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Colombia: Un giro radical hacia una nueva derecha

Abelardo de la Espriella será el nuevo presidente de Colombia, un país que está dividido por la mitad

El ultraderechista Abelardo de la Espriella, ganador de la segunda vuelta presidencial en Colombia, pronuncia un discurso en Barranquilla, el 21 de junio de 2026. | Foto:EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

Juanita León

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Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de Colombia.

Según el preconteo, con 12 959 542 votos le sacó una estrecha ventaja de 245 000 votos a su rival, Iván Cepeda. Y en su discurso de victoria usó un tono radicalmente diferente al de campaña. Se comprometió a gobernar para todos los colombianos, incluyendo a los que no votaron por él, a no perseguir a los opositores por pensar distinto, a respetar el equilibrio de poderes y a no engañar a los colombianos con soluciones milagrosas. 

Es decir, asumió de entrada el tono de un gobernante y no de un candidato que prolongará su campaña ya elegido. Fue un discurso sorprendente dado el que muy polarizante que utilizó en campaña y con el cual se convirtió en un fenómeno electoral.  Su triunfo rompe las reglas de la política de las últimas dos décadas. 

Aunque a lo largo de su vida como abogado ha sido un insider de zonas del poder, muchas turbias, llega a la Casa de Nariño como un outsider, sin compromisos con los partidos tradicionales o los conglomerados económicos. La manera en la que ganó evoca la victoria de Álvaro Uribe en 2002, cuando el exgobernador logró una victoria sorpresiva en primera vuelta aunque incluso en su caso en el último tramo se le sumaron muchos partidos políticos.  Abelardo mantuvo a la mayoría lejos.

Dos cosas son distintas, tiene mucha menos experiencia en el Estado de la que tenía Uribe y –tras una victoria en preconteo con una diferencia de menos de 250 000 votos– recibe un mandato mucho más estrecho.

Aún así, será el primer presidente verdaderamente sin amarres con la clase política o económica— en vez de políticos, entre primera y segunda vuelta recibió adhesiones de celebridades— lo que le da una inmensa libertad para gobernar aunque poca predictibilidad para su gobierno.

Abelardo De la Espriella ganó porque logró encarnar tres cosas al mismo tiempo: el castigo a Petro, la promesa de orden y la ilusión de un país que anhela un presidente que le apueste a la iniciativa privada, al mérito y al regreso a los valores tradicionales. Lo hizo con una campaña moderna, disciplinada, que se nutrió con los símbolos y métodos de una ola internacional de derecha populista liderada por Trump. 

La pregunta ahora es si un presidente elegido como outsider puede gobernar dentro de las reglas que prometió en su discurso respetar

Porque si bien hizo campaña sobre la promesa de cambio extremo frente al gobierno Petro, su estrecha ventaja le quita margen para sus propuestas más radicales y gobernará con una oposición fuerte en el Congreso y en las calles, cortes activas, una crisis fiscal cada vez más profunda y una prensa que está asustada pero dispuesta a ejercer su misión.

El fenómeno Abelardo

Fye una campaña completamente emocional y centrada alrededor de la política como un show digital y un producto de marketing político. De La Espriella logró personificar el rechazo al establecimiento, a los políticos, convertirse en el candidato de facto del Centro Democrático en contra de la voluntad de Álvaro Uribe (a quien no mencionó en su discurso) y derrotar al candidato de un presidente popular como Petro, que se empleó a fondo para que ganara Iván Cepeda.

Fue una campaña creativa construida alrededor de la figura de un tigre convertido en hombre, de una liturgia patriótica, una estética militar, influencers que utilizaron la IA para estigmatizar contradictores y periodistas, redes sociales, exhibición de lujo, chalecos antibalas encima de la ropa, una caja blindada, y muchos eslóganes.

Más que un programa detallado –las explicaciones de política pública las delegó en su fórmula vicepresidencial— la campaña de Abelardo usó el lenguaje de amenaza existencial; él, el salvador de la patria contra el comunismo; él, el defensor de la libertad y del orden frente al caos y el narcoterrorismo; él, el representante de los ciudadanos buenos contra los enemigos internos; él, el antídoto versus el veneno.

Abelardo interpretó un país conservador, religioso y que aprecia el esfuerzo personal y que rechazó la indolencia del gobierno Petro frente a la salud y la seguridad. 

Ese lenguaje emocional caló en un país que el presidente Petro lleva cuatro años dividiendo entre ricos y pobres, esclavistas y esclavos, los de Chapinero y los de la periferia. Pero Abelardo se benefició sobre todo de la debilidad de los partidos tradicionales, alimentando el desprecio existente contra los políticos. 

Incluso, contra Álvaro Uribe, a quien siempre había dicho que admiraba. En su pelea contra Paloma Valencia, los influenciadores de su campaña arremetieron en los videos de IA contra el ex presidente, pintándolo como subordinado a su némesis Juan Manuel Santos. Mientras Uribe respaldaba a Paloma Valencia como una “mujer de manos limpias” que iba a cuidar a todos, incluso a los petristas, Abelardo marcó distancia pintándose como el vengador. Y así, de esa manera, capturó tempranamente al voto de derecha sin tener que ser orgánicamente uribista.

Una de las preguntas a partir de hoy es si con el triunfo de Abelardo nace una nueva derecha, populista y libertaria como la de Trump y Milei, o si el nuevo presidente gobernará más con las banderas tradicionales de la derecha.  Como De la Espriella es un hombre pragmático y poco ideológico podría ser cualquiera de los dos.

El vehículo del antipetrismo

Porque si bien Abelardo ganó sin tener que seducir al centro, Abelardo ganó más como vehículo del anti-petrismo que como dueño absoluto de una nueva mayoría ideológica. El discurso del presidente electo parece haberlo entendido así y eso podría hacer la diferencia en la efectividad de su mandato.

Como pasó hace cuatro años cuando fue elegido Gustavo Petro con votos que no necesariamente eran todos de izquierda ni de colombianos que anhelaban la misma revolución del mandatario de izquierda, los votos del nuevo presidente no son todos de furibundos “abelardistas”.

Una parte, sí, votó por él porque quería castigar a Petro y a la izquierda. Otra votó no tanto movida por la rabia como por el miedo de lo que significarían cuatro años más de continuidad del Pacto, sobre todo para las crisis de la salud y la economía.

Otra parte de sus votantes quieren orden y seguridad, no la batalla ideológica que plantea. Otra, en cambio, lo hizo porque se identificó con un candidato que abogaba por los valores tradicionales de la familia, que tiene cuatro hijos, que reivindica una masculinidad extrema y que rechaza el wokismo. Y otra más lo hizo por un cálculo económico. Empresarios que se sintieron maltratados por Petro, clases medias cansadas de la incertidumbre, sectores que anhelan reglas favorables a la inversión. No pocos lo hicieron con la ilusión de que llegue un gobierno que le ponga fin a la corrupción rampante del gobierno Petro.

En otras palabras, mucha gente votó con la ilusión de impedir otros cuatro años de Petro, y no necesariamente por verlo extraditado, por ver la eliminación de la izquierda o por imponer educación religiosa en los colegios. Así como hace cuatro años la gente votó para castigar a Iván Duque y al uribismo y no necesariamente para acabar con el sistema de salud que existía o para que no hubiera mas exploración de petróleo. 

Petro lo interpretó como una adhesión total a su programa y se equivocó. La muestra es que hoy terminó entregando el poder a quien prometió castigarlo y extraditarlo.

A juzgar por su discurso más institucional y propio de una persona cuya misión central es representar la unidad del país, De la Espriella pareció entender que llegará el 7 de agosto a gobernar un país que está dividido por la mitad.

*Artículo publicado originalmente en La Silla Vacía.

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Juanita León

Juanita León

Periodista colombiana. Directora, fundadora y dueña mayoritaria de La Silla Vacía en Colombia. Estudió derecho en la Universidad de los Andes y una maestría en periodismo en la Universidad de Columbia en Nueva York. Fue periodista en The Wall Street Journal Americas, El Tiempo y Semana.

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