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“La Comala”, una cooperativa de migrantes en Madrid cofundada por una nica

Afiliadas negocian directamente las condiciones laborales como domésticas o cuidadoras, para asegurarse salarios justos, según la nicaragüense Yamileth

Jamileth Chavarría (Nicaragua) y Mercedes Rodríguez (Colombia) fundadoras de la Cooperativa La Comala// Foto: Tania Ortega EL Español

Nicas Migrantes

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La nicaragüense Yamileth Chavarría y la colombiana Mercedes Rodríguez son las cofundadoras de “La Comala”, una cooperativa de mujeres migrantes latinoamericanas en Madrid, que persigue tres objetivos: salarios justos, decisiones colectivas y dignidad en las jornadas laborales.

Fundada en 2017, la cooperativa es gestionada por las mismas trabajadoras, quienes negocian directamente sus condiciones laborales con los empleadores.

“Hicimos una cooperativa porque creemos que así todas somos parte de este trabajo; nos movió a organizarnos la necesidad de existir con derecho”, resume Chavarría.

Cuando nació la idea, hace unos diez años, las empleadas del hogar en España no tenían derecho a huelga, el Convenio 189 de la OIT (Convenio sobre el trabajo decente para las trabajadoras domésticas)  no había sido ratificado y la precariedad en el sector era aún mayor que hoy.

Una comala que da vuelta a la realidad

El nombre “La Comala” viene de la palabra “comal”, el utensilio de cocina sobre el que se preparan tortillas en toda Centroamérica. Pero en la cooperativa también funciona como metáfora pedagógica.

“Es un juego de palabras de pedagogía, es como para darle vuelta a esta realidad precaria del trabajo de los cuidados, porque los cuidados son esenciales como cualquier profesión”, comenta la nicaragüense.

La cooperativa ofrece servicios de cuidados a adultos mayores y limpieza del hogar. Hoy cuenta con 27 trabajadoras y 18 socias, provenientes de nueve países: Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala, Cuba, Colombia, Ecuador Perú y Bolivia. Esta diversidad es parte de su identidad.

“Somos mujeres de nueve países. Cuando nos reunimos cada una lleva algo para picar, y se nota una diversidad hasta en las formas de hablar, porque hay mujeres quechua también”, cuenta.

Al organizarse como cooperativa, las integrantes pasaron del régimen especial de empleadas del hogar al régimen general de la Seguridad Social. Tal cambio, afirma Chavarría, marca una diferencia real.

“El fin es que la trabajadora llegue a ser socia trabajadora. Si entra con la intención solo de mirarnos como una empresa de trabajo, pues podrá trabajar los primeros meses, pero no puede quedarse con nosotras, porque el fin de la cooperativa es que tus trabajadoras estén asociadas, y trabajar para algo en común”, detalla la activista nicaragüense.

Parte del grupo de mujeres de la Cooperativa La Comala// Foto: Cortesía

Mujeres profesionales y lideresas

Jamileth Chavarría llegó a España hace 15 años con una historia de organización a sus espaldas: más de dos décadas en el movimiento feminista nicaragüense en la Casa de la Mujer de Bocana de Paiwás y en una radio que se hizo conocida por su serie sobre la violencia machista: “La Bruja Mensajera”. Su madre fue cooperativista durante la revolución sandinista. El trabajo colectivo no es para ella una novedad ideológica; es una herencia.

También creó el colectivo “Brujas Migrantes”, un grupo de mujeres migrantes que lucha contra la violencia y el racismo, y promueve el apoyo mutuo entre mujeres ante la experiencia migratoria.

Asimismo, muchas de las socias de la cooperativa llegaron a España por razones parecidas: por su activismo en sus países de origen, por amenazas de muerte, por la represión política y en busca de mejorar su situación económica y la de sus familias.

La mayoría son mujeres líderes que participan en organizaciones feministas y defensoras de derechos humanos.

“Vine con otras compañeras a poner en práctica lo que sabía hacer; aprendí en esa escuela”, dice, al referirse a su trayectoria.

El “chip de cuidadora”

En España, la mayoría de las mujeres migrantes terminan concentradas en este sector. No es una vocación natural ni una coincidencia, es el sistema el que siempre ofrece estos puestos de trabajo a las inmigrantes latinas.

“Aquí a las mujeres nos dan trabajo porque creen que tenemos algún chip de cuidadora. La migración es femenina, y aquí nos aceptan por la misma razón porque creen que somos cuidadoras. Somos una fuerza laboral brutal”,  reflexiona.

“Nosotras decimos, si somos la fuerza laboral, ¿por qué le vamos a trabajar a alguien? Nosotras queremos ser protagonistas de nuestro propio empleo”, afirma.

Entre las integrantes de la cooperativa hay pedagogas, abogadas, periodistas, filólogas, profesoras de primaria y secundaria y auxiliares de laboratorio. Mujeres con formación universitaria que, en muchos casos, no pueden homologar sus títulos en España.

Socias y trabajadoras

Dentro de “La Comala” no todas tienen el mismo estatus. Las 18 socias han aportado un capital social, participan en las asambleas y votan las decisiones. Las trabajadoras que aún no dieron ese paso pueden hacerlo; ese es, de hecho, el objetivo central de la cooperativa.

“Aquí no hablamos de clientes, porque somos una cooperativa. Entonces te da un plus de empoderamiento, de toma de decisiones, de autoestima, cosas que no podes hacer cuando vas en solitario a una casa para pedir un trabajo”, explica Chavarría.

No hay jerarquías salariales: todas ganan lo mismo. “Aquí no hay quien gana más o quien gana menos, aquí todas ganamos iguales”, subraya. 

Lo que cada empleador paga por un servicio se destina a salario, Seguridad Social, festivos, vacaciones y sustituciones. “Los impuestos son tan increíblemente costosos que nos llevan justitas”, reconoce, pero insiste: el bienestar de cada trabajadora está garantizado.

El duelo de migrar y el “flash comalero”

Dejar atrás una profesión, una identidad y los vínculos propios es un duelo que no siempre tiene nombre. En “La Comala”, ese proceso no se ignora, en la organización además de hablar de trabajo y derechos, también hay un espacio importante para la salud mental.

Para acompañarlo existe el “flash comalero”: un encuentro breve de una hora en el que las integrantes se acuerpan, se apoyan y actualizan sus conocimientos. Esta reunión se hace cada quince días.

También hay un grupo de WhatsApp llamado “Todas para una”, como las mosqueteras y “eso nos ayuda”, enfatiza la nicaragüense.

“La Comala” no se define solo por lo que hace, sino por lo que rechaza: la intermediación que encarece el servicio al empleador y empobrece a la trabajadora, y la lógica de que los cuidados son negociables.

“Primero desmontar la mala práctica de negociar con los cuidados. Los cuidados son una necesidad vital del ser humano, por eso los seres humanos están reconocidos que somos interdependientes. En algún momento de la vida, antes o después, necesitamos cuidados”, sostiene Chavarría.

Hay también un sueño a largo plazo que la migrante nombra sin dudar: que las integrantes puedan vivir juntas, con conciliación real entre el trabajo, la familia y la vida.

“Nuestro próximo paso es vivir juntas. Eso es un sueño”, concluye.

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Nicas Migrantes es un proyecto periodístico de CONFIDENCIAL especializado en abordar temas de interés y utilidad para la población nicaragüense migrante en el mundo, principalmente en Costa Rica, Estados Unidos y España. El proyecto pionero nació en 2020 y produce contenidos en diferentes formatos periodísticos y plataformas.

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