El espejo que no se rompe
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Para nosotros, periodistas de El Salvador, el periodismo nicaragüense es ejemplo y guía ahora que nos toca navegar similares aguas
Vista del reportaje “Los Anillos del Poder” publicado en el sitio web de Confidencial. // Mockup: CONFIDENCIAL
Antes de que la dictadura se apropiara de sus oficinas, de que cerrara su programa televisivo y forzara a sus periodistas al exilio, CONFIDENCIAL era parada obligada cuando uno hacía alguna cobertura en Managua.
En sus páginas, y en su Redacción, se encontraban las mejores explicaciones de lo que pasaba en Nicaragua y eran también una guía para saber hacia dónde dirigir la mirada. Lo ideal era pasar por la oficina de Carlos Fernando Chamorro para tener una lectura sesuda del país y después salir a recorrerlo con algunos de sus reporteros.
Algún día, espero, ellos contarán cómo los transformó definitivamente aquel 2018 en que estallaron las protestas contra el régimen de Daniel Ortega, que respondió con una criminal represión que terminó de desnudar a una dictadura criminal. Esa represión también alcanzó a CONFIDENCIAL y a toda la prensa nicaragüense, pero no claudicaron. Siguieron hasta que fue imposible hacer periodismo en Nicaragua y optaron por el exilio, como única opción viable para seguir publicando como lo han hecho desde entonces.
Pero, desde luego, no siempre fue así. A toda una generación, que ha vivido casi dos décadas bajo la dictadura orteguista, le sonará a prehistoria si recuerdo que CONFIDENCIAL nació en una época en que Nicaragua vivía en democracia. En 1996.
Nicaragua era ya modelo de exitosa transición de dictadura a revoluciones y democracia. Parecía, entonces, que la revolución sandinista que derrocó a Somoza por fin adquiría sentido pleno: no solo había puesto fin a la tiranía y sentado las bases para una sociedad más igualitaria, sino que renunciaba a perpetuarse en el poder y, en 1990, había respetado resultados electorales adversos y entregado la presidencia a una liberal: Violeta Barrios de Chamorro.
La democracia era tan vibrante que demandaba también nuevos medios. CONFIDENCIAL, originalmente una revista pequeña, impresa y que solo era accesible por suscripción y distribución física, nació sin que asomaran siquiera un pelo las amenazas que terminarían pocos años después instalando otra dictadura.
Hoy, que CONFIDENCIAL cumple 30 años y que la mirada hacia atrás es obligada, su camino parece admirable. Dejó el papel y el modelo de cobro por suscripción para convertirse en un medio digital gratuito; de los análisis políticos y económicos se transformó en cuna y epicentro del periodismo investigativo nicaragüense y semillero también de periodistas de nuevas generaciones que asumieron la responsabilidad de narrar la deriva de su país.
Una deriva que adquiría todos los elementos comunes a los autoritarismos tropicales de nuestra región: corrupción; debilitamiento institucional; concentración del poder; violaciones a la Constitución y sustitución del Estado de Derecho por decretos del tirano; censura; persecución a las voces críticas; violaciones masivas a los derechos humanos; represión.
La historia de la construcción y consolidación de esta dictadura está en los archivos de CONFIDENCIAL.
Para nosotros, periodistas de El Salvador (y utilizo el plural por coincidencias manifiestas con muchos colegas), el periodismo nicaragüense es ejemplo y guía ahora que nos toca navegar similares aguas, que hemos iniciado también esta complicada etapa de narrar una dictadura desde el exilio. Intentamos estar a la altura de su compromiso y su valentía.
Es justo decir que ese periodismo nicaragüense valiente, comprometido, infatigable y capaz nació en y alrededor de CONFIDENCIAL.
Como lector me uno a las felicitaciones por sus treinta años. Les agradezco su labor, su compromiso y algo más que también es necesario decir: en las distintas facetas de CONFIDENCIAL, de revista en papel a producciones multimedia, lo que nunca cambió fue el respeto a sus lectores.
Como colega, les tengo como compañeros de viaje a través de un capítulo tan complicado para el periodismo centroamericano; y como referente de dignidad profesional.
Que venga más periodismo; por muchos años más. A su salud.
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Periodista fundador de El Faro, de El Salvador, y maestro de la Fundación Gabo. Es premio Maria Moors Cabot por la Universidad de Columbia, Stanford Knight Fellow y becario Cullman de la Biblioteca Pública de Nueva York.
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