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Un año más de democracia fatigada

Los próximos de cuatro países de América Latina van a estar liderados por presidentes con muy reducida experiencia política y de partidos pequeños

democracia fatigada

19 de diciembre 2023

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El panorama electoral en 2023 es un débil indicador para tomar el pulso político a América Latina si se tiene en cuenta que solamente cuatro países de la región celebraron elecciones presidenciales: Paraguay, Guatemala, Ecuador y Argentina. Si bien la geografía permite concebirlos como una muestra representativa parece evidente que por su demografía y habida cuenta del peso de sus economías no pueden dibujar titulares orientativos generalizables al resto del continente.

Los resultados electorales supusieron victorias de candidatos con márgenes de éxito claro frente a los segundos. Salvo en Paraguay las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo permiten avizorar un panorama muy complicado de confrontación y poca colaboración, además, los gobiernos van a estar liderados por presidentes (todos varones) con muy reducida experiencia política que cuentan con partidos pequeños y con escasa trayectoria. Por otra parte, la alternancia de la oposición se dio en tres de los cuatro países (la excepción es también Paraguay), algo ya habitual en el caso de Guatemala pues se ha producido siempre en los últimos cuarenta años; por último, la orientación ideológica de los ganadores es dispersa ya que cubre buena parte del espectro programático.


En relación con el desarrollo de esos comicios caben registrar tres notas compartidas en los cuatro casos: el mantenimiento de las pautas tradicionales de participación electoral, la desorientación de las casas encuestadoras a la hora de realizar sus prospectivas y el activismo en las redes sociales. En otro orden, Ecuador ha registrado la mayor presencia de la violencia en el proceso con asesinatos de candidatos, y Guatemala, donde el vuelco político fue mayor por el triunfo de una opción política, el Movimiento Semilla, que defiende postulados contrarios a la tradición conservadora y oligarca de las últimas décadas, contempla cómo se ha judicializado el proceso estando todavía en el aire que el candidato vencedor, Bernardo Arévalo, asuma la presidencia en enero.

En términos regionales se ha incrementado la tendencia hacia la fragmentación haciendo más difícil todavía la existencia de una sola voz con la que los países latinoamericanos puedan tener una interlocución internacional. El Grupo de Puebla que da cabida a los denominados gobiernos progresistas ha perdido a Argentina como socio valioso. También el paulatino sesgo hacia China que tienen las inversiones y el comercio exterior puede ralentizarse por la posible posición contraria que adopte el nuevo gobierno argentino. 

No obstante, lo acontecido en conjunción con procesos electorales de otra índole, -notablemente en el ámbito municipal colombiano y con respecto al plebiscito constitucional chileno-, con los antecedentes de 2002 y con las proyecciones del ciclo electoral de 2024, permite volver a considerar cuatro asuntos que definen un perfil de comportamiento político que parece consolidarse.

En primer lugar, la presencia de líderes con un bagaje extremadamente diverso, pero dotados del impulso institucional que les brinda el presidencialismo, tiene como un asunto urgente de primera magnitud la construcción y consolidación de una base social que permita la sostenibilidad del proyecto político en marcha. Ello se da en un escenario de sociedades líquidas donde la articulación del propósito colectivo resulta muy compleja. El 55,7% del electorado argentino que ha apoyado a Javier Milei es un contingente desprovisto de toda identidad común como de hecho sucede en la mayoría de los países latinoamericanos. Sin embargo, su simpatía hacía la causa por la que en su momento votaron requiere de continuidad para no entrar de inmediato en el cauce de la desilusión que contribuye tan rápidamente a la desafección política acelerando la democracia fatigada. El fenómeno mexicano tras Andrés Manuel López Obrador es el caso excepcional contrario.

En segundo término, el referido bagaje con el que se mueven los presidentes latinoamericanos y la presidenta hondureña Xiomara Castro está cada vez más nutrido por figuras marcadas por un profundo individualismo y ajenas en su mayoría a toda tradición partidista. Además, su desconocimiento de la política práctica es habitual. Carentes de experiencia previa son catapultados en su oficio por asesores profesionales que no solo controlan el arte de escribir discursos y de orientar las principales estrategias comunicacionales de la campaña electoral sino que ahora son maestros en el uso de mecanismos de inteligencia artificial y en el manejo de las redes sociales que es el principal medio de construcción de una carrera política. Un proceso creado sobre pies de barro que requiere para su éxito en su continuidad de la satisfacción del punto anterior.

En tercer lugar, el denominado frente ideológico, o si se prefiere programático, está desdibujado porque los viejos patrones articulados en el eje izquierda-derecha se encuentran desconfigurados. Si muchas veces la ubicación de la política latinoamericana en ese eje resultó complicada hoy lo es más. Diferentes cuestiones contribuyen a su enredo: la floración de identidades múltiples que se traslapan y el confuso panorama internacional con una lógica aplastante de las relaciones amigo-enemigo articulada en diferentes frentes configuran un mapa en el que resulta muy difícil situarse y en el que, por consiguiente, la confusión se adueña de los actores.

Ello, no obstante, no significa que la polarización no esté presente, pero su traza se gesta gracias a la combinación de tres factores que son insoportablemente recurrentes: el juego suma cero que impone el presidencialismo en torno a la personalización de los comicios donde las candidaturas individuales son el factor preponderante; la articulación de las campañas electorales por parte de profesionales de la consultoría que exacerban los aspectos diferenciales emocionales más relevantes para hacer de ellos el eje central de la política; y la existencia de sociedades más desarticuladas, desconfiadas y alienadas ante una política que muestra su cara oscura de la corrupción y de su incapacidad de abordar los problemas más urgentes e inmediatos de la gente.

*Este artículo se publicó originalmente en Latinoamérica 21.

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Manuel Alcántara

Politólogo español. Profesor emérito de la Universidad de Salamanca y de la UPB (Medellín). De inclinación latinoamericanista, ha estudiado los partidos políticos, sistemas políticos y las elites parlamentarias de la región.

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