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Tres divergencias y una convergencia natural en Nicaragua

La convergencia nacional: el rechazo compartido sobre Rosario Murillo, la estrategia de esquivar a los esbirros, y las ganas de salir de esto

Fanáticos orteguistas participan del acto central del 46 aniversario de la Revolución Sandinista, el 19 de julio de 2025. // Foto | CCC

Manuel Orozco

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Bajo un Estado policial, el “realismo socialmente existente” de Nicaragua gravita en tres vidas divergentes, que se contrastan entre ellas frente al día a día, aunque comparten un mismo país. Una es la del círculo de poder y su discurso de “normalidad”, la otra es la del nica “acostumbrado” a vivir a punta de palo, y está la vida del nica transnacional, el que vive adentro y afuera.

Estas vidas divergen en tanto que hay un mundo aparte entre ellos, diferenciado por privilegios y favores entre los del círculo dinástico; dificultades cotidianas y adversidades sistémicas, entre los “acostumbrados”, y una vida de nostalgia, desapego y lucha, entre los transnacionales.

Hay otra divergencia que los separa también, y es la perspectiva de vida con la que contemplan y miden el mundo. Un círculo de poder cuya paranoia de persecución crece en la medida en que crece el monopolio del poder y la fuerza. Mientras que los otros, viven preocupados con el quehacer y el esquivo represivo, y los trans se las juegan balanceando la emoción con la razón de lucha.

Sin embargo, dentro de esos mundos aparte hay convergencias importantes; la afrenta contra Rosario Murillo es tal vez la principal.

La divergencia del círculo de poder

La conformación del círculo de poder dinástico no estaba planeada con mucha anterioridad porque antes de 2019 estos creían que podían continuar con algún apoyo, estabilidad económica y fraudes electorales, sin radicalizarse confiados en un país que no los rechazaría.  Cuando les cayó la peseta y comprendieron que nadie los quiere, reestructuraron un mundo a su medida apoyado en violencia, desinformación, clientelismo y aislamiento. El premio deseado de Rosario de llegar a gobernar sin oposición interna se le vino al suelo, y a la vez se le subió aún más el complejo de baja autoestima. Ella vive encerrada en un mundo en el que nadie la quiere, todos la temen y nadie habla. Rosario Murillo tiene una percepción constante de amenaza, un carácter amargado y falso al mismo tiempo, acompañado con el recordatorio de saber que la verdadera amenaza hacia ella es ella misma, pero que vomita su odioso veneno pensando que sus enemigos vienen de adentro. Para ella, sus principales enemigos son aquellos que se consideran auténticamente sandinistas, no orteguistas, los que creen que ella llegó a quitarle la silla al caudillo y que ella se extralimita políticamente. Los que se convirtieron en disidentes en silencio. A estos les ponen la etiqueta de ser los “MRS”, aun cuando éste ya ni exista.

El séquito de empleados, aliados, seguidores que le sirven, hace lo posible por maquillar su odio y vender el credo del injusto asedio internacional contra el régimen. Aquí el precio de los clientes del régimen es el silencio y la doblez, el vasallaje extralimitado, “lame bota”, que hay que pagar a cambio de hacer sus cosas. Este círculo clientelar es divergente, vive “feliz” en sus fiestas, siempre y cuando muestren su amor a la primera dama, pero también siempre y cuando lo hagan lo menos posible, ya sea por temor a que los agarren en sus mentiras, o porque tengan que pagar un precio más alto del que están dando.

Las purgas, vigilancias y persecuciones en intervalos periódicos son un método de apretar la tuerca para minimizar la amenaza de quienes ella sabe que no la quieren. Con la captura del general en retiro Álvaro Baltodano, y ahora de su hijo empresario, están implementando una operación de limpieza y purga hacia las bases leales tanto de la calle como de la élite. La dictadura no cree en la lealtad a secas. Ellos necesitan comprobar esa lealtad con información que les permita confirmar que esos seguidores cumplen con cuatro criterios:

  • No están en comunicación con quienes perciben amenazantes;
  • No están haciendo comentarios percibidos como amenazantes;
  • No están viajando al exterior sin autorización;
  • No están aprovechándose de los favores económicos y políticos.

La divergencia en los acostumbrados

La vida por la que pasa el que está acostumbrado al palo, porque así se lo dieron desde un inicio, es bastante tosca, complicada, con cierto sinsabor porque la resiliencia para aguantar esa vida está agotada. El sudor que saca la gente no es solo por el calor del país; es por lo duro que cuesta vivir, trabajar con poco, sacarse un respiro de tranquilidad, además de lidiar con un mundo machista. Esta sociedad incluye al que no es parte del círculo, porque no puede entrar o en la mayoría porque no le gusta esa gente.

Su visión del mundo es más clara, de vivir en medio de las dificultades y detestar la ignominia del acoso policial y la corrupción que respiran cuando ven esos carros de lujo, los policías desfilando al lado de los elegidos. Uno podrá vivir bien, relativamente hablando y les sonríe a las cosas en una combinación de burla a la dictadura y de aceptación de lo que hay y al mismo tiempo espera que las cosas cambien, que la inercia de estos malhechores termine agotándolos.

Uno se la pasa esquivando los baches de la dictadura como en una carretera llena de hoyos para no salpicarse de alguna tragedia. Ellos son divergentes, se apoyan en el güegüense para esconder la cara de desprecio contra ellos. Divergen también porque tienen claridad de que lo que desean es vivir una vida ordinaria, común y corriente, sin tomar en cuenta esa carga que se llama Ortega-Murillo.

La divergencia transnacional

Algo de lo que cambió después de la gesta dictatorial e infame desde 2018 fue la composición del núcleo familiar nicaragüense. La represión, la debacle económica, la legítima percepción de inseguridad han expulsado a cerca de 800 000 personas del país. En cuestión de siete años, en Nicaragua se reconstituyó la casa en una familia transnacional. Prácticamente más de la mitad de los 1.6 millones de hogares nicaragüenses tienen a alguien afuera y no les quedó más que reinventar sus rutinas.

En ellos hay una mezcla de emociones de dolor, esperanza, ansiedad, amor y resentimiento ante el cambio abrupto, la salida repentina, la lucha cotidiana entre tener un trabajo decente, enviar dinero a la familia, estar pendiente e involucrado en el día a día de la casa. Y esa realidad los hace divergir del entorno local.

El hogar transnacional tiene sus ojos en lo que a Lilliam le toca malabarear con su trabajo, su estatus legal, el dinero que hay que enviar y las quejas de lo caro de las cosas. Esta gente hace un esfuerzo mental y emocional por apartar las causas del dolor de la separación familiar del día a día. Uno sabe que se fueron por culpa de los dictadores, pero no hay tiempo ni ganas de hacer el pleito porque ya ha costado mucho todo el daño por el que han pasado. El que está afuera, está pendiente de la casa, de los hijos, que tengan para el colegio, nada les sorprende cuando los Ormu salen con una nueva forma de represión. No olvida que no se pudo despedir de su madre por culpa de ellos.

Les aterra el retorno porque es un mundo bizarro, saben que se exponen, que volver al Estado policial no es chiche en medio de la certeza del desempleo porque la estabilidad económica de hoy existe por las remesas que ellos mandan. Y uno se enfoca en el ahora, en salir a trabajar, mandar el WhatsApp a la hija, preguntar por las medicinas de la mamá y si el papá se pudo ver con el doctor. El nica transnacional tiene superpoderes, se guarda las ganas de llorar cuando le hacen falta sus amores, las ganas de gritar frente a tanta desventaja… cansa. Y tienen el cinismo de ignorar a esos líderes en el exilio que publican sus comentarios moralistas en Facebook como si supieran por lo que uno pasa; o el sarcasmo que les da a saber que ninguno de esos “líderes” les ha expresado públicamente su solidaridad frente al desamparo legal en que están porque ellos no quieren “molestar” al Gobierno del presidente Trump.

Cuando las diferencias convergen

Estos tres mundos con sus prioridades aparte, comparten tres cosas. El rechazo compartido sobre Rosario Murillo, la estrategia de esquivar a los esbirros en la calle y donde sea, y las ganas de salir de esto. La desidia de los cómplices está apoyada en el temor a criticarla y a ser purgados, mientras que de los otros divergentes hay una clara memoria en ella como la autora intelectual de las ejecuciones, encarcelamientos y expulsiones. En ellos la foto de Alvarito Conrado siempre está viva en su memoria cotidiana; y ahora la de Roberto Samcam.

Todos saben que la búsqueda de atajos para no encontrarse con los agentes represores es necesaria para no chocar con la cruda realidad y por eso prefieren que algo pase, o le pase. Mientras, se apoyan en la vida bajo la regla de tres: aguantar, callar y cerrar los ojos.

La intensidad de ese sentimiento ha crecido y los agentes se sienten presionados porque ella no es material de reemplazo ni atractivo político. Ni M&R (Mentiras y Repellos) la muestran en las encuestas. Van a “embellecer” su imagen, visibilizar su autoridad política, y producir un mensaje de cambio al culto del caudillo, pero ¿cómo lograrlo si la única base auténticamente pro dictadura cree que el culto al dictador y la revolución sandinista es inseparable y ella no tiene nada que mostrar?

Están en un atolladero justo cuando hacen tabula rasa del apoyo real que tienen y en un país que no los quiere, y los perciben como un mal innecesario. Esta convergencia es el insumo de la resistencia silenciosa que se va generalizando entre estos tres mundos.

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Manuel Orozco

Manuel Orozco

Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.

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