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El ingreso de Sergio Ramírez a la RAE es la confirmación de un tótem viviente

Es el escritor exiliado, el escritor perseguido por una dictadura que le teme porque escribe, que lo ha condenado por el delito de escribir

El escritor Sergio Ramírez habla durante una entrevista, en Ciudad de Panamá. EFE

Silvio Prado

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La elección de Sergio Ramírez como miembro de número a la Real Academia Española (RAE) es un triunfo incontestable para el escritor, para Nicaragua y para las letras americanas. Pero el logro también reviste otro significado no menor: el reconocimiento del masatepino como el significante más importante de la Nicaragua que resiste frente a la dominación dictatorial. Nadie como Sergio para representar la lucha y la esperanza por recuperar la libertad y la democracia en nuestro país. Ello lo ha convertido en un tótem, el ícono que no necesita moverse, ni hablar ni escribir, pero para tormento de quienes lo padecen, también es un tótem que se mueve, escribe y habla.

Como ya se sabe, el tótem es una imagen a la que un grupo humano atribuye la representación de ideales sagrados o mágicos para los destinos de la comunidad. Pero también se aplica a personas que por sus méritos representan los valores más altos para una sociedad. Es el caso de Sergio Ramírez, también un tótem moral para muchos centroamericanos que hoy tendrán un buen motivo para celebrar en medio de tantas malas noticias en sus países respectivos.

Desde que recibió el Cervantes hace ocho años, Sergio no ha parado de encadenar reconocimientos de norte a sur a ambos lados del Atlántico. Es una lista demasiado larga para esta columna.

En virtud de estos y otros méritos, en España se ha vuelto un habitual de los medios de comunicación y por ello, y por su corpachón característico, lo identifican con facilidad en los lugares públicos. Aunque no se arremolinen para saludarlo, lo saben: es el escritor exiliado, el escritor perseguido por una dictadura que le teme porque escribe, que lo ha condenado por el delito de escribir. No hacen falta subtítulos. Al igual que otros autores desterrados, lleva consigo el rótulo del refugiado y todo lo que tiene aparejado, sin alharacas ni aspavientos. Ya sabe; él mismo como un personaje de sus novelas, está aquí porque hay un régimen dictatorial que lo considera peligroso aunque no haga otra cosa que recurrir a la palabra. No conspira con truculentos planes de derrocamiento ni aspira a candidaturas políticas en la nueva Nicaragua. Simplemente existe en la versión más genuina de un tótem, que importa en la medida que existe.

Es un tótem atípico. Pese a sus problemas físicos de movilidad, se mueve, y mucho. Se le puede encontrar en Madrid como en San José, en Estocolmo como en Guadalajara, en Hamburgo como en Panamá, donde hoy se encuentra, y allá donde vaya no evita llevar consigo el símbolo de la denuncia. El resultado siempre es el mismo: el testimonio vivo de una opresión que mantiene sojuzgada a toda la población de su país. En esta versión, a diferencia de sus pares mitológicos, se trata de un tótem ubicuo que no está clavado en un terreno sino donde él quiere, sin pretensiones ni aires de prima donna.

Porque también es un tótem que habla sin hacer concesiones. No importa si se trata de agradecer una entrega de premios o hablar de literatura. La reciente ceremonia de premios Ortega y Gasset en el 50 aniversario de El País no fue la excepción. Pudo pasar por alto el exilio de los periodistas nicaragüenses y las condiciones de catacumbas en las que algunos pocos siguen trabajando dentro de Nicaragua. Pero no calló. Aprovechó el pedestal ofrecido para denunciar la opresión ante las más altas autoridades españolas y representantes de la cultura. En este papel, Sergio es sin dudarlo el altavoz más potente que tenemos los nicaragüenses de dentro y fuera del país para ponerle nombre y apellidos a la tiranía; para que a Nicaragua no le pase lo que a otros países, cuyos regímenes sanguinarios, a fuerza de matar y de destruir, han terminado siendo olvidados por el resto de la humanidad.

Y por supuesto, es un tótem que escribe; faltaría más. Del oficio de escribir le viene su estatura totémica y por ende la sacralidad que su legión de lectores le atribuye. No hay libro, ensayo o artículo periodístico en el que no palpite Nicaragua y el largo sufrimiento de nuestro pueblo. En cada uno de sus escritos se pueden seguir las huellas del calvario que de manera repetida en la historia hemos tenido que recorrer, para tratar de llevar la piedra a la cumbre del volcán de nuestras vidas. Una vez en el exilio, con el agobio de volver a empezar, despojado de todos sus bienes y con las pocas fuerzas de sus más de 80 años, el escritor podía haber caído en una depresión profunda, tratar de escapar de la adversidad escribiendo relatos lejanos y ajenos a su entorno o simplemente hacer mutis, no escribir más. Y sin embargo mantuvo el rumbo escribiendo con el mismo humor de siempre, rescatando al desdichado inspector Morales o recreando a princesas cojas, pero pluma en ristre por la libertad de Nicaragua.

Entre el ir y venir el personaje va dejando huellas. Por ejemplo, una biblioteca en Hamburgo y una huella no menor en Centroamérica. Con 13 años de andadura, el Festival Centroamérica Cuenta, fundado y animado por Ramírez, ya ha roto sus márgenes iniciales para convertirse en el espacio multicultural de encuentro más importante entre creadores de meso y Suramérica, y desde hace 6 años también en España. Imposible encontrar un hito de naturaleza semejante en la historia de la región.

Por todo ello y con todo ello -pero no a pesar de ello- Sergio Ramírez ha sido elegido miembro de la Real Academia Española, el primer centroamericano en llegar a serlo y el único de origen latinoamericano en la actualidad. Una distinción por la que deberíamos sentirnos orgullosos y un orgullo que deberíamos celebrar sacándolo a las puertas de nuestras casas. 

Sin embargo, como en todas las historias esta también tiene sus reversos tenebrosos, personas que vivirán como afrenta que el de Masatepe se haya convertido en el nicaragüense, y el centroamericano, más universal de los tiempos modernos. Desde que se supo la noticia hay mezquindades que han tratado de restar lustre al logro. Se daba por descontado que para la matrona de la dictadura Ortega-Murillo (la Regenta está triste…) el ingreso de Sergio a la RAE sería una jornada de duelo; pero desde hace poco -y para muy pocos- también fue motivo de lamentos. La inquina hace extraños compañeros de llantos. Para ellos, Sergio no es tótem sino tabú, la prohibición que hay que evitar, el símbolo que más vale no mencionar. Que ambos se acompañen para lamer sus respectivos quebrantos.

Mientras siga dejando huellas, Sergio seguirá siendo un tótem incómodo, para los dictadores y los majaderos, para quienes el mundo no abarca más de allá de sus cavernas. Para el resto de mortales seguirá siendo un tótem viviente que se mueve, habla y escribe. Y cuando no lo haga, le bastará con estar, como los íconos relevantes de la cultura, que importan por lo que siguen representando.

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Silvio Prado

Silvio Prado

Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.

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