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Gobernó Nicaragua sin jamás insultar a nadie, ofreciéndole su mano a todos por igual y sembrando de amor un país desamorado y polarizado
Doña Violeta Barrios de Chamorro conversa con el investigador nicaragüense Andrés Pérez-Baltodano. | Foto: Cortesía
Son las once de la mañana y estoy sentado frente a Violeta Barrios de Chamorro (18 de octubre de 1929 – 14 de junio de 2025), cariñosamente conocida por los nicaragüenses como “Doña Violeta”. El día de la entrevista habían pasado tres años desde que ella terminara su mandato como presidenta de mi país. “Doña Violeta”, le pregunto, “se acostumbra a decir que el poder es adictivo. ¿Qué opinión le merece esa aserción?”. Mi expresidenta abre los ojos, como asustada, se pone seria, se incorpora en su sillón y me dice: “¿Poder?, ¡Qué palabra más horrible es esa! Yo nunca sentí que ser presidenta significara tener poder. Yo solo quise reconciliar a mi pueblo. Poder es algo que yo solo tengo en mi casa”.
Un hijo de la presidenta me lo había advertido, cuando le comenté que iba a entrevistar a su madre. “Mi mamá te va a sorprender con sus respuestas y contestará tus preguntas en sus términos”. Efectivamente, esa fue mi experiencia cuando tuve la oportunidad de conversar con Violeta Barrios durante aproximadamente cinco horas repartidas a lo largo de tres días, como parte de un proyecto de conservación de voces impulsado por el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (INHCA) de la Universidad Centroamericana (UCA), clausurada por el Gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo como parte de su guerra contra la inteligencia, hace ya casi dos años.
“Yo solo quise darle a mi pueblo el amor que necesitaba después de la guerra”, continuó diciendo Doña Violeta. Me lo dijo varias veces a lo largo de mi entrevista, con diferentes palabras, pero siempre con dulzura y convicción, mientras me invitaba a comer los bocadillos que ella hacía preparar para mis visitas. A veces yo comía por encima de mi apetito. ¿Pero, cómo yo iba a decir no a Doña Violeta? El mismo Rey Juan Carlos no pudo hacerlo durante su visita a Nicaragua en 1991. En su recorrido por la ciudad de Granada, ella lo conminó a degustar el platillo nacional conocido como “vigorón”, compuesto de yuca, piel de cerdo refrita y un picadillo de cebolla, repollo y tomate servido sobre una hoja de plátano. Cualquiera que conozca el vigorón corroborará que su consumo, con la mano, es un formidable desafío a cualquier norma protocolar.
La familiaridad con la que Doña Violeta trató al Rey Juan Carlos, a Borís Yeltsin, y a los muchos personajes con los que ella interactuó durante su mandato, era capaz de desarmar y encantar a cualquiera. “Es el reflejo de una mente no colonizada”, me dijo una amiga que la admiraba, haciendo referencia a esa faceta de su personalidad que a todos nos hace sonreír con cariño y nostalgia. Sonrío, por ejemplo, cuando pienso en el beso que ella le estampó en la mejilla al papa Juan Pablo II al recibirlo en el aeropuerto de Managua. Me contaba un obispo que presenció lo ocurrido, que el Papa, sorprendido por el gesto de Doña Violeta, solamente pudo repetir en voz baja a su asistente, un estirado miembro del servicio protocolario vaticano que tampoco podía creer lo ocurrido: “¡Me besó, me besó, me besó!”.
Lo de Doña Violeta no era un show. Ella estuvo siempre por encima de la teatralidad que, desdichadamente, forma parte de la política de pasarela que muchos practican, especialmente en América Latina, en donde a diario truenan los discursos cargados de frases que no significan nada y en donde está siempre latente el deseo de nuestros dirigentes y aspirantes a dirigentes de convertirse en indispensables “salvadores de la patria” —por las buenas o por las malas. En este sentido, el paso de Doña Violeta por la Presidencia de mi país fue una experiencia contracultural. Como me lo dijo repetidamente, desde el primer día de su mandato añoró regresar a la tranquilidad del hogar del que salió para lanzarse a una campaña electoral en un medio político violento y grosero, como es el de Nicaragua. Y al terminar su mandato, se apartó de las cámaras de televisión y los micrófonos que fascinan e hipnotizan a los políticos de mi desventurado país.
“Tan desagradable como el poder fue para mí el protocolo presidencial”, me confesó Doña Violeta, mientras repasábamos los álbumes donde ella conservaba las fotos que registraban su período como presidente. Y es que, en algún momento de nuestro encuentro, decidimos que era mejor que conversáramos libremente sobre Nicaragua y su experiencia como mandataria. En realidad, ella lo decidió y yo le dije que sí sintiendo un inmenso gusto por complacer a esta mujer que hablaba y actuaba como una madre. “¡Es que sos un gran preguntón!”, me dijo “regañándome” con la misma terneza con la que más tarde yo la vería “regañar” a dos niños limpiabotas que hacían su trabajo en el parque ubicado frente a su casa y que habían corrido a saludarla cuando la vieron salir de su residencia para despedirse de mí, el último día de mi “entrevista”. “¿Se están portando bien?”, los interrogó con amorosa seriedad, para luego decirme en voz baja y con tristeza: “¡Yo hubiera querido poder mandar a todos los niños a la escuela, pero me faltó tiempo! ¡Pero con esfuerzo y amor lo podríamos lograr!”.
Antes de mi entrevista, durante el último año del mandato presidencial de Doña Violeta, yo ya había tenido la oportunidad de conocerla y de ser testigo de su nobleza. En esa ocasión, uno de sus yernos y amigo mío, quien en esa época no residía en Nicaragua, me invitó a la casa de la presidenta, donde él se hospedaba por unos días. Junto con otros amigos y miembros de la familia de Doña Violeta, nos reunimos en el mismo salón-santuario donde más tarde yo la entrevistaría, un espacio repleto de fotos y recuerdos familiares. Nadie habló de política y nos reímos a montón, mientras Doña Violeta nos invitaba a degustar los platillos que había hecho preparar. “Niñó”, me dijo en un momento, acentuando la “o” como se acostumbra a hacer en Nicaragua para darle más fuerza a lo que se quiere decir, “probá esa pasta, que está muy rica”, mientras apuntaba con el dedo a la mesa donde habían sido colocados algunos bocadillos.
Al final de la reunión, a mi amigo y yerno de la presidenta, se le ocurrió que fuéramos a escuchar música en un centro recreativo de Managua. Le pidió a Doña Violeta que le prestara su auto y ella se lo cedió con gusto. Me despedí de mi presidenta y, con su yerno y otros amigos, nos trasladamos al lugar donde esa noche iba a ofrecer un concierto Carlos Mejía Godoy, el cantautor nicaragüense.
Cuando terminó la velada, mi amigo y yo subimos al coche de Doña Violeta, solo para descubrir que el modesto auto de la presidenta no arrancaba. Mientras yo empezaba a sudar en el sofocante calor de Managua, mi amigo giraba agitado la llave de encendido y presionaba el pedal del embrague con creciente frustración mientras me explicaba, apenado, que no era la primera vez que el auto de la presidenta lo dejaba varado. Cuando le decía a su suegra que debía cambiarlo, la respuesta de ella era siempre la misma: “Este es el carro que me regaló Pedro y no lo voy a cambiar”. Doña Violeta se refería a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, su esposo y compañero permanente en espíritu, asesinado durante la dictadura de los Somoza, por su férrea defensa de los derechos de los nicaragüenses.
Quien tuvo la oportunidad de observar a Doña Violeta en la presidencia, o de interactuar con ella, pudo constatar la devoción y lealtad que ella sentía por su esposo mártir. Pero también pudo descubrir que esos sentimientos brotaban de la misma fuente que la hacían capaz de identificarse y solidarizarse a nivel humano con todos, más allá de su círculo familiar y social, seguidores o adversarios. Por eso gobernó sin jamás insultar a nadie, ofreciéndole su mano a todos por igual y sembrando de amor un país desamorado y polarizado. Y no hablo de un amor artificioso o blandengue, sino de un genuino sentimiento de compenetración y solidaridad con la gente de su pueblo. Hablo, para ser más preciso, del ágape que predica el cristianismo que ella practicó con su ejemplo; es decir, hablo del amor que se da sin esperar nada a cambio.
Con ese amor y nadando contra la cultura política de mi atormentado país, Doña Violeta nos empujó a buscar un horizonte común y a construir aspiraciones compartidas. Por esta razón, puedo con seguridad decir que ni antes ni después de su gobierno, hubo alguien como ella en la historia de Nicaragua. ¡Gracias, Doña Violeta! ¡Tarde o temprano su ejemplo nos guiará para salir de la oscurana!
*Este artículo se publicó originalmente en la revista catalana Política y Prosa.
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Exprofesor en la Universidad de Western Ontario, Canadá. Investigador del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la Universidad Centroamericana de Managua.
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