Brooklyn Rivera y las ventanas que Nicaragua volvió a cerrar
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La resistencia política empieza por motivar a leer, informarse y distinguir entre una fuente legítima y veraz, y las noticias falsas del régimen
Unos ciudadanos recorren una calle comercial en un mercado de Managua, Nicaragua, el 15 de octubre de 2025. | Foto: EFE/STR
La muerte cruel de Brooklyn Rivera preso político desaparecido, plantea un debate entre la información y la verdad que denuncia la banalidad del mal, y la fuerza de la censura y la desinformación que intenta cegar a una generación que ve más a un lado que al otro: una realidad que, para ellos, puede ser más importante que ‘lo político’ y que, al menos, les resuelve sus angustias existenciales en el día a día.
Sin embargo, hay formas de volver a la realidad y reflexionar.
Hay una mezcla de censura y desconocimiento, tal vez un desinterés conveniente o primordial por la preservación casi automática de la vida, y también hay indiferencia; es innegable por más que uno quiera evitar decirlo.
Las conversaciones con la gente de a pie son una mezcla de intercambios disonantes, sin consenso, y la conclusión es que hay pocos insumos informativos y poca capacidad de interpretación. El taxista me dice,
— “¿Cómo estás?”
— “Aquí, terrible con la muerte de Brooklyn”, le digo,
— “Ah, sí, algo vi…”, mientras tanto, otro me dice:
— “Nadie sabe que se murió, solo que está postrado en una cama”.
Otro que trabaja para un canal ‘independiente’ me dice,
— “Sí, me di cuenta”,
— “Terrible cómo lo mataron”, le digo. Y me responde:
— “¿Cómo así?, Si se fue por viejo”.
Le paso la noticia internacional y de Confidencial y 100%…no hay respuesta. Silencio —tiene miedo de que sus propios compañeros de trabajo se den cuenta de que leen noticias en el teléfono.
Otro que se informa a través de varias fuentes me dice:
— “Sí, vimos, esto está fuera de control”, mientras otra me dice:
— “La historia que están vendiendo acá dentro es que murió de viejo, y se iba a morir de cirrosis.”
Predomina la autocensura y tampoco hay claridad sobre los hechos.
La gente se ubica en un espectro de información limitada, desinformación, y riesgo político para el que intenta informarse bien.
La gente se enfrenta a la banalidad del mal, una situación en la que el malhechor normaliza sus acciones, manufacturando un mundo cotidiano mientras esconde los horrores de sus torturas, mientras Rosario Murillo mantiene un país acorralado por la crueldad y la pobreza.
A alguna gente en Nicaragua le pasa desapercibida la noticia, o sabe poco de lo que ocurre en el país, la censura limita la posibilidad de informarse, o hay que hacer un gran esfuerzo por leer, por cuenta y riesgo propios.
La mezcla de falta de acceso a la información, censura y ‘deseducación’ se ha convertido en un arma letal de la dictadura contra la resistencia política en el país.
Ciertamente, uno vive con conocimiento a medias o nulo. No hay un solo dato que todos miren con el mismo acuerdo, como veraz: si fulano está muerto, herido o bailando, o si fulano está fuera del país, secuestrado o en nada. Igual pasa con el costo de la vida y el empleo: la gente cree que solo ellos están mal.
Además, pocos quieren saber de política, y hay tres razones que destacar en Nicaragua.
Primero, es el factor generacional. Cerca del 51% de los nicaragüenses son menores de 26 años. Ellos han sido expuestos a la ausencia de periodismo investigativo, a la censura y a la deseducación (escuelas y universidades cerradas, con una caída de la matrícula universitaria de 240,000 personas en 2018 a 82,000 en 2026). Ellos crecen bajo filtros de información, en manos de la censura y de la propaganda del Estado.
Además, pertenecen a una subcultura diferente, que no prioriza lo político o la noticia (leen poco o solo deslizan una página tras otra en Facebook o TikTok), algo que no es sui géneris de Nicaragua, sino un fenómeno global. En esta era actual se ha instalado la idea de que mostrar lo personal como espectáculo es indispensable para su superación, casi como reemplazo de la noción de ‘materialismo’, de ‘necesitar cosas’, por el ‘necesito que me vean’. Y el interés por la noticia decae.
Esto trata de integrarse al éxito laboral y profesional. La afirmación se apoya en una combinación de la imagen física (casi sexualizada) y un retazo de mensajitos de autoayuda a lo TikTok o Instagram, con el propósito de presentarte como si todo estuviera bien, aunque estás jodido.
Y además se suma la presión social de que hay que estar presente en todos lados, lo que en inglés se conoce como el FOMO (Fear Of Missing Out), o miedo a perderse de estar en ‘todas’.
El problema es que el sistema de valores del siglo XX que reforzaba la autoestima, entró en rezago y en competencia frente a la velocidad de los cambios. A la generación del siglo XXI se le ha hecho muy pesado equilibrar ciertos valores (solidaridad, tolerancia, responsabilidad, equidad, confianza, libertad) con el hecho de ser visto bien como individuo independiente y autosostenible. Cargan con tantas cosas, el costo de vida y las responsabilidades personales del día a día, que son cinco veces mayores que hace tres décadas.
Segundo, están aquellos que tienen una desconfianza generalizada hacia la información, por lo que uno elige su fuente, sin importar su reputación o validez. También es una tendencia global: menos de un tercio cree que los medios son importantes.
Además, existe un amplio velo de ignorancia de lo que pasa fuera de su entorno y ante la ausencia de un filtro informativo confiable, gravitan entre lo poco que averiguan y el desconecte con el mundo y lo que es noticia. Preguntarle a este segmento si sabe lo que pasa en Irán, en Costa Rica, o dentro del país, es como debatir sobre la inmortalidad del cangrejo.
Los medios oficialistas y sus propagandistas inundan a la gente con información falsa, como decir: “Brooklyn murió de cirrosis; tarde o temprano le tocaba su número.”
Y los que se informan, no están dispuestos a asumir un riesgo político, miran que no hay muchos como ellos que comparten opiniones similares, y es casi seguro que se están arriesgando ante alguien que los puede delatar.
Tercero está el miedo y la necesidad de distanciarse del contacto con la noticia como precaución frente al ataque y la represión—que un ‘sapo’ sople que se están informando. El que tiene miedo es aquella persona que tiene una idea de lo que es Nicaragua políticamente y no puede exponerse a que se den cuenta de su opinión. Hay uno de cada tres nicaragüenses que tiene claro lo que pasa, y un tercio más que no se siente en completa libertad para expresarse.
Este grupo etario se sitúa entre los mayores de 40 años y ha aprendido a adaptarse al sistema policial. Pero el miedo entre ellos no es el de la Policía detrás de ellos, sino el del vecino y compañero de trabajo, del vendedor que pasa por la casa, que oiga hablar de algo indebido que no es del gusto de la “compañera Rosario”.
El resultado es una sociedad que va en una caída libre sin saberlo, ya sea porque hay una combinación de presión social de aparentar el éxito que los tiene absorbidos en una vida ‘virtual’, porque desconfían de los medios y qué hacer con eso, o por miedo mismo.
Así es difícil hacer política y, menos aún, hacer resistencia política.
Hasta los seguidores del sandinismo temen abrir la boca porque no saben qué le va a gustar a la “chayo”.
Para el activista político en Nicaragua, hay retos concretos de sobrevivencia frente a la represión y la persecución, de mantenerse activo y en comunicación con el liderazgo exilado, y de contar con herramientas políticas a mano para seguir en la lucha.
Para el nicaragüense promedio, el reto es hacerles llegar la noticia que informa que sus problemas cotidianos son consecuencia del régimen de Murillo, y sacar sus consecuencias. En conversaciones con gente de la calle, ellos dicen, “sí, esto es culpa de la dictadura, pero no puedo hacer mucho solo.” En general, cuando sumás cosas como lo tóxico, lo amenazante o lo agobiante, terminás desconectándote, especialmente entre los jóvenes.
El punto de partida es mejorar la comunicación con la gente y combatir la política de la indiferencia, que constituye la principal victoria de la banalidad del mal. La indiferencia tiene dos caras: la que calcula el costo-beneficio del sacrificio político y la del que está distraído por la búsqueda de audiencia. En ambos casos, el trabajo político empieza por motivar a la gente a leer, informarse y distinguir entre una fuente legítima y veraz y otra falsa, para ayudarles a confrontar una situación de negación.
También implica trabajar de manera metódica para mostrar el vínculo entre su vida cotidiana y la forma en que la dictadura la afecta.
Más del setenta por ciento de los nicaragüenses creen que en el país no se vive en libertad o se vive parcialmente sin libertad. Saber que son mayoría les permite aprender a hacer frente a esa realidad. Esto los empodera, los une.
Pero el trabajo es más arduo entre los más jóvenes, muchos que creen que se vive en libertad porque han priorizado la vida del espectáculo y de alguna manera evitan saber de política. Con ellos, hay que abordar su realidad material y emocional en relación con lo político, para derrotar la banalidad del mal.
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Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.
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