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La bella y la dictadura

Lo que el régimen orteguista odia es no poder controlar la narrativa sobre lo que la gente siente y manifiesta a raíz de Sheynnis Palacios

Sheynnis Palacios

Sheynnis Palacios desfila durante la gala de traje típico de Miss Universo 2023. Foto: EFE | Confidencial

23 de enero 2024

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La escena era trillada. Multiplicada en un sinnúmero de concursos por décadas. El suspenso alargado por al menos un minuto hasta anunciar a la ganadora quien, como en cualquier concurso de belleza que se precie, rompió en llanto. Sheynnis Palacios, reina de belleza nicaragüense acababa de coronarse como Miss Universo 2023, dejando como primera finalista a Antonia Porsild, Miss Tailandia, en el escenario montado en el Gimnasio Nacional de El Salvador, “José Adolfo Pineda”, el 18 de noviembre de 2023.

La competencia de Miss Universo, ese añejo evento tan criticado en los últimos años por mantener a las mujeres dentro de la burbuja exclusiva de la hermosura, silencio y objeto de adoración masculina se resignificó para muchos esa vez. Todo empezó con el presidente Nayib Bukele anunciando en enero de 2023 la realización del evento en el país.


Bukele emuló a uno de los últimos presidentes de la dictadura militar en este gesto, el coronel Arturo Armando Molina, quien ocupó el concurso en 1975 para darse un barniz de legitimidad ante las múltiples denuncias de violaciones a los derechos humanos y fue uno de los primeros mandatarios en hacer de sí mismo una figura central del evento y saludar a los asistentes. ¿Suena conocido?

La otra resignificación vino de las entrañas de los nicaragüenses. En Youtube están disponibles decenas de videos de familias completas pegadas a sus televisores con la respiración contenida mientras esperaban que anunciaran a la ganadora: Sheynnis o Antonia. El triunfo de su compatriota los hizo gritar, llorar, saltar, bailar, abrazarse. Y algo no menor. Tras gritar el nombre de su reina, Sheynnis, del fondo de sus pulmones, con voz desgarrada, un solo alarido al unísono: Nicaragua, Nicaragua, Nicaragua.

Las reacciones más que exageradas son surreales. Como el gobierno mismo de Nicaragua. Por eso son coherentes. A la nueva soberana, pocos días después de ser coronada, le hicieron una canción: “Te amamos Sheynnis”. Ahí no solo dicen que la reina es “la cosa más linda que tenemos todos los nicas”, también se hace una referencia velada a su realidad. “Y los nicas que están dentro y fuera de nuestras fronteras… Zapatéelo”.

Desde las protestas de 2018, la dictadura de Daniel Ortega criminalizó el uso de la bandera. Su uso público significaba cárcel inmediata. Sheynnis Palacios fue fotografiada en ese ciclo de protestas que dejaron más de 300 víctimas. Los medios de comunicación independientes han reportado desde entonces que los fallecidos solo eran manifestantes que fueron asesinados por la policía y grupos de choque orteguistas.

Sheynnis, la bella, les dio la libertad a los nicaragüenses de gritar en la calle otra vez el nombre de su país y sacudir la bandera entre lágrimas. Le pregunté a un amigo periodista nicaragüense quien hace algún tiempo se exilió: ¿Qué creés que significa para los nicaragüenses la corona de Sheynnis Palacios?

“El impacto del triunfo de Sheynnis se asocia con que ella representa lo mejor de los valores de la sociedad. La humildad, que venga de abajo, hace que nos identifiquemos con ella. Esos valores son universales, y con esos nos identificamos todos. La gente lo siente como el triunfo de la mujer que creció en el barrio, que vendía buñuelos para pagarse sus estudios”, me dijo.

Durante las tres semanas posteriores al triunfo de Sheynnis, el régimen de Ortega prohibió el regreso a Nicaragua de Karen Celebretti, la organizadora de Miss Nicaragua, activando un destierro sin ponerle ese nombre; arrestó a su esposo y a su hijo, y los acusó de lavado de dinero y traición a la patria. Después de dos meses de detención, la familia de Celebretti fue expulsada del país y reside actualmente en México.

También está el caso del artista grafitero urbano nicaragüense, Kevin Laguna, a quien la policía le impidió finalizar un mural con el rostro de Sheynnis. Poco después, sus allegados denunciaron su desaparición y hasta la actualidad no ha habido noticias acerca de su paradero.

Otros periodistas nicaragüenses en el exilio han interpretado que lo que el régimen orteguista odia es no poder controlar la narrativa sobre lo que la gente siente y manifiesta a raíz de Sheynnis Palacios.

La reina de belleza ha evidenciado –sin quererlo– la cara más burda del dictador: aquel que no soporta controlar hasta los pensamientos de su pueblo, que se retuerce al no poder imponer su propia narrativa, y se da cuenta de que la preferencia de las mayorías descansa en otra persona que no es él; que el objeto de culto a la personalidad ha cambiado de sujeto. ¿Suena conocido?

Mi amigo lo definió con mejores palabras: “La libertad siempre es un acto bello que las dictaduras no soportan, porque su rostro describe todo lo contrario”.

El cantautor nicaragüense Luis Enrique Mejía Godoy dimensionó en sus redes quién es Sheynnis ahora para ese país. “Gracias querida Sheynnis por tu coraje y dignidad. Gracias Zanatilla de la paz por unirnos en tiempos de tanta desesperanza. Celebro tu triunfo, el triunfo de Nicaragua, cantándote “Mujer del siglo nuevo, paisaje recobrado, vuelo de mariposa, explicación de todo lo creado.”.

Sheynnis Palacios es más que una bella reina. Es Nicaragua. Nicaragua. Nicaragua.

*Este artículo se publicó originalmente en Revista Factum.

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Suchit Chávez

Periodista en Revista Factum (El Salvador). Ha trabajado en La Prensa Gráfica (El Salvador), cubriendo temas culturales, medioambientales, seguridad, violencia, investigación y crimen organizado. Desde 2013, ha trabajado y colaborado con: Connectas (Colombia), Plaza Pública (Guatemala), Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), Ojo Público (Perú), Alharaca (El Salvador), International Center for Journalists (ICFJ), International Consortium of Investigative Reporters (ICIJ), Agenda Propia (Colombia), Dromómanos (México), entre otros.

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