Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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Aún en su círculo más cercano, es más temida que apreciada, por quienes advierten su inseguridad del poder heredado y el afán incontenible de venganza
Rosario Murillo, "copresidenta" de Nicaragua. Foto: CCC
Rosario Murillo tiene pocos aliados y aunque opera bajo el uso del miedo y la censura, entre su soledad y un pueblo que se va informando paso a paso de la crisis de la dictadura, ella se está debilitando más, y con pocas esperanzas de prolongar su control del poder.
Para asegurarse una sucesión segura, además de las purgas, la alianza táctica con los generales del Ejército, y el vínculo con las élites económicas controladas por sus hijos, Rosario Murillo ha montado un esquema propagandístico de culto al comandante que le permita facilitar su paso completo al trono antes de la muerte de Ortega.
#TodosSomosDaniel es su última campaña de propaganda que no le suena a los pocos leales a Daniel Ortega, que son objeto de persecución, porque, no confían en ella o no la quieren.
Aún en su círculo más cercano, Murillo es más temida que apreciada, y consideran que padece una inseguridad patológica de un poder, heredado y usurpado, que solo logra compensar con el afán incontenible de venganza. Y los que trabajan con ella saben que Rosario está sola, acompañada por sus hijos, sin ninguna base popular, y cada día con menos apoyo de los mismos “danielistas”.
La base popular de Ortega, que incluía trabajadores del Estado, entre ellos maestros de escuela, trabajadores de la salud, alcantarillas, burócratas de servicios en ventanilla, combatientes históricos, y familias con algún lazo histórico con el partido, no se ha logrado transferir a Rosario Murillo. Su base política, es el nuevo FSLN clientelista, a imagen y semejanza de Fidel Moreno, Gustavo Porras, Luis Cañas, y ahora Wendy Morales.
A Rosario Murillo le importa el poder. Y lo ejerce a través del control de unos cinco operadores que lo administran, en quienes delega la designación de otras fichas subalternas. Estas fichas son una suerte despliegue de reemplazos por trabajo tarifario, es decir, de individuos que obtienen puestos con beneficios económicos a cambio de lealtad a la señora “copresidenta”, creando una nueva clase transaccional gerencial, oportunista y cortoplacista.
Personalmente, Murillo carece de una conexión con la base, con el pueblo, separada de la familia nicaragüense. En sus 18 años continuos ejerciendo el poder desde 2007, nunca ha escuchado, dialogado o respondido alguna pregunta o un cuestionamiento: su único lenguaje es el monólogo, el ordeno y mando vertical de arriba a abajo.
Rosario Murillo mira al pueblo desde arriba, como menos que ella, desde la altura de su supuesto ‘buen gobierno cristiano y solidario’, atrincherada en el búnker de El Carmen, al lado de su hija la secretaria, su hijo el empresario y Laureano el enlace del poder.
Ella es una paradoja extraordinaria, una mujer relativamente educada y culta que cree en el poder de la palabra y astutamente no lo comparte por su inseguridad de ser descubierta como un personaje falso.
Aunque valora la poesía, al pueblo lo priva de educación. No la promueve con escritura o con el pensamiento crítico e independiente. Ella ha autorizado un presupuesto de más de 400 millones de dólares en Policía y defensa a un cuerpo de seguridad de menos de 30 000 sujetos (entre soldados, policías, y otros ‘funcionarios’) y 600 millones de dólares en gasto de educación para una población en edad escolar de 2.6 millones de chicos, con escuelas en mal estado, poca formación académica de sus maestros, robándoles tres horas a la semana en proselitismo político en el aula de clase, aun en medio de un retraso y rezago académico ya muy alto.
La inversión pública que autoriza es 80% en obras de construcción de carreteras, en un país que tiene buenos caminos y pocas escuelas pero que se las asigna las empresas amigas del régimen (que no son más de cuatro recibiendo contratos que suman más de 500 millones de dólares anuales): menos de 10% de la inversión pública es en infraestructura en escuelas o centros de salud. Mientras tanto, el país sigue teniendo el mismo número de escuelas desde el 2015 (menos de 10 000).
Su fervor cristiano termina en donde ella define su propia fe; lo demás, lo censura, encarcela o confisca (como las universidades y colegios religiosos, conventos y la infraestructura del clero que asciende a cientos de propiedades y activos).
Rosario Murillo no es pueblo. Se viste con alhajas y prendas que nadie puede pagar y que no son del gusto de la gente, mientras mantiene al resto del país en ascuas, en silencio y sin oportunidades económicas.
Y la gente resiente la vigilancia policial, la censura, y la propaganda con la que pretende imponer un fuerte velo de ignorancia sobre la población. A pesar de la censura, desde un punto de vista general, los nicaragüenses están más o menos claros sobre lo que puede pasar con las inminentes sanciones comerciales, como consecuencia de una dictadura que anuló todos los derechos y garantías. Pero se les dificulta razonar hacia dónde va el descalabro en el que viven.
Con vivir el día a día agobiados por el costo de vida y un trabajo mal pagado, con la creciente delincuencia de robos en la calle, con los chinos encima haciendo competencia desleal, y el estrés de no poder opinar, ni hablar, ni meterse en nada para que no te toquen, hace difícil tener esa vista de pájaro del precipicio al que lleva Rosario a Nicaragua.
“Ya no aguanto; hay días que me levanto y solo quiero gritar: ¡NO MÁS! ¡Que se vayan estos sapos!”, dicen unos. Otros, más estoicos, dicen: “¿Qué más nos queda? Eso iba a pasar tarde o temprano”.
Y es que con todo esto, el peso de la rutina no les da tiempo para ver lo que realmente viene pasando.
No es que no sepan que están privados de libertad de expresión, sino que no han tenido la posibilidad de ver la pintura completa, de cómo han perdido sus derechos constitucionales, mientras el círculo de poder se va achicando, volviéndose más dependiente de lo ‘transaccional’ y ‘clientelista’, pero realmente frágil, aunque ella tenga el rifle en la mano.
Dentro de esta realidad, lo que está en juego para el nicaragüense es cómo romper el miedo que ha creado la dictadora, empezando por lo más crítico, el saber qué pasa, qué hace la dictadura y qué se puede hacer al respecto.
El reto de los ciudadanos y los grupos cívicos, dentro y fuera de Nicaragua, está en achicar la brecha entre ellos, montar un puente que comparta y explique cómo defender los valores democráticos, cómo compartir el conocimiento de las condiciones de vida en el país en relación con sus derechos, y cómo revelar el peso real de la dictadura.
Más que hablar mal de la familia dinástica, los nicaragüenses quieren saber cuáles son los parámetros que miden el costo de oportunidad de la dictadura frente a una transición democrática.
Describir y razonar la magnitud de la indecencia de la dictadura y desmoralizarla, y al mismo tiempo mostrar las piezas necesarias para una transición democrática—que no es la cara de un personaje. Son las reglas del juego político, la oferta de cambio para el pueblo, los beneficios del retorno a tener derechos democráticos y justicia económica, mientras se muestra el riesgo del continuismo dictatorial y la creciente exclusión social.
Nicaragua es un país socialmente divido y resentido; una división que Rosario Murillo ha fomentado, incluso entre sus mismos partidarios; entre los que reciben remesa, trabajan en enclaves económicos, y los que están fuera de esos dos ámbitos y que viven con poco; entre los que se quedaron sin sus hijos o sus padres porque tuvieron que emigrar y los que quieren irse, pero no pueden.
Todo esto es responsabilidad del círculo de poder de Ortega y Murillo. De esto se trata la lucha cívica, de desenmascarar la soledad de la “codictadora” y mostrar que, aparte de policías y ladrones, por mucho que diga “cuántos dones los que agradecemos al Padre Celestial”, ella no tiene un pueblo (ni un Dios) que la proteja.
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Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.
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