El temor y la soledad de Ortega y Murillo el 19 de Julio

El régimen está cerrando un ciclo. Para permanecer en el poder, se apoya en su círculo más cerrado, cercano y leal

Varias camisetas con la imagen del presidente Daniel Ortega, en Managua. Foto: Efe/ Jorge Torres

19 de julio 2022

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Daniel Ortega y Rosario Murillo celebrarán hoy con un sabor amargo el 43 aniversario de la Revolución Popular Sandinista. Este año no solo cargan con la condena de la comunidad internacional, sino también con el aislamiento y la crítica de buena parte de la izquierda latinoamericana. Bajo sus propios miedos y conscientes de no contar con el apoyo de sus propios simpatizantes, ni siquiera se atreven a convocar a un acto masivo.

Creo que hay dos razones por las cuales desde 2020 ya no celebran el 19 de julio en la Plaza de la Fe.


La primera es por el excesivo temor y la paranoia que padecen sobre su seguridad personal. Ahora prefieren espacios pequeños y rodeados de edificios donde los dispositivos de seguridad tengan mayor control desde la altura ante un “eventual” atentado. En este caso la Plaza de la Revolución, rodeada por el edificio de La Casa de Los Pueblos, El Palacio Nacional y la débil Antigua Catedral de Managua.

Pero es un temor infundado desde que Ortega retornó al poder en 2007 y que ha aumentado más desde abril de 2018 que comenzó la insurrección cívica. Cada vez que el dictador Ortega y su vicedictadora Murillo salen de El Carmen, son acuerpados por un excesivo anillo de seguridad, de escoltas policiales y civiles. Acompañados por dos ambulancias y un par de helicópteros desde el aire. Todo calculado.

La seguridad personal de la pareja dictatorial significa un gasto enorme para el presupuesto público del país. En el 2020, por ejemplo, se recetaron 5.3 millones de córdobas para su seguridad y vigilancia, lo que representó un 16.4% de incremento en comparación al 2019, cuando se destinaron 4.4 millones de córdobas. Y cada año esas cantidades aumentan más.

La segunda es porque saben no tienen gente que, por voluntad propia, asista a una convocatoria para celebrar un aniversario de la revolución en la Plaza de la Fe. Esto les dejaría en evidencia. Débiles de apoyo popular porque no lograrían, ni obligando y amenazando al sector público, llenar dicha plaza. Esto mismo ha pasado en los últimos años con otras actividades históricas del Frente Sandinista, como el Repliegue Táctico hacia Masaya.

Y es que hay batallas en la vida que no se pueden ganar. Lograr el verdadero respaldo del pueblo es una de esas batallas para el régimen. Las imágenes en las redes sociales y las denuncias en los medios de comunicación, que por seguridad son anónimas, muestran el claro deterioro en las bases del régimen. Un rechazo cada vez más creciente en los trabajadores estatales.

La ola represiva en contra de organizaciones que trabajaban en beneficio de las personas vulnerables y necesitadas en Nicaragua, que incluye la expulsión de 18 monjitas de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta, demuestran el desprecio que tiene la dictadura por la vida de los nicaragüenses. Esto se suma a la deriva autoritaria y económica en la que sumerge a Nicaragua, con un grave aumento en el desempleo y el encarecimiento en la canasta básica. Todo esto afecta claramente a sus propios simpatizantes, quienes incluso están migrando a Estados Unidos.

El régimen sabe que está cerrando un ciclo. Por eso, para permanecer en el poder, se apoya en su círculo más cerrado, cercano y leal: los altos mandos de la Policía y el Ejército. Pero esto nos muestra que Ortega no trabaja en beneficio de la ciudadanía (de cualquier color, religión, ideología, estatus social), sino para favorecer a un grupo de personas corruptas y cómplices de crímenes de lesa humanidad.


Josué Garay

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