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Cristina no es Lula

Cristina pretende convencer a los argentinos de que el kirchnerismo y el lulismo se asimilan por afinidades de toda índole

Cristina pretende convencer a los argentinos de que el kirchnerismo y el lulismo se asimilan por afinidades de toda índole

Sandra Choroszczucha

24 de noviembre 2022

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Luego del triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y en medio de la disputa en la interna oficialista argentina entre la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) y el presidente Alberto Fernández, el actual ministro del Interior de Argentina, el ultrakirchnerista Wado de Pedro, se apuró a viajar a Brasil para fotografiar a Lula con una gorra que tenía la insignia “CFK 2023”. Y Alberto Fernández, por su parte, tomó un avión para ser el primer presidente en abrazar al mandatario brasileño que recién asumirá el poder formalmente el 1 de enero de 2023.

En medio de la carrera por “el oficialismo argentino disputándose a Lula”, Cristina apareció en público por primera vez, luego de dos meses de ausencia, en un acto de la Unión Obrera Metalúrgica. En su solemne discurso, reconoció méritos al ahora ministro de Economía, Sergio Massa, por la administración de la crisis económica frente a una inflación que ya se presume superará el 100% anual.


Tal vez lo más insólito del discurso de Cristina apareció en el momento en el que explicó que luego de doce años de una Argentina felizmente kirchnerista, habían llegado cuatro años de una Argentina infelizmente macrista. Y que, si bien ahora el país está pasando nuevamente por un modo “muy infeliz” (esta nueva enorme infelicidad que ya lleva tres años no parece tener responsables), en 2023 habrá un regreso (sin haberse ido) a “la felicidad kirchnerista”.

Mientras tanto, Lula, que no es Cristina, luego de haber disputado con ferocidad la campaña electoral en la cual venció a Jair Bolsonaro en un cruce afiladísimo en el que sobraron las acusaciones mutuas, en su último discurso antes de la elección, anunciaba: “A partir de enero de 2023, voy a gobernar para 213 millones de brasileños, no existen dos Brasiles, somos un único país, un único pueblo, una gran nación”. Y el líder del PT llegó aún más lejos, reforzando su mensaje mediante la siguiente afirmación: “A nadie le interesa vivir en un estado permanente de guerra. Este pueblo está cansado de ver al otro como enemigo. Es hora de bajar las armas. Las armas matan y nosotros escogemos la vida”.

Mientras Lula dejaba claro que intentará recomponer una sociedad fracturada por la polarización política, ha trascendido que cuando llegue el momento de su asunción, Bolsonaro no estará presente, dada la excusa de un viaje al extranjero. Este acto antidemocrático de no ceder el traspaso presidencial nos recuerda 2015, cuando la presidenta saliente de Argentina, CFK, sin ningún viaje mediante, se negó categóricamente a traspasar la banda presidencial al entonces electo presidente Mauricio Macri, de la oposición.

Cristina pretende convencer a los argentinos de que el kirchnerismo y el lulismo se asimilan por afinidades de toda índole. Sin embargo, sus esfuerzos por debilitar la democracia y por polarizar a la sociedad dejan entrever muchos más parecidos con el bolsonarismo.

Las semejanzas no son pocas y van desde el desconocimiento protocolar cuando el rival político gana una elección presidencial, pasando por la identificación del adversario político como un enemigo que hay que eliminar de la escena política, hasta la intromisión recurrente en el Poder Judicial.

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Y es que mientras Bolsonaro ha pretendido interferir especialmente en aquellas instituciones judiciales que controlan las elecciones como el Tribunal Electoral, CFK ha interferido en la justicia a través de iniciativas para politizarla (con la excusa de democratizarla),  manipulando al Consejo de la Magistratura o pretendiendo, aquí y ahora, cambiar la composición de la Corte Suprema de Justicia.

La reciente elección en Brasil ha dejado claro que el país se encuentra absolutamente polarizado y que electoralmente hablando está partido en dos. Además, muchos votantes que definieron su voto a favor de Lula o de Bolsonaro lo hicieron por estar “en contra del otro”, más que por afinidad con el partido/candidato elegido. Y en estos puntos los dos grandotes del Mercosur se asimilan.

En este orden de cosas, tras la elección en Brasil, un núcleo duro bolsonarista ha pretendido que Bolsonaro siga ocupando la Presidencia, a pesar de haber sido derrotado en las urnas. Dicho núcleo organizó cortes de rutas y se congregó en las principales sedes del Ejército, en todas las capitales estatales, para exigir una intervención militar a fin de impedir la presidencia de Lula. Bolsonaro, en sintonía con este desentendimiento del triunfo de Lula, no salió a reconocer su derrota durante dos días y, cuando lo hizo, tarde, dio un discurso que duró tan solo dos minutos en el que no reconoció el triunfo del líder del PT, pero sí manifestó que acataría la Constitución.

En Argentina también contamos con un núcleo duro, kirchnerista, que no sabemos cómo podría reaccionar si el kirchnerismo pierde la elección en 2023. Lo que sí sabemos, porque lo han alertado sus más fieles seguidores en más de una oportunidad, también cortando calles y manifestándose con furia, es que, si Cristina llega a ser condenada por alguna de las causas que la incriminan penalmente en su deber de funcionaria, “qué quilombo se va a armar”. El llamado a una pueblada (a un desorden social) y a barrer de la escena institucional al Poder Judicial de la nación si Cristina llega a ser condenada, se parece demasiado a los modismos bolsonaristas.

Cristina no es Lula.


*Artículo publicado originalmente en Latinoamérica21.

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Sandra Choroszczucha

Sandra Choroszczucha

Politóloga y docente argentina, graduada en la Universidad de Buenos Aires. Escribe columnas políticas que se publican en La Nación, Perfil, El Economista, Clarín, entre otros diarios de Argentina y Latinoamérica.

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