Trump y el ayatolá, Sheinbaum y el rey
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En julio de 1979, un guerrillero preso, torturado, y condenado a muerte, arenga a otros 25 detenidos, convencido en la victoria contra la dictadura
He querido cerrar esta saga sobre Gabriel Cardenal Caldera (Payo) con sus últimos momentos y palabras, conocidas gracias al poeta Ernesto Cardenal y a William Agudelo. En sus Memorias La Revolución Perdida, Ernesto Cardenal cuenta, y cito:
A mi oficina del Ministerio de Cultura llegó un hombre a decirme que había estado en la cárcel con mi sobrino Gabriel Cardenal momentos antes de que lo mataran, en los días finales de la insurrección. Y lo que me contó fue tan impresionante que le dije a William Agudelo, mi compañero de Solentiname al que había llevado a trabajar al Ministerio de Cultura, que grabara su relato. Así lo hizo.
Este relato motivó a William a entrevistar a más personas sobre la vida y lucha de Gabriel. Llegó a realizar 73 entrevistas que dieron origen a su libro El ángel de San Judas. Agudelo además de solidario con Nicaragua fue un talentoso escritor y con su guitarra y voz musicalizó los Salmos de Ernesto Cardenal que tanto impacto tuvieron en nuestra conciencia (1). El relato de los últimos momentos y palabras de Gabriel Cardenal lo hizo alguien que Agudelo nombra como Emilio González. No sé si es nombre verdadero o un seudónimo. He intentado identificarlo y no he podido.
Emilio cuenta que fue capturado en plena insurrección cuando estaba desenterrando un fusil M-1 para incorporarse a la lucha. Se nota que no tenía mucho tiempo de militancia. Fue llevado a la Central de Policía y luego a las cárceles de la OSN, donde fue torturado. Estaba en una celda con aproximadamente 25 prisioneros, hombres y mujeres, todos con capuchas y atados de pies y manos. Algunas mujeres tenían las manos sueltas y cuando no había guardias, las mujeres les subían las capuchas para poder respirar y hablar entre ellos.
El dramatismo de la situación lo expone Emilio cuando narra que horas antes habían llegado los esbirros a anunciarle a un muchacho que quedaba libre. —¡Vas libre, levantate! —le dijeron—. El muchacho no podía hacerlo. Tenía fracturada la columna. Estaba tirado en el suelo como un ovillo. Los agentes lo cargaron y todos oyeron los disparos cuando lo estaban asesinando.
Hay investigaciones que indican que eran celdas ubicadas en Mokorón, pues para entonces las celdas de la OSN en La Loma ya no daban abasto. Este es su relato:
Al doceavo día de estar ahí (no recuerdo la fecha porque no son circunstancias como para estar pendiente de la fecha), se oye que vienen arrastrando a alguien. Abren la puerta con lujo de violencia y tiran un cuerpo. Sin dejar de proferir insultos se retiran cerrando la puerta con la misma violencia que al entrar. Cuando, aguzando el oído, podemos determinar que se han alejado los esbirros con gran cuidado nos va levantando la capucha la mujer que no está amarrada.
Sabemos que el que sea hallado con la capucha levantada afronta una muerte segura porque la capucha, además de ser instrumento de tortura, es la garantía del anonimato del torturador.
Veo un cuerpo joven de varón, completamente desnudo, tirado en el suelo. Está muy golpeado, pero, más que eso, impresiona su debilidad, su desgaste físico. No sangra. En realidad, ya he visto ahí gente más maltratada que él, gente que tiene, por ejemplo, el cuello y el pubis sangrando porque les han puesto corriente eléctrica tomada directamente del enchufe de la pared. El cuello y los huevos sangrando por las tremendas quemaduras y cortaduras. Veo gente partida a golpes con reglas de madera a las que les han afilado los cantos. Después de haber visto cosas como esas puedo decir pues que el hombre, aunque está torturado, no tiene las huellas de haberlo sido en extremo.
Permanece un gran rato boca abajo, tirado allí. Luego se da vuelta sin ningún recato, sin ninguna vergüenza; no hace ni el menor ademán de cubrirse. Transcurrido otro buen rato se incorpora y va a pararse junto a la pared, en un sitio cercano a la puerta por donde lo han metido. Es un sitio donde no hay nadie porque los esbirros han dado la orden de que todo mundo se mantenga replegado al fondo de la celda. Allí se sienta en el suelo. Se queda mirándonos y nosotros mirándolo a él sin proferir palabra. Hay dos cosas que nos llaman más la atención en él que su desnudez: no tiene capucha y no está amarrado; por esa razón algunos de nosotros se cubren inmediatamente. Él es el único de todos los que estamos ahí que permanece en esas condiciones.
Se extiende un sentimiento general de desconfianza porque sabemos que la OSN infiltra gente entre los prisioneros para sacar información, práctica usada por los organismos represivos que siempre da resultados. Estoy seguro de que entre nosotros hay algún infiltrado durante el tiempo que permanezco allí. También es cierto que el hecho de que lo tengan desnudo mengua esa desconfianza, yo por lo menos me hago la reflexión de que no nos van a meter a un infiltrado desnudo porque va a llamar demasiado la atención. El hecho es que allí todo mundo desconfía y es normal que así sea.
Yo ando barbudo y con el pelo largo y si, además de eso llevo más de 12 días sin comer y siete de ellos sin probar agua, hay razones de sobra para pensar que mi aspecto es impresionante también. Revisa despacio a cada uno de nosotros. En esos días no es prudente dejarse ver como ando yo. Son tiempos en los que cualquiera que ande barbudo puede fácilmente tener problemas con la guardia. No sé si porque me ve pinta de guerrillero, pero se dirige a mí:
—Y vos, ¿sos de aquí de Managua?
—Sí —le digo—.
—Y… ¿sos del Frente Sandinista?
—Yo soy preso —le digo—.
Aunque mi trayectoria no es larga, sí tengo conexiones con el Frente. Claro que eso no se lo voy a decir a nadie allí. Él tiene una expresión un poco ausente y es evidente que está afectado psicológicamente. Continúa:
—Si estás preso por la misma causa que yo, debo deducir que sabes cómo está la situación allá afuera.
—No lo sé —le digo—. Yo soy un preso como vos.
—¿Cuántos días —me dice— tenés de estar aquí?
—Como diez o doce —le digo—.
—Entonces debés saber más que yo que tengo dos semanas. Necesito saber cómo está la situación. Vos debés tener información, porque no estás aislado como lo he estado yo. De hecho, vos oís hablar aquí y sabes cómo están las cosas. ¡Decime! ¡Te ordeno que me informés!
En esos días se ha dado El Repliegue táctico a Masaya. Aunque no puedo precisar la fecha sí puedo decir que no hace mucho tiempo de eso. Me he enterado porque los mismos guardias que han estado en las acciones combativas llegan allí comentándolo a voces (no sé si son los de la OSN o guardias uniformados de la guarnición). Es público el hecho de que la gente se ha replegado hacia Masaya. Yo, queriendo ser sincero con él, se lo digo:
—Hombré, la situación en este momento es la siguiente: la guerra continúa, pero la gente que estaba combatiendo en Santa Rosa y en los barrios orientales se retiró en bloque hacia Masaya. Yo conozco la situación de la Carretera Norte y de los barrios Orientales en general y sé que Nacho y su gente se han retirado de ahí, que el comandante Ferretti y toda su gente se han replegado. No recuerdo de qué manera me he enterado, pero yo lo sé.
—¿Y por qué se retiraron? —me dice— ¿por qué?
—No lo sé —le digo—. La causa no la sé, yo no soy una persona que pueda saber todas esas cosas. Pero la gente se retiró.
—Pero ¿por qué? —me dice—. ¡Vos me estás mintiendo!
Y me interpela a voz en cuello, grita sin ninguna inhibición, tiene esa hombría de gritar ahí donde todo el mundo, excepto los guardias, hablan en tono suave. Siento que la situación se ha vuelto peligrosa, que en cualquier momento puede entrar la guardia y quebrarnos a los dos, puesto que estamos en abierto diálogo.
—Lo único que te puedo decir es que desconozco las razones —le digo—.
Mi desconfianza ha cedido un poco pero aun así sigo pensando que él puede ser un elemento que nos han metido allí hábilmente para sacarnos información. Sigue pareciéndome sospechoso el hecho de que esté suelto y sin capucha.
—Vos me estás mintiendo —me dice—. ¡Eso no puede ser! Están creadas las condiciones para la victoria ¡Vos me estás mintiendo!
—Hombré —le digo— no tengo razones para mentirte. Es cierto que la gente se retiró y eso lo he sabido de boca de los mismos guardias. Todo mundo lo sabe aquí. Managua ha sido desalojada.
—¡No! ¡No puede ser! —vuelve a insistir—.
Me impresiona profundamente su llanto. En ese lugar donde estamos llora todo el mundo, pero el compa llora por razones muy diferentes. Llora de coraje al saber que la gente que ha andado con él se ha retirado del frente de la lucha, llora porque ve esa retirada —desde su prisión y desde sus condiciones—, como una derrota. Se serena y se acuesta un buen rato en el piso. Luego se pone de pie y, con una gran calma, me dice mirándome fijo:
—Hombré, puede ser.
(…) Sigue hablando Emilio:
Siento una necesidad tremenda de comunicarme, de hablar con alguien. Quiero decir también que, a mí, a esas alturas, me importa poco que nos oigan los guardias —siento que a él le importa menos todavía— Entonces le digo:
—Analizando bien la situación hay que concluir que el Frente Sur ha llegado hasta Masaya. Me parece que lo que ha hecho la gente de Managua es ir a unírseles. Eso es lo que supongo. Se sabe que el más fuerte en estos en esos momentos es el Frente Sur que ha estado combatiendo contra lo más granado de la EEBI en El Ostional, en Sapoá, en Peñas Blancas; que ellos conforman una fuerza con armas de apoyo y con acceso a Costa Rica. No es remota, pues, la idea de que el Frente Sur haya avanzado y tomado posiciones ventajosas no sólo en Rivas sino en Granada, Masaya, Carazo, etcétera. Honestamente, en esos momentos no veo las cosas tan así, pero quiero infundirle a él un poco de ánimo ya que se mira tan avergonzado por lo que él supone una derrota. No le puedo decir nada mejor. Se calma poco a poco.
—Mira —me dice—, yo Soy Gabriel Cardenal y soy militante del Frente Sandinista. “Payo” es mi seudónimo. Soy sobrino del cura.
—¿De cuál? —le pregunto—.
—Del cura Cardenal —me dice—.
—Bueno es que hay dos —le digo— y uno de ellos está metido en el grupo de “Los Doce”. ¿De cuál sos sobrino?
—De los dos: del de “Los Doce” y del cura de Solentiname, porque son hermanos.
Después de una larga pausa me dice:
—Quisiera que tuvieras bien claro que al hablar conmigo estás hablando con un hombre muerto.
—¿Y por qué razón?
—¿Por qué crees que, a diferencia de los demás, me tienen sin esposas y sin capucha? ¿Por qué crees que me tienen desnudo? Sencillamente porque me van a matar dentro de poco. Y ya me lo dijeron, no creás que son imaginaciones mías. Me han traído aquí con el fin de sacarme información que no les he querido dar y, sencillamente, ya no soy más que un estorbo para ellos. Venía con un compañero en un vehículo cargado de armas camufladas y la guardia nos interceptó. El solo hecho de que me hayan capturado en esa circunstancia ya justifica mi muerte.
Hace otra larga pausa. Piensa intensamente y después me dice:
—Si salís vivo de aquí te pido el favor de buscar a mis familiares y referirles este encuentro que has tenido conmigo. Contales las circunstancias en que me conociste. Todos los Cardenal son mi familia. Me han tenido durante 15 días —me cuenta—, en una celda extremadamente pequeña donde no me era posible en ningún momento estar sentado. Como bien podés ver tengo llagada a la piel a la altura de la chincaca y a la altura de las rodillas por qué, sencillamente, cuando no aguantaba estar de pie me tenía que apoyar en esas partes del cuerpo.
He notado que mantiene la mano derecha empuñada alrededor de un objeto rollizo que parece una batería.
—¿Qué es lo que tenés en la mano? —le pregunto—.
Él repara en ello y me responde: —No me había dado cuenta de que tengo algo en la mano.
Lentamente la va abriendo, extendiendo con dificultad los dedos. Cuando la abre completamente veo lo que ha tenido empuñado es un rollo de bolsas plásticas.
—Esto —me dice—, lo he tenido durante todo el tiempo que he estado aquí y no me había dado cuenta. Cuando me traen aquí me entregan este rollo de bolsas plásticas para que yo defeque en ellas, pero ¿cómo voy a defecar, decime, si ya llevo quince días sin probar un bocado, sin beber agua siquiera?
Con un ademán violento tira las bolsas contra la pared. Después se pone de pie y se dirige a todos los presentes. Yo he querido muchas veces transcribir lo que recuerdo de su discurso, porque es una impresión muy fuerte, no solo para mí en lo particular, sino para todos los presentes. Yo he tenido sensaciones parecidas después del triunfo escuchando a un buen orador. He oído grandes discursos, pero la verdad es que nadie me ha impresionado tanto como Gabriel Cardenal.
Tal vez son las circunstancias en que lo escucho, el ambiente que hay allí en esos momentos. La verdad es que me parece algo inverosímil que en condiciones tales a alguien se le pueda ocurrir hacer un discurso de agitación política, con los esbirros en la oficina de al lado que escuchan perfectamente. Me ha dicho minutos antes que está a punto de llegar la ambulancia en que lo llevarán a la muerte. Que él está ahí en capilla, esperando, como la res amarrada en el corral para ser llevada al destace.
Su discurso impresiona por la capacidad de agitación. Nos insta a no sentir temor, a no rebajarnos ante el enemigo. Nos transmite una gran fe en la victoria definitiva, su convicción de que la lucha no tiene retroceso posible. Habla de la fuerza enorme que se ha logrado reunir en contra de la dictadura, fuerza tal que no admite ningún tipo de flaqueza y menos aún en las circunstancias en que nos hallamos como prisioneros. No he visto a nadie tan convencido de la victoria final como lo está él en estos momentos.
En su discurso hace un análisis claro y profundo sobre el repliegue táctico a Masaya. Y los guardias están oyéndolo todo el tiempo. No pueden dejar de oírlo, él está hablando más que en voz alta a grito partido. Cuando digo que su discurso es agitativo me refiero a esa cualidad del discurso callejero que se hace sin micrófono, sin megáfono, parado en una esquina para levantar los ánimos de la gente.
El discurso de Gabriel nos mantiene, a los veinticinco que estamos ahí, con las capuchas levantadas. Entiendo que allí hay sandinistas, colaboradores, gente que no sabe nada, gente que nunca en su puta vida se ha metido en algo, y más de algún infiltrado. Termina y no hay aplausos. Es una situación que resulta difícil de explicar, pero que todo mundo puede comprender. Para todos resulta inimaginable que alguien se ponga a gritar en la mera central, en la mera guarida de la OSN. Yo he oído sobre un militante sandinista que fue capaz de golpear a un esbirro en estas mismas oficinas de la Seguridad y me digo —“Este está vergueándolos con la palabra y con la voz”. Al final después de gritar todas las consignas se vuelve a sentar.
Se oye entrar un vehículo. Él, mirándome fijo, me dice:
—Esa es la ambulancia en que me van a llevar. Y no es que yo sea clarividente, ya he oído decir al jefe de interrogatorios: —Mátenlo, lo llevan en la ambulancia y lo botan. Ese es el método empleado aquí y eso es lo que van a hacer conmigo.
Lo impresionante de todo esto no es solamente oír que vaticina lo que van a hacer con él, sino tener que ser testigo de sus vaticinios. Para cuando abren la puerta ya todo el mundo se ha bajado la capucha y se han tirado al suelo. Unos aparentan dormir y otros están sentados en una tensa quietud. Entran los esbirros, lo agarran y se lo llevan. Hace apenas unos instantes lo he visto ya por última vez. Gabriel tiene el aspecto de un Nazareno, de uno de esos Cristos martirizados de las iglesias.
Fin de la historia
Debo confesar que cada vez que leo este relato lloro. Tal y como he explicado en las dos primeras partes de esta saga sobre Gabriel, porque tuve la dicha de conocerlo brevemente y saborear su dulzura, calidad humana, y sus últimos momentos me conmueven íntimamente.
Gabriel fue capturado junto a Douglas Mejía Obando, el 20 de junio frente a TELCOR de Villa Fontana. Fue asesinado el 4 de julio de 1979, faltando quince días para el triunfo de la revolución, que él sabía que llegaría, aunque él no lo viera. Horas después el padre Moisés Madrid, párroco de la Iglesia de San Isidro de la Cruz Verde, fue buscado por campesinos para que fuera a ver unos muchachos asesinados que estaban en el camino. El padre ya estaba acostumbrado, porque le había tocado enterrar decenas de cadáveres que la GN tiraba en ese lugar. El padre miró los cuerpos de dos jóvenes, uno blanquito y otro moreno. Les tomó fotografías, los enterró en el mismo lugar y hasta pudo recuperar papeles que alguien había encontrado con ellos.
Eran las ultimas notas de Gabriel Cardenal, con dibujos que hizo para sus compañeros y familiares. Dibujos inconfundibles, como los que habían ilustrado la revista Cristo Campesino, del CEPA.
La identificación precisa que se trataba de Gabriel Cardenal fue realizada por Martha Cecilia Roustan, cuando el padre Amando López, S.J, que entonces era el director del Colegio Centroamérica, le presentó las fotografías de los cadáveres. Cuando Martha Cecilia vio las fotografías exclamó: —¡Es Payo!
Los cadáveres de Gabriel y de muchos otros jóvenes enterrados en el sitio improvisado fueron recuperados después del 19 de julio. En ese mismo lugar fue encontrado el cuerpo de William Díaz Romero, capturado el 19 de junio, quien entonces era el compañero de mi hermana Amparo.
El padre Amando López, S.J., es uno de los mártires de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), de El Salvador, asesinados el 16 de noviembre de 1989 por el batallón Atlácalt, de las Fuerzas Armadas de ese país, que también dio muerte al Comandante Jesús (Antonio Cardenal), hermano de Payo.
Los detalles de la intensa vida de Gabriel, reafirman mi convicción de que los ideales que nos empujaron a esa lucha eran justos e históricamente irrenunciables; que nadie tiene la autoridad moral para decir que aquella lucha fue en vano, y que esa sangre derramada no tiene ningún valor. El sacrificio y la entrega de esos caídos debe ser ejemplo y acicate para librar las luchas actuales, entendiéndolas como parte del flujo de la historia, plagado de avances y retrocesos.
(1) William Agudelo murió el 19 de noviembre de 2023. De sus obras, recordamos Nuestro lecho es de flores, y sus canciones: Canto a una tierra que pronto va a nacer.
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Guerrillera, revolucionaria y política nicaragüense. Participó en la insurrección contra la dictadura somocista. Exdiputada de la Asamblea Nacional. Fundó el disidente Movimiento por el Rescate del Sandinismo. Tiene una licenciatura en Ciencias Sociales y una maestría en Derecho Municipal de la Universidad de Barcelona, España. Es autora de la serie "Memorias de la Lucha Sandinista".
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