿Existe alguna base para tener optimismo en relación al futuro?
Yo creo que ningún país, ningún grupo de países, está en condiciones de sustituir, por lo menos en lo que toca a la causa democrática, el papel que jugó Estados Unidos durante los últimos 70 años. Más allá de todas las inconsistencias, hipocresías, dobles estándares en la política exterior de EE. UU., es innegable que la expansión global de la democracia en los últimos 70 años tuvo muchísimo que ver con el hecho de que el actor geopolítico preeminente en el mundo era una democracia liberal y tenía como uno de sus preceptos fundamentales en la política exterior apoyar la democracia, eso ya no existe. Eso desapareció, por lo menos por los próximos años, y no hay nadie que lo pueda suplir. La Unión Europea puede jugar un papel y juega un papel con mejores posibilidades de impacto en unas regiones que en otras, hay límites al papel que Europa puede jugar en términos de apoyar la democracia en buena parte del mundo.
Entonces, a tu pregunta, ¿veo yo alguien que pueda reemplazar o contrarrestar lo que estamos viendo en EE. UU.? Es muy difícil. Pero el tema es más complicado, porque no es simplemente que Estados Unidos se ha retirado de la tarea de apoyar la democracia en el mundo, sino que, francamente, en este momento parece estar creando incentivos para subvertir la democracia. Los gobernantes de corte autoritario están recibiendo una licencia, al ver todo lo que está pasando en EE. UU., entonces, no es simplemente un proceso de retiro, es más bien un proceso de incentivo, lo cual lo hace mucho más grave, mucho más ominoso.
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Periodista nicaragüense, exiliado en Costa Rica. Fundador y director de Confidencial y Esta Semana. Miembro del Consejo Rector de la Fundación Gabo. Ha sido Knight Fellow en la Universidad de Stanford (1997-1998) y profesor visitante en la Maestría de Periodismo de la Universidad de Berkeley, California (1998-1999). En mayo 2009, obtuvo el Premio a la Libertad de Expresión en Iberoamérica, de Casa América Cataluña (España). En octubre de 2010 recibió el Premio Maria Moors Cabot de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York. En 2021 obtuvo el Premio Ortega y Gasset por su trayectoria periodística.
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