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Por qué es imposible una dinastía: es hora de construir lo nuevo

Rosario Murillo y Daniel Ortega aceleran el camino hacia la autodestrucción de la dictadura

Rosario Murillo y Daniel Ortega a su llegada al acto principal por el 46 aniversario de la Revolución Sandinista, el 19 de julio de 2025. // Foto | CCC

Haydée Castillo

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La tiranía de Daniel Ortega y Rosario Murillo una vez constituida su dictadura prepara, a toda costa, el camino hacia el poder dinástico. Hoy ambos hacen hasta lo impensado para asegurarse que cuando Daniel Ortega falte, nadie pueda rebelarse u oponerse al poder dinástico de Rosario Murillo. Ambos han ido progresivamente despejando el camino con acciones entre las que destacan:

La desaparición del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) como un partido político institucionalizado, hasta convertirlo en una empresa familiar para aprovechar toda la riqueza del Estado, de la cooperación y de la arquitectura financiera mundial o neoliberalismo, para enriquecerse.

La anulación y “descarte” de todos los militantes históricos con valores auténticos y no comprables, sustituyéndoles por jóvenes, en particular, a quienes no les une ninguna ideología ni proyecto político, sino personas fácilmente manipulables mediante las prebendas y migajas que reparte el régimen, incluso el poder gozar de un cargo en el Estado secuestrado por ellos. De esta manera despejan el camino de quienes signifiquen una verdadera amenaza a su proyecto dinástico y dictatorial. Basta con recordar que el hermano del dictador, Humberto Ortega Saavedra, uno de los estrategas militares que condujo al derrocamiento de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle murió en sus manos mientras lo tenían casa por cárcel.

La abolición del Estado de derecho a través de una actuación de facto “legalizada” mediante la imposición de una nueva “Constitución de la República” que da forma a una especie de hacienda en donde la dictadura conyugal constituye el señor feudal y el pueblo nicaragüense sus vasallos.  Esto en total complicidad con diputados, no solo del FSLN, sino también del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), el Partido Liberal Independiente (PLI), la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), el Partido Conservador (PC) y la Alianza por la República (APRE).

El aniquilamiento de todas las instancias de participación democrática y de control social por parte de las organizaciones de la sociedad civil y las instituciones. Haber abandonado todo organismo internacional desde el cual se le pueda exigir cuentas por sus crímenes de lesa humanidad, entre muchas otras acciones que ya conocemos.

No obstante, aun con todas estas y otras artimañas de la dictadura conyugal, esta sucesión lleva consigo, desde el interior, su propia destrucción. Se impuso como sucesora de Daniel Ortega a Rosario Murillo, una persona caracterizada por fomentar el odio y la violencia, por ejercer el poder por encima de cualquier norma o derecho, caprichosa y capaz de todo, como cuando ordenó el “Vamos con todo” para enfrentar la rebelión de abril de 2018 y que hoy les hace responsables de los crímenes de lesa humanidad que no prescriben.

Una persona con esas características hace imposible su permanencia en el poder al desaparecer Ortega, porque con su actuar desenfrenado genera anticuerpos, desprecio y, sobre todo, las contradicciones mismas que la conducen al fracaso y al rechazo. Rosario Murillo no podrá sobrevivir en un poder al cual llega como impostora, sin ninguna legitimidad, que genera conflictos a cada paso que da y, que tiene una ambición desmedida que la conduce a ser capaz de cualquier cosa para no ser suplantada.

Dado que lo personal es político, no debemos olvidar que Rosario Murillo protegió a su pareja, el dictador violador, antes que a su hija. Además, Murillo pone en evidencia el maltrato hacia sus hijas en cada acto público, obligándolas de forma autoritaria en sus prácticas esotéricas a cambiarle los anillos, los coloridos chales o rebosos y hasta darle vuelta a las páginas que ella va leyendo. Si esto es lo que se ve públicamente, preguntémonos cómo será en la privacidad de su familia y en el trato a sus subordinados.

Todos sabemos que Nicaragua vive uno de sus peores momentos y que es un país por cárcel. Las y los ciudadanos dentro y fuera de Nicaragua tenemos el derecho y la obligación de dar un salto cualitativo, organizativo y político para dar a luz a un poder alternativo al de los Ortega Murillo, que represente las aspiraciones comunes de toda la nación, no de un partido ni de una ideología particular.

Que resuma en un programa político de largo aliento, las aspiraciones auténticas de la sociedad. Un programa que nos cobije a todos en la pluralidad y en la diferencia, consultado y construido con el pueblo, evitando así, dar cheques en blanco a otros gobernantes una vez que obliguemos a la dictadura a salir del poder. Solo así evitaremos la repetición de la historia de corrupción, pactos y arreglos bajo la mesa que son “comida para hoy y hambre para mañana” o “confites en el infierno” como el pacto mismo Alemán-Ortega.

Todo eso es perfectamente evitable con un pueblo de dignidad demostrada en sus luchas a lo largo de la historia en contra de impostores y dictaduras. Cada ciudadano, cada ciudadana y cada liderazgo tiene y tenemos la responsabilidad ética y la oportunidad de construir otro camino que nos conduzca a una paz auténtica y a una práctica política basada en el respeto pleno de las decisiones del pueblo, en valores esenciales como la honradez, el reconocimiento, el respeto mutuo y el servicio a los demás.

Cada nicaragüense desde donde se encuentre sabe y está llamado a idear diversas formas para continuar demoliendo a esta dictadura. La ciudadanía no es delegable, se ejerce resignificando el poder que cada uno tiene, tanto personalmente como colectivo, para transformar el estado actual de las cosas.

Cada instancia o miembro de la oposición tiene y tenemos la responsabilidad de construir puentes, de cimentar una alianza plural, un sujeto político colectivo, que no consiste en hacer una efímera conferencia de prensa de unos cuantos líderes en torno a una mesa o de la firma de papeles frente a los medios de comunicación, las que se esfuman prontamente como llamarada de tusa.

Nicaragua con todo su dolor, honor, desafíos e inquebrantable esperanza requiere de una alianza sólida, un tejido o como se le llame, que presente una propuesta política esperanzadora para toda la sociedad. La escogencia de los liderazgos que nos representen debe ser por sus capacidades éticas probadas de estar junto al pueblo, no sobre el pueblo; de escuchar sus diversas voces. Escogidos en base a una propuesta y por sus valores y capacidades de poner en marcha esa propuesta que nos una, nos teja, que sea incluyente y, sobre todo, que dignifique el ser nicaragüense y ser humano con derechos por sobre de cualquier forma de división y discriminación.

Es ahora.

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Haydée Castillo

Haydée Castillo

Activista nicaragüense exiliada. Licenciada en Ciencias Sociales y máster en Integración y Desarrollo. Fundadora del Instituto de Liderazgo de Las Segovias (ILLS). Tiene más de 30 años de experiencia en defensa de los derechos humanos, y es consultora en planeación y desarrollo, integración regional, políticas públicas, participación ciudadana, empoderamiento y democracia.

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