Logo de Confidencial Digital

PUBLICIDAD 4D

PUBLICIDAD 5D

El año que el sandinismo vivió peligrosamente

Los purgados: Humberto Ortega, Henry Ruiz, Álvaro Baltodano, Bayardo Arce, Horacio Rocha, Rodolfo Castillo, Néstor Moncada, Carlos Fonseca

Daniel Ortega

Los gobernantes Daniel Ortega y Rosario Murillo durante el acto de celebración del 19 de julio de 2025. //Foto: Tomada de El 19 Digital

Silvio Prado

AA
Share

En el momento de hacer balance de 2025 salta a la vista que ha sido el año que el sandinismo conoció la represión abierta de la dictadura Ortega-Murillo. En particular el sandinismo que seguía bajo la sombrilla del FSLN, y muy en especial el llamado “sandinismo histórico”. Fue un año en que ser asociado al sandinismo fue motivo de sospecha, para luego terminar siendo carne de bartolina en la Cárcel Modelo.

Para aclarar un poco, a partir de 1990 se crearon tres tipos de sandinismo: el doctrinario, que reivindicaba el legado del ideario sandinista que no terminó de cuajar durante la revolución; el orgánico, que terminó reagrupándose en torno a Ortega y otros cuadros históricos que no se fueron al MRS; y el sociológico que alumbró una legión de organizaciones sociales y de ONG tras el colapso del vanguardismo con la derrota de aquel año.

El sandinismo que experimentó la represión con más crudeza en 2025 estaba compuesto por lo que quedaba del sandinismo orgánico. Dicho grosso modo, se trataba de quienes habían acompañado a Ortega y su familia en el retorno al poder en 2007. Allí estaban los llamados “históricos”, o sea quienes lucharon contra Somoza antes de 1979 y creyeron que vivir a la sombra del caudillo era el camino más corto para revivir glorias pretéritas. En este universo también se agregaron ex altos funcionarios públicos de los 80, y nuevos funcionarios públicos recién reclutados para la supuesta “segunda etapa de la revolución”. El sandinismo que había roto amarras con Ortega antes de 2018 ya venía recibiendo su cuota de represión, de cárceles y sangre desde que osó desafiarlo años atrás.

Era cuestión de tiempo para que la maquinaria represiva enfilara sus engranajes hacia el círculo que se había mantenido fiel a los dictadores. La historia enseña que no hay sucesión dinástica sin purgas, ni purgas sin decapitaciones ilustres, y Nicaragua no ha sido la excepción. Una vez que se puso en marcha el proceso de sucesión dinástica se abrió la veda en contra de quienes la Regente percibía como amenazas: por complejo de inferioridad frente a quienes les costó la causa, por viejas facturas, porque no le debían su estatus dentro del sandinismo, porque no le aseguraban obediencia ciega después de muerto el dictador, y por todos los porqués que caben en los berrinches de quien se cree la mandamás, la ungida, la crème de la crème del nuevo poder.

Era cuestión de tiempo, y el tiempo llegó en 2025. A la luz de los hechos se puede comprobar que la sucesión dinástica se aceleró en este año a punto de concluir. ¿Por qué el acelerón?: ¿Por el estado terminal del dictador? ¿Por impaciencia de la dictadora? ¿Prisas de sus descendientes por saltarse peldaños en la escala sucesoria? ¿Señales de posibles rebeliones internas? La única respuesta cierta es que rodaron muchas cabezas que hasta hace poco se daban por seguras.

La primera señal de las purgas contra la cúspide del sandinismo histórico empezó con el apresamiento del ex comandante de la revolución Humberto Ortega en mayo de 2024. El pretexto fue la entrevista concedida al medio internacional Infobae, en la que no decía nada nuevo, que dentro del sandinismo la regente estaba más sola que la estatua de Montoya. Si había que dar una advertencia seria en contra de ese ambiente hostil, había que empezar por arriba, o sea, en contra del cuñado incómodo que, pese a todos sus desvaríos, seguía siendo un símbolo para el sandinismo y -¡ay!- para el Ejército. Un burdo intento de acabar con el mito en torno a Humberto fue aquel infausto comunicado del Hospital Militar, escrito por la cuñada, degradándolo a simple “ciudadano”.

La cacería de 2025 empezó en marzo con el confinamiento domiciliar de otro ex comandante de la revolución: Henry Ruiz, el legendario Modesto. Sin motivos aparentes, salvo que ni siquiera en los 80 comulgó con Ortega. Casi un año después de aquello uno se sigue preguntado por qué: ¿Qué peligro representaba Modesto, en la órbita de Plutón respecto al sol de los Ortega-Murillo? ¿Su arresto atacaba el símbolo o es que desde su hermetismo ermitaño andaba “metido en algo”? Dos meses más tarde tocó el turno a Álvaro Baltodano, este sí de la esfera cercana de los dictadores. Con Baltodano cayó un rosario de sandinistas de la parte norte del país, además de otros connotados liberales de aquella zona. Las versiones oficiales insinuaron que fue por temas empresariales, pero a su condena también se agregó la consabida acusación de traición a la patria; o sea, los motivos políticos.

A estas listas, a inicios de agosto se agregaron el ex coronel Rodolfo Castillo (Payín) y agentes operativos, cercanos a Lenin Cerna (de quien se rumoró que también había sido apresado). Días más tarde, la represión cayó sobre otro excomandante de la revolución: Bayardo Arce. Junto a Humberto Ortega era la pieza mayor que faltaba para despejar el panorama de la sucesión a la Regente.

Pero la guillotina también cortó cabezas de los verdugos: en febrero la de Horacio Rocha (Rochón), a quien había sido confiada la operación limpieza dentro de la Corte Suprema de Justicia; y en el agosto fatídico rodó la cabeza de Néstor Moncada Lau, factótum de la dictadura para todo lo siniestro y amo de las cloacas del Estado profundo en que se asienta el régimen.

Las personas que fueron excarceladas en octubre calculan que, según las experiencias vividas en distintas galerías de la Modelo, aproximadamente el 60% de los presos del centro penal son sandinistas. Entre ellos hay ex vice ministros, funcionarios medios, expolicías, militantes del FSLN, como los miembros de la Comuna, el grupo de Carlos Fonseca Terán, y el ex paramilitar Camilo Báez.

Como ocurre en estos casos, es muy probable que el número de sandinistas represaliados sea mayor, y que siga incrementándose a medida que las incertidumbres propias de las sucesiones dinásticas arroje cambios de correlaciones en lo que se conoce como la coalición gobernante: entre los intereses emergentes de las nuevas élites y los intereses desplazados de las perdedoras. Pero, y aquí surge un pero nada despreciable: muchos de los muertos que la Regente ha pretendido matar siguen gozando de buena salud. Y no solamente: son conspiradores consumados y siguen teniendo arraigo entre el sandinismo. En otras palabras, aun haciéndose con todo el poder tras una sucesión exitosa, seguirá teniendo muchos motivos para su tormento. Por ello es de esperar que sigan las purgas, que ser sandinista no solo deje de ser terreno seguro, que más bien sea motivo de sospecha. Como muestran los presos y los destituidos, los sandinistas son los nuevos apestados; los favoritos de hoy tienen altas probabilidades de ser los guillotinados de mañana, por mucha servidumbre que hayan prestado a la familia. Cuando las sucesiones dinásticas no arreglan los déficits de legitimidad, los ungidos tienden a llenar con sangre los baches en sus trayectorias políticas.

PUBLICIDAD 3M


Tu aporte es anónimo y seguro.

Apóyanos para que podamos seguir haciendo periodismo independiente en el exilio. Tu contribución económica garantiza que todas las personas tengan acceso gratuito a nuestras publicaciones.



Silvio Prado

Silvio Prado

Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.

PUBLICIDAD 3D