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Saludando a los libros, mis amores

Hay novelas, conocidas o no, que para mí son joyas, aunque también algunos autores hombres o mujeres de los que me gustan todos

La economía nos enseña que deberíamos asignar el dólar marginal allí donde rinda el mayor retorno social. Leé: Economía bipolar

Nadine Lacayo

23 de abril 2022

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¿Qué si tengo una novela preferida? Un día de estos me hicieron esa pregunta. Francamente, viniendo la interrogante de una persona culta, me sorprendí. Durante un rato me quede callada haciendo que pensaba. Luego suspiré y se instaló en mí una nostalgia parecida a la de antiguas pasiones y mi memoria recorrió el río de erotismo en que ha nadado mi relación con la lectura. —No sé— contesté con toda sinceridad, mientras bailaban en mis recuerdos los nombres de una pila de autores y títulos que me han deslumbrado, pero solo le contesté: —No sé, no tengo un favorito, y si te digo alguno, mi memoria me puede traicionar. —Agita tu memoria, alguno de esos que recuerdas de inmediato puede ser “tu favorito”- volvió a insistir, pero insistió tanto que reflexioné un poco y le contesté como para salir del paso con la sinceridad más aproximada que tuve: —Los clásicos aunque no todos, pero tampoco uno y también otros contemporáneos. Además, los marginales, los que se encuentran en la periferia cultural, independientemente de sus autores o de su fama o país, pues hay novelas, conocidas o no, que para mí son joyas, aunque también algunos autores hombres o mujeres de los que me gustan todos y también libros con grandes títulos que pueden ser excelentes pero que los abandono a la décima página de leerlos. A pesar de mi repuesta general, insistió que debía tener un cuento o novela preferida, un único libro o autor literario. —Fui viuda y luego me he casado varias veces— le contesté. No entendió, y su pertinaz insistencia dio paso a que le respondiera de otro modo y le dije que, al menos en mi caso, la pregunta era falible porque no era un romance el que había tenido si no varios y de diferentes colores y ritmos, tal como son mis gustos, aunque no es que prefiriera la cantidad o, digamos, la variedad que es infinita, sino que la calidad y también la variedad, pero sobre todo el placer que me han dado aquellos a los que, hasta ahora, había tenido acceso. Su pregunta era difícil en realidad o absurda´, no sé, pues conducía a lo religioso, o al absoluto o al fundamentalismo.

Y no le iba a contestar lo de cajón: Pedro Paramo, Cien años…, El tambor de hojalata, etcétera, etcétera…


Me acordé del arte y la belleza que es abundante y variada, y que de a esa abundancia, apenas me había asomado a algunas pequeñas parcelas. Volvió a insistir argumentando que aun dentro de la amplitud siempre hay uno, uno. Y yo, obstinadamente repetía que no podía traicionar a mis amores, y en ese sentido, a pesar de ser heterosexual normativamente, practico el poliamor con los libros y que, en todo caso, me redujera el universo de la pregunta a las galaxias más cercanas y después a los sistemas planetarios más próximos y nos ubicáramos al menos en este planeta o mejor aún, en los países con más tradición literaria y sus épocas, guardando la salvedad que la respuesta nunca sería incondicional y verdadera, porque no había tenido acceso a toda la literatura mundial y menos a otros mundos culturales no occidentales y que lo más seguro era que habrían nuevos mundos y que en esos mundos como en los más o menos conocidos siempre habría basura y brillantes. Me acordé de la canción de Joan Báez que cantaba con Bob Dylan: Diamonds and Rust.  Continúe:

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—Si me reduces aún más el campo de la selección a un país, puedo tener la posibilidad de que mi corazón no me traicione demasiado— le dije. Pero no me comprendió, hasta que yo le pregunté:

—¿Tenes un hijo al que prefieras más? ¿o un pintor? ¿o una canción? Y ahí murió la flor, pero cuando ella se rindió, se me vino el recuerdo de los cuentos de Robert Art y “Nada”, la única novela escrita por Carmen Laforet.

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Nadine Lacayo

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