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Honrar la memoria de Roberto Samcam

La historia nicaragüense está habitada por múltiples heridas. Reconocer el dolor de otras familias no debilita nuestra lucha, la humaniza

Roberto Samcam en su programa A Fondo

Roberto Samcam fundó "A Fondo", un programa de análisis político que llevó de la radio a la televisión. // Foto: Cortesía

Claudia Vargas

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Cuando nací, en 1972, la dictadura somocista tenía 36 años en el poder. Nicaragua ya cargaba una historia de resistencias, silencios y heridas acumuladas. Roberto participaba activamente en esa resistencia y, para 1979, ya había sido correo, y había conocido la clandestinidad y el exilio, tres de las múltiples formas que fue tomando la lucha contra la dictadura. Regresó a Nicaragua el 19 de julio, el día en que triunfó la revolución.

Hace unos días escribía sobre cómo habitamos las pérdidas en contextos de represión y exilio. Entre los mensajes que recibí apareció también una interpelación al pasado político de Roberto y a las marcas que los años ochenta siguen dejando en muchas familias nicaragüenses.

Lejos de evadir ese cuestionamiento, me movió a una reflexión necesaria. Si sostenemos que el duelo no es solo una experiencia íntima, sino también colectiva, tenemos que estar dispuestas a mirar de frente las complejidades, los claroscuros y las memorias acumuladas que cargamos como sociedad.

En Nicaragua, el dolor no empezó ayer. Las narrativas sobre el pasado siguen activas y continúan moldeando nuestro presente. Esa interpelación también me removió algo que he venido descubriendo en este último año: que el asesinato de Roberto me ha abierto un portal hacia memorias y asesinatos políticos que han marcado la vida política de Nicaragua, incluso antes de que yo naciera.

Tal vez porque nuestros cuerpos también son registros históricos y porque hay heridas que no desaparecen: se acumulan, se heredan y reaparecen en distintos momentos de nuestra vida colectiva.

Escribir sobre Roberto Samcam* desde este lugar es, para mí, un ejercicio de honestidad histórica. Las personas que han vivido intensamente, han protagonizado los procesos de su tiempo y han dejado huellas en la historia no pueden ser reducidas a análisis simplistas. Hacerlo sería achicar la mirada: poner una lupa sobre el individuo y olvidar las condiciones históricas, las estructuras de poder, las disputas globales, las asimetrías y los múltiples actores que configuraron cada época.

Roberto perteneció a una generación que enfrentó una dinastía somocista. Después participó en un conflicto desgarrador, una guerra de intervención y civil, atravesada también por las lógicas de la Guerra Fría mundial. Esa historia no puede leerse con ligereza ni desde la comodidad de las etiquetas rápidas.

Pero su trayectoria tampoco puede quedar congelada en un solo momento. La dignidad de su camino no radicó en una supuesta infalibilidad, sino en su capacidad crítica para mirar el entorno, mirarse a sí mismo, integrar aprendizajes y romper con aquello que ya no reconocía como propio. Se apartó al anticipar que el proyecto en el que alguna vez creyó ya no existía y que se estaba convirtiendo en aquello que una vez combatieron. El hilo conductor de su trayectoria no está en los lugares que ocupó, sino en las convicciones que nunca abandonó.

La ruptura no fue solamente política. También transformó las formas de su compromiso con el país. Cuando en 1990 la paz se volvió una posibilidad real, solicitó su retiro del Ejército. Años después, cuando vio esa paz amenazada, volvería a involucrarse en la vida pública y partidaria desde otros espacios, convencido de que las convicciones podían sostenerse sin las armas. La política, el análisis, la documentación, la denuncia y la palabra ocuparon el lugar que antes había tenido la guerra.

Roberto se convirtió en un firme opositor a la dictadura Ortega Murillo, de hoy. Lo hizo con la misma convicción con la que en su juventud enfrentó a la dictadura somocista. Y quizá ahí está una parte fundamental de su legado: no haber quedado prisionero de una identidad política cuando esta dejó de representar sus convicciones, sino haberse atrevido a revisar, a desobedecer y a encontrar nuevas formas de encarnar los principios que siempre defendió.

Esto dialoga con una convicción que he venido trabajando: La salida es hacia adentro. No podemos construir futuro si seguimos reduciendo nuestra historia a polos absolutistas. No podemos hablar seriamente de memoria, justicia o democracia si convertimos las biografías políticas en caricaturas morales. Comprender no es justificar. Mirar con amplitud no significa borrar responsabilidades, ni desconocer las asimetrías del poder, ni relativizar el dolor de quienes fueron víctimas en distintos momentos de nuestra historia.

Al contrario. Para eso sirve la memoria. Para ampliar la mirada. Para comprender los caminos rotos. La historia nicaragüense está habitada por múltiples pasados y múltiples heridas. Conviven en ella quienes cargan las heridas de la dictadura somocista, quienes fueron atravesados por la guerra de los años ochenta y quienes han vivido la represión en tiempos más recientes. Muchas veces esas historias no están separadas. Habitan las mismas familias, los mismos cuerpos y las mismas biografías. Las heridas no siempre pertenecen a generaciones distintas. A veces se acumulan, se heredan y se superponen.

Reconocer el dolor de otras familias no debilita nuestra lucha actual; la humaniza. Politizar el duelo colectivo implica también hacernos cargo de esas herencias históricas y aceptar que la memoria compartida no es unánime. Es un territorio en disputa, pero también puede ser un espacio para comprendernos mejor.

El debate que necesitamos no es el del insulto estéril en una pantalla. Tampoco el de la simplificación que cancela toda complejidad. Necesitamos una palabra capaz de sostener las contradicciones sin renunciar a la verdad.

Honrar la memoria de Roberto y pensar Nicaragua exige esa madurez: aceptar que una persona pudo haber sido parte de una historia dolorosa y, al mismo tiempo, tuvo la lucidez, la valentía y la honestidad de romper con ella para defender la libertad hasta el último de sus días.

La memoria que necesitamos no es una memoria complaciente, sino una memoria más rigurosa y más humana. Una memoria capaz de mirar las heridas de frente sin negar la humanidad de quienes fueron protagonistas de esta historia y también fueron atravesados por ella, porque también tenemos derecho a la complejidad.

*Roberto Samcam fue un militar en retiro, analista político y una de las voces más críticas de la deriva autoritaria en Nicaragua. Exiliado en Costa Rica desde 2018, fue asesinado en San José el 19 de junio de 2025 en un crimen que hoy constituye el caso más emblemático del escalamiento de la represión transnacional nicaragüense.

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Claudia Vargas

Claudia Vargas

Socióloga. Defensora de derechos humanos. Viuda del mayor en retiro Roberto Samcam, refugiado nicaragüense en Costa Rica, ciudadano español, asesinado en San José, Costa Rica el 19 de junio de 2025.

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