Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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Washington le presta mayor atención a América Latina bajo Trump, pero no es una buena noticia. En vez de mantener libre comercio, es más proteccionista
En Colombia hay una versión de la Estatua de la Libertad.
Aunque pasé varias temporadas en Estados Unidos entre mi nacimiento y 1962—en Queens, Manhattan y Fort Lee, New Jersey—mi primer roce duradero y significativo con “lo americano” tuvo lugar en Egipto. Me explico.
Mi padre fue nombrado embajador de México en El Cairo en 1962. Aunque había estado inscrito en el Liceo Francés de Nueva York, él y mi madre rápidamente concluyeron que esa opción no era viable a las orillas del Nilo. Seguía muy fresco el intento de invasión franco-inglesa de 1956, y el “Rais” (Arabe para líder) obligaba a los franceses a realizar todas las clases del liceo … en árabe. La única solución radicó en matricular a mi hermana y a mí en el Cairo American College (CAC), que además se ubicaba a dos cuadras de la residencia diplomática, en Maadi.
Durante tres años, viví una vida americana en Egipto. Todos mis compañeros de escuela, mis maestros y los padres de mis amigos eran estadounidenses. Hablaba inglés con ellos, escuchaba por onda corta los partidos de béisbol con ellos y festejaba cada invitación a pasar un fin de semana en sus casas. Allí abundaban los mayores atractivos de la vida americana: “goodies” de todo tipo, procedentes del PX o Commissary de la embajada de Washington. Disponía de ellos el conjunto de norteamericanos residentes en El Cairo—desde los colaboradores científicos del Naval Research Medical Command (NAMRU) hasta Eugene Milligan, el jefe de estación de la CIA y padrastro de uno de mis mejores amigos, Peter Hill, y que fue expulsado por el Presidente Gamal Abdel Nasser en 1963.
Este primer contacto longevo y profundo con Estados Unidos me “agringó”, pero también me permitió conocer en persona lo mejor y lo peor de Estados Unidos. Lo mejor, a los 12 años de edad: un verdadero compromiso de decenas de oficiales comprometidos con la ayuda a la sociedad egipcia, con la erradicación de la pobreza o el glaucoma, con la ayuda humanitaria en situaciones de hambruna, dotados de una voluntad de conocer y entender el país donde se encontraban. Lo peor: el innegable racismo que brotaba no tan esporádicamente entre algunos de mis compañeros de escuela, cuando se topaban con egipcios de a pie, y el desprecio que también afloraba frente a la forma de vida de los “Ayrabs” o “ragheads”.
Seguí en contacto con Estados Unidos durante mi adolescencia, pero solo a través de visitas ocasionales. Mi siguiente acercamiento se produjo a los diecisiete años, al enviarme mis padres a la Universidad de Princeton, a cursar estudios superiores. No lo hicieron con un exceso de entusiasmo, pero en 1970 la Universidad Nacional Autónoma de México seguía presa de las secuelas del movimiento estudiantil y de la subsiguiente represión gubernamental de 1968. No era una opción. Asimismo, para cursar estudios universitarios en otra institución mexicana, forzosamente privada y archielitista, mejor hacerlo en una de las universidades más elitistas del mundo. Allí me mandaron.
Mis sentimientos hacia Estados Unidos cambiaron, o más bien maduraron. Presencié las últimas grandes manifestaciones contra la Guerra de Vietnam, la campaña presidencial de George McGovern en 1972, la fascinación u obnubilación de mis compañeros puertorriqueños y de mis sobresalientes maestros con la Revolución Cubana, y su animadversión ante las tropelías de Washington en su contra. Pero también comprobé en los hechos cómo Estados Unidos seguía siendo “God´s country” para miles de estudiantes extranjeros, para millones de migrantes del mundo entero, y para numerosos exiliados políticos de distintas partes del globo. Creo que logré comprender la complejidad de la sociedad y del sistema político norteamericano, y adquirir una visión más matizada y equilibrada de la política exterior de Washington en general, frente a América Latina, y en particular en relación con México.
Ahondé mi interés y estudio de la relación entre México y Estados Unidos a lo largo de los siguientes treinta años. Junto con Robert Pastor, académico, amigo y encargado de América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, escribí un libro al respecto, que encontró cierto eco en México y en Estados Unidos. Tuve la oportunidad de poner en práctica algunas de las ideas emanadas de mis investigaciones y contactos durante el tiempo en que mi padre ocupó la Secretaría de Relaciones Exteriores (1979-1982) y en el lapso en el que ocupé yo mismo el cargo (2000-2003). Entendí dos tesis fundamentales para México.
La primera consiste en aceptar, seria y sinceramente, la enorme vulnerabilidad del país frente a su vecino. A su manera, todos los gobernantes mexicanos, desde los más conservadores —Porfirio Díaz, Miguel Alemán— hasta los más radicales—Lázaro Cárdenas, López Obrador—lo asimilaron siempre. La comentocracia mexicana no lo intuyó con la misma sensibilidad, lo cual generó, durante más de un siglo, un gran malentendido. Los sucesivos gobiernos fueron vistos como entreguistas o vendepatrias, por la intelectualidad, por la clase política opositora, por la academia, y en ocasiones por parte de la opinión pública, como excesivamente flexibles ante Washington. Los gobernantes, por su parte, no lograron transmitir con eficacia el descomunal desequilibrio de la correlación de fuerzas de México con su vecino del norte.
La segunda idea que recogí de autores, diplomáticos, periodistas y de mi padre, consistió en una especie de contrapunto a la primera. Sí, éramos tremendamente endebles ante el norte, pero no indefensos. Teníamos fichas de negociación, algunas más potentes y utilizables que otras, pero fichas al fin. Una de ellas, quizás la más importante, radica en el apoyo, la simpatía o el interés descarnado de diversos sectores de la sociedad norteamericana. Entre ellos figura, desde luego, la comunidad de ascendencia mexicana, pero no exclusivamente. Empresas, fundaciones, bancos, universidades, iglesias, múltiples organizaciones de la sociedad civil, congresistas y gobernadores manifestaban simpatía por México, de manera intermitente. Además, siempre disponíamos de instrumentos que podríamos llamar “termo-nucleares”, es decir, que no se pueden utilizar, pero que sirven como disuasivos. López Obrador recurrió a uno de ellos a finales de 2023, cuando desactivó los filtros para la migración no-mexicana a Estados Unidos.
Otras fichas son ignominiosas, aunque en ocasiones inevitables. Es el caso, por ejemplo, del cierre de la frontera sur del país por el gobierno actual de México de Claudia Sheinbaum, y del envío de diez mil efectivos militares a la frontera norte, o el envío de 55 narcotraficantes a Estados Unidos sin seguir los protocolos de extradición ni debido proceso. Una mejor ilustración de lo mismo yace en el procedimiento seguido por todos los gobiernos desde el de Carlos Salinas, incluyendo aquel de Vicente Fox del que fui integrante: la extradición de nacionales a otro país, algo que muy pocos gobiernos llevan a cabo. En resumen, dada la trascendencia de los temas mexicanos para Estados Unidos—ser el primer socio comercial, el lugar de residencia temporal de un millón y medio de ciudadanos, el proveedor de la mitad de la mano de obra de bajo costo importada de fuera— México no se encuentra ni manco ni cojo.
Lo cual nos conduce a la visión actual que albergó a propósito de Estados Unidos. Traté de exponerla con cierto detalle en un libro de 2020, America Through Foreign Eyes (Oxford University Press), y obviamente no puedo resumir esa visión en unas cuantas palabras. Pero si me resulta factible compartir un par de ideas sobre la visión de muchos latinoamericanos sobre Estados Unidos bajo el segundo gobierno de Trump. Existen varias encuestas —por ejemplo, de The Economist, en noviembre de 2025—que muestran esta evolución.
Washington le presta mayor atención a América Latina bajo Trump, pero ello no es una buena noticia. He visto cómo en lugar de mantener el enfoque de libre comercio hacia la región, como fue el caso desde el primer presidente Bush en 1990 con México, Trump es cada vez más proteccionista. Para bien o para mal, la apertura comercial ha sido el leitmotif de la política económica de casi la totalidad de los países de la región, y un cambio intempestivo, carente de visión estratégica, e impuesto sin negociación, puede perjudicar a muchas naciones. Entre ellas, a México.
Ha reanudado la guerra contra las drogas con una intensidad y fuerza mayor que la de cualquiera de sus predecesores, y ha sometido a maltrato y/o a deportación a decenas de miles de latinoamericanos en Estados Unidos, en situación ilegal, legal o intermedia. Y ha elevado el tono de la agresividad contra los regímenes considerados como hostiles por Washington como ninguno de los presidentes que lo antecedieron, por lo menos desde Ronald Reagan.
Algunos gobiernos han recibido un trato favorable de Trump, y probablemente las sociedades correspondientes ven con buenos ojos esa benevolencia. Entre los ejemplos figuran en primer lugar Argentina y El Salvador, y en menor medida Ecuador. Para el 2026, podemos suponer que Perú, Chile y Bolivia también serán objeto de una mirada más amistosa de Trump, mientras que México, Brasil y Colombia seguirán en la mira. Todo esto, como tantos acontecimientos en el pasado de la relación entre las dos mitades del hemisferio occidental, no se eternizará. Los ciclos permanecen, las estructuras también, y los estados de ánimo se esfuman con el tiempo.
Así sucederá también con el anti-americanismo que el mismo Trump ha despertado en buena parte de América Latina, y que he combatido desde el ingreso a la vida profesional y política. Los motivos del resentimiento latinoamericano siempre me resultaron evidentes, pero este último me pareció fútil y contraproducente. Espero ver el día en que lo superen mis colegas en la academia, la política y la comentocracia.
*Este artículo se publicó originalmente en The Harvard Review of Latin America.
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Político y comentarista mexicano. Catedrático en la Universidad de Nueva York. Fue Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003. Hijo del también diplomático mexicano Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa.
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