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La política exterior del berrinche de la codictadora

La crisis diplomática con España: descabezaron la embajada y rompieron amarras con las relaciones de cooperación no gubernamental

Daniel Ortega y Rosario Murillo participan en un acto oficial en Managua, el 9 de febrero de 2026. | Foto: CCC

Silvio Prado

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Hace un mes el régimen Ortega-Murillo provocó lo que quizás sea la crisis diplomática más grave entre Nicaragua y España, tras expulsar al embajador y al primer secretario de la embajada en Managua, además de ocho cooperantes españoles, entre ellos un alto cargo de la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (AECID). Con tales medidas descabezaron la embajada española y rompieron amarras con las tradicionales relaciones de cooperación no gubernamental entre ambos países. Salvo algunos rumores, hasta la fecha se desconocen los motivos reales de ambas decisiones. Por exclusión, sólo queda como explicación un nuevo berrinche de la dictadora en jefe. Sin frenos ni contrapesos, ni nadie que la contradiga, la pataleta es la única doctrina que rige la política exterior de nuestro país, la misma bilis que condimenta las decisiones de la política interna.

Creamos por un momento que el origen de las medidas fue una larga reunión del embajador recién llegado con algunos de los cooperantes más antiguos. Desde el punto de vista formal, era una actividad rutinaria, normal, además de necesaria, para un jefe de misión que apenas se estaba incorporando al cargo. En caso de que fuese por el contenido de la reunión, ¿qué se pudo haber dicho en la misma? Seguramente se abordaran los proyectos en que estaban trabajando; por supuesto que se habrán hecho valoraciones sobre la situación política. Es decir, temas normales en este tipo de reuniones. Lo que con toda seguridad no se hizo fue conspirar para derrocar a la dictadura.

De lo anterior salta una pregunta lógica. Si el origen de las expulsiones fue la reunión con los cooperantes, ¿cómo tuvo conocimiento la dictadura de lo tratado, por demás en un territorio que es parte de la soberanía española? ¿A través de medios técnicos colocados en la residencia del embajador? ¿A través de informantes dentro del personal de la embajada? Técnicas o humanas, la dictadura ha cometido un error elemental en estas lides: no quemar nunca tus fuentes.

Las sospechas de que la causa de las expulsiones fuesen las rabietas incontroladas de la codictadora parecen confirmarse en las maneras utilizadas con los cooperantes. Cuentan que ni siquiera les dieron las 24 horas para abandonar el país que recibieron los diplomáticos. Como si de delincuentes se tratase, los llevaron manu militari al aeropuerto con breves paradas en sus viviendas respectivas para recoger sus pasaportes y empacar sus maletas. Pero no solo. Sin que mediara ninguna orden judicial, les fueron confiscados sus bienes personales (equipos informáticos) e institucionales (vehículos y equipos de trabajo). ¿A qué vinieron estos modos tan abruptos con personas que llevaban muchos años trabajando en pro de Nicaragua, incluyendo programas de apoyo a los municipios gobernados por el FSLN? ¿Por qué, si no fue por ataques de ira, se les expulsó sin tomar en cuenta que algunos tenían cónyuges e hijos nicaragüenses?

Hay muchas preguntas que un mes después siguen sin ser respondidas y quizás nunca lo serán, porque las dictaduras son así, no responden por sus actos: actúan en la opacidad y se guían por la sinrazón. Ni siquiera cuando contravienen todos los patrones históricos de la cooperación al desarrollo con Nicaragua, muchos de los cuales tienen raíces en el monumental florecimiento del movimiento de solidaridad que brotó después del triunfo de la revolución sandinista.

Para tener una idea cuantitativa del fenómeno basta teclear “cooperación internacional Nicaragua” en cualquier buscador de internet. Ni siquiera es necesario abrir los enlaces que aparecerán. Sólo hay que leer el título de los mismos para darse cuenta de la amplia gama de los documentos publicados prácticamente desde cualquier ámbito de las disciplinas del conocimiento.

Quienes hemos estado en contacto con la cooperación al desarrollo —y nos hemos visto beneficiados por ella—, en más de una ocasión hemos participado en discusiones de todo tipo acerca de los alcances positivos y negativos que ha tenido en aproximadamente medio siglo. En el campo que sea: llenando los vacíos de un Estado incapaz de llevar bienestar a los sitios más insospechados del territorio, sustituyendo al sector privado de la economía que lejos de hacer más eficiente el mercado solo se preocupa de engordar sus cuentas bancarias, y contribuyendo al fortalecimiento de una sociedad civil que, de no ser por su apoyo, todavía estaría en pañales.

Sin temor a exagerar, se podría afirmar que no hay en la historia reciente un renglón del orden social que no se haya visto influenciado por los aportes de la cooperación internacional. Desde las reformas del Estado hasta los cambios intangibles en la cultura política, sus programas han ido dejando unas huellas que, a pesar de los intentos de la dictadura por apropiárselos, siguen allí. Sólo así se entiende que conceptos y valores hasta hace pocos desconocidos, como la teoría de género, el desarrollo sustentable, el desarrollo local,  los derechos humanos, los hermanamientos entre ciudades y la autonomía como condición innegable de la emancipación social, hoy sean de uso común en las prácticas de la población.

Se entiende que a la codictadora todas estas palabras le suenen a marciano, y que no le haya importado darle una patada a este legado en el clímax de uno de sus habituales berrinches. Se entiende porque ni antes ni ahora, la señora en cuestión ha pisado los caminos donde los nuevos valores se han hecho carne en la lucha por alcanzar una vida mejor; es lo que pasa cuando se ha vivido en el mundo de las supersticiones. Lo que no se entiende es que ninguno de sus cortesanos se haya atrevido a contradecirla, ni siquiera quienes en pasados recientes se hayan lucrado de programas de la cooperación al desarrollo.

Quizás en la decisión de poner al mínimo las relaciones internacionales con el mundo, y con la cooperación al desarrollo, hayan intervenido los cálculos de la luna de miel con China; que cientos de tiendas chinas quizás valgan más que los proyectos de unos cuantos “cheles” molestos que en el fondo estén más interesados en el exotismo de los derechos humanos. Pero ni siquiera esta demostración de supuesta elección racional, puede ocultar que la política exterior de Nicaragua cabalga al albur de los berrinches de la regente en jefa descontrolada.

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Silvio Prado

Silvio Prado

Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.

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