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El mayor demócrata que tuvo Rusia en su historia

Lo que diferenció a Gorbachov de otros líderes rusos fue que asumió la responsabilidad por las consecuencias de su Gobierno

Mijaíl Gorbachov, último presidente de la Unión Soviética. Foto: Efe/Archivo

Nina L. Khrushcheva

2 de septiembre 2022

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“Todos necesitamos tener una perestroika”, solía decir Mijail Gorbachov. El último líder de la Unión Soviética vivió según ese credo. Después de convertirse en secretario general del Partido Comunista en 1985 y de implementar su programa de restructuración y la glasnost (apertura), incluso cambió el título de su cargo. Prefirió que lo llamaran presidente.

El primer y último presidente soviético fue el líder más democrático que tuvo Rusia (el centro de facto de la URSS) en el último siglo, si no en su historia. Y en los 31 años desde el colapso soviético, su creencia en la paz, en el entendimiento mutuo, en el diálogo y en la democracia se mantuvo inquebrantable.


Fueron estos valores los que llevaron a Gorbachov a retirar a la Unión Soviética de una guerra desastrosa de diez años en Afganistán y, en 1993, a utilizar el dinero de su Premio Nobel de la Paz de 1990 para ayudar a financiar Novaya Gazeta, el medio insignia de los demócratas de Rusia cuyo editor, Dmitry Muratov, recibió su propio Premio Nobel de la Paz el año pasado. Junto con decenas de otros medios independientes, Novaya Gazeta fue obligada a suspender sus operaciones poco después de que el presidente Vladímir Putin lanzara su “operación militar especial” en Ucrania en febrero.

Gorbachov también sufrió por sus creencias. Quizá si se hubiera muerto en 1991, la gente en aquel entonces se habría ocupado de valorar su lugar en la historia. Sin embargo, frente a un Gorbachov que vivía y respiraba, hubo animosidad y un silencio extraño. Durante años, si alguna vez se hacía referencia a él, por lo general era para negar sus logros.

Al lanzar la perestroika, a la que hoy muchos en Rusia, entre ellos Putin, consideran un desastre, Gorbachov se expuso a críticas desde todos lados: lo acusaban de ser demasiado radical, demasiado conservador o demasiado débil. Pero Gorbachov no eludió el escrutinio público. Aún debilitado por la edad y la enfermedad, le hizo frente como director de la Fundación Gorbachov, cuyo trabajo representaba sus valores.

Al igual que Putin, Gorbachov creía que habría sido mejor que la URSS hubiera continuado. Pero, a diferencia de Putin, avizoraba una federación reformada y democratizada, no una unión de naciones que no quieren someterse al régimen del Kremlin.

En los años 2000, Gorbachov me contó por qué no envió tanques a Alemania en 1989 para impedir la destrucción del Muro de Berlín (construido en 1961 bajo la orden de mi bisabuelo, Nikita Khrushchev). “No debemos imponer a los Estados soberanos su modo de vida”, dijo.

El propio Gorbachov fue en parte responsable de la antipatía que enfrentó después del colapso soviético. Los reformistas muchas veces carecen de paciencia y su plan de implementar cambios económicos profundos en apenas 500 días era tan utópico como la promesa de 1961 de Khrushchev de un “comunismo desarrollado” en 20 años.

Lo que diferenció a Gorbachov de otros líderes rusos fue que asumió la responsabilidad por las consecuencias de su Gobierno. Aunque también lo hicieron Khrushchev y el sucesor de Gorbachov, Boris Yeltsin (por cierto, los otros únicos líderes en Rusia que fueron obligados a abandonar el poder o se alejaron voluntariamente antes de su muerte), ellos dejaron la vida pública por completo, fustigándose a sí mismos en privado por todo lo que no habían podido lograr. Gorbachov, en cambio, se sumó a historiadores, a políticos, a sus propios camaradas y a la población en la revisión de su régimen. Irónicamente, él mismo ayudó a enterrarse como figura histórica cuando todavía estaba vivo.

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Si bien el consenso en Rusia es que las reformas de Gorbachov erraron su objetivo o fracasaron por sus malas elecciones, su legado es percibido de manera muy diferente a nivel internacional –y con razón-. La última década del siglo XX y la primera década de este siglo fueron el apogeo de la globalización en gran parte gracias a los esfuerzos de Gorbachov por integrarse al mundo, establecer un “nuevo pensamiento político” y mitigar la habitual sospecha y animosidad de Rusia hacia el mundo exterior.

Por ser un hombre de conciencia que reflexionaba sobre su liderazgo desde afuera del Kremlin, Gorbachov sentía un profundo deseo de abordar los problemas por los que se sentía responsable, entre ellos la penuria económica y la inestabilidad política. Si bien su posición era débil, su candidatura quijotesca en la elección presidencial de 1996 hizo que emitir un voto valiera la pena por lo menos para algunos rusos (como yo). La candidatura de Yeltsin ese año, durante un período de caos como nunca había experimentado la Unión Soviética, inspiró a muy pocos.

Habría sido una pena que un acontecimiento tan emocionante (Rusia no tenía experiencia en elegir presidentes y la novedad impartía un aire festivo) se convirtiera en una ocasión más para manifestar descontento. Nunca creí que Gorbachov tuviera serias posibilidades de ganar, ni que fuera un buen presidente. Pero fue el primer presidente en la historia rusa que logró resurgir como candidato después de años de intentos de enterrarlo, capaz de hablar como líder del pasado y como una voz para el futuro.

Khrushchev, ya retirado, no podía sino soñar con eso después de su expulsión del Kremlin en 1964. Antes de morir, con mucho tiempo para contemplar el pasado, mi bisabuelo llegó a la conclusión de que su mayor logro no había sido la política del “deshielo” –la denuncia de los crímenes de Stalin, junto con cierta liberalización política y cultural— sino, por cierto, su propia destitución mediante una simple votación. No fue declarado un “enemigo del pueblo” ni fue desterrado a un gulag; simplemente fue obligado a “un retiro de mérito” en su casa de campo. No fue liquidado físicamente después de su desaparición política, como le habría sucedido en los años 1930. Sin embargo, Khrushchev lamentaba su falta de coraje y deseaba haber utilizado su tiempo para impulsar aún más su deshielo, de manera que hasta la muerte política fuera opcional.

Veinticinco años más tarde, la historia rusa hizo ese giro liberal. La muerte y la desaparición ya no eran las únicas opciones. La muerte política se había convertido en una cuestión de elección. Aunque Gorbachov no tuviera posibilidades de ganar en 1996, al menos tenía la posibilidad de postularse. La perestroika y la glasnost, tan ridiculizadas hoy en día, prepararon el terreno para eso en el Gobierno de Yeltsin quien, si bien no era fanático de su antecesor soviético, fue lo suficientemente democrático como para mantener el espíritu de cambio.

Con la invasión de Ucrania y la destrucción de los medios que fueron posibles gracias a la glasnost, el legado de Gorbachov hoy parece estar muerto. Pero el propio Gorbachov era más optimista. Muchas veces decía que él era el producto del deshielo de Khrushchev y sin duda nos alentaría a creer que un nuevo líder surgirá en Rusia algún día, que empezará una nueva perestroika y que resucitará los valores a los que dedicó su vida.


Nina L. Khrushcheva, profesora de Asuntos Internacionales en The New School, es co-autora (con Jeffrey Tayler) de In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones (St. Martin’s Press, 2019).

Copyright: Project Syndicate.

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Nina L. Khrushcheva

Nina L. Khrushcheva

Profesora de Relaciones Internacionales en “The New School” de Nueva York. Dirigió el Proyecto Rusia en el Instituto de Política Mundial. Autora de los libros “Imaginando a Nabokov: Rusia entre el arte y la política” y “El Khrushchev perdido: Un viaje al Gulag de la mente rusa”.

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