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Cuba: la reforma económica como argumento

La reforma llega con gran retraso, responde a décadas de reclamos internos de la sociedad, de emprendedores y académicos

Reforma económica Cuba

Vehículos transitan una calle en La Habana, Cuba, el 12 de enero de 2026. | Foto: EFE/Ernesto Mastrascusa

Gerardo Arreola

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¿Habrá en Cuba un McDonalds, un BBVA o un cubano dueño de hoteles en Varadero? ¿Las trasnacionales revivirán el turismo? ¿Capital extranjero impulsará viejos ingenios azucareros, plantaciones de tabaco o una siderúrgica?

Estas y otras posibles consecuencias están en la reforma que aprobó el jueves 18 de junio el órgano legislativo. Es un proyecto de privatización en gran escala, inimaginable aún en los momentos de mayor apertura de los últimos tiempos.

Un día antes la presidenta Claudia Sheinbaum reveló, en una conferencia mañanera, que al hablar sobre Cuba con Donald Trump le dijo al jefe de la Casa Blanca que viera cómo la isla abría su economía. 

Sheinbaum implicaba que las medidas de La Habana hasta entonces eran un argumento para instar a Trump a que, al menos, alivie la agresión que asfixia, en primer lugar, a la población cubana.

A la caída del Muro de Berlín en 1989, la comunidad socialista tomó en pocos meses rumbos diversos. Cuba esperó cuatro años para decidir. Desde entonces ha tenido  dos planes de apertura económica ejecutados de manera fragmentaria, con límites para el tipo y tamaño del negocio particular y con un vigoroso catálogo de prohibiciones.

Esas barreras se endurecieron con políticas que esterilizaron la inversión extranjera, redujeron el sector privado o sembraron obstáculos.

Fidel Castro aceptó el primer plan y lo detuvo cuando pudo. Su hermano Raúl promovió el segundo y reconoció que debía frenarlo, por la resistencia del aparato dirigente. Miguel Díaz-Canel no intentó movimientos de peso. Sus planes de unificación monetaria y bancarización fracasaron.

El nuevo proyecto, tercero en casi cuatro décadas, repite decisiones, pero incorpora otras con las que rebasa sobradamente a las iniciativas anteriores. 

Con el apoyo explícito de Raúl Castro y de una sorpresiva declaración pública de su nieto Raúl Guillermo, ahora hay metas de envergadura, como convertir empresas estatales en sociedades por acciones, abiertas a corporaciones y particulares cubanos y extranjeros; abrir bancos privados con capital nacional y foráneo; permitir a particulares el libre comercio exterior; quitar límites el usufructo de tierra y eliminar la obligación de que un usufructuario trabaje físicamente su parcela.

La reforma elimina la política de tope al enriquecimiento personal y reconoce “el crecimiento legítimo del patrimonio financiero y material de las personas jurídicas y naturales”. 

Otros objetivos responden a viejas demandas internas, como la libre contratación de personal en firmas extranjeras, sin intermediario estatal; autorizar a una persona tener más de un negocio y que haya más de 100 trabajadores en una empresa; abrir cuentas bancarias con liquidez en divisas y casas de cambio particulares.

El nuevo escenario pasa por episodios traumáticos, también anunciados, como una devaluación progresiva del peso cubano, la quiebra de empresas ineficientes y despidos masivos. 

Aún hay dudas sobre el alcance de la planificación central que incluirá a los privados; la suerte del sistema de compras agrícolas centralizadas; el pago de pensiones por vías  particulares o si reaparecerán las barreras que derrotaron a las dos anteriores reformas. ¿La restauración de capitales impactará al sistema político? ¿Los nuevos magnates provendrán del partido único y las élites militar y de seguridad, como en Rusia? 

El gran problema, por ahora, es que es inimaginable quién quisiera invertir en Cuba, con una economía en picada por la ofensiva estadounidense y los problemas propios, estructurales y de coyuntura. Pero no puede descartarse una rápida acumulación de propiedades mirando al futuro.

Una vertiente del comentario de Sheinbaum es que el argumento para Trump ha embarnecido, con una vía para capitales estadounidenses, de cubanos emigrados y de cubanos residentes en la isla.

La reforma llega con gran retraso, responde a décadas de reclamos internos de la sociedad, de emprendedores y académicos. La paradoja es que el centro de gravedad de las decisiones ahora está en Washington. Cuestión de timing

*Este artículo se publicó originalmente en Reforma.

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Gerardo Arreola

Gerardo Arreola

Periodista mexicano. Autor de "Cuba. El futuro a debate". Escribe sobre México, Centroamérica, el Caribe y temas globales.

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