Museo de Memoria itinerante sobre Nicaragua
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El 50% de la población de Nicaragua es menor de 26 años, mientras que en el liderazgo de la la oposición casi todos son mayores de 50 años
Daniel Ortega y Rosario Murillo encabezan un acto oficial en Managua, el 23 de febrero de 2026. | Foto: CCC
La captura de Nicolás Maduro y las presiones sobre el régimen cubano han avivado las esperanzas sobre el accionar de EE. UU. respecto de la dictadura Ortega-Murillo en Nicaragua y la posibilidad de una transición democrática. Pero hay una interrogante que vale la pena analizar ¿está en manos de Daniel Ortega y Rosario Murillo controlar su futuro inmediato y el del país?
El dilema central del régimen Ortega-Murillo no es entregar el poder, sino, eludir las consecuencias inherentes de salir del poder, la rendición de cuentas. Daniel Ortega y Rosario Murillo ya son prisioneros de las consecuencias que trae haber cometido Crímenes de Lesa Humanidad contra el pueblo de Nicaragua, es por ello no pueden entregar el poder.
Para el infortunio de la dictadura, ellos no pueden ofrecer nada que un gobierno de transición en Nicaragua le pueda ofrecer a EE. UU., y por otra parte, como buen empresario, Donald Trump es un hombre de resultados. Para Trump, no es lo mismo decir que restableció la democracia en Nicaragua, que decir “saqué a Daniel Ortega”. El éxito, para que sea simbólico, debe tener nombre y rostro, como lo es Maduro o el Mencho.
Probablemente la estrategia del régimen sea reactiva, ir cediendo paulatinamente a las demandas de EE. UU. con la esperanza de que el contexto cambie y puedan sobrevivir, de hecho, y tal vez les resulte si se tiene en consideración la proximidad de la elección intermedia en EE. UU. Pero luego: ¿qué ocurrirá?; ¿asumirá Rosario Murillo el poder ante la ausencia de Daniel Ortega?; ¿tiene la certeza Rosario Murillo de que no la traicionarían?; y ¿qué pasará con sus hijos y nietos sin son derrocados abruptamente? Daniel Ortega y Rosario Murillo no pueden controlar el accionar de Donald Trump o de sus “allegados” ante la presión de EE. UU., pero si puede controlar el término de la dictadura con salvaguardas esenciales.
Irónicamente, si hoy Ortega y Murillo decidieran entregar el poder y asegurar una transición democrática, podría encontrar un aliado inesperado en Trump. Esa decisión podría trascender fronteras, al contribuir también en una transición en Cuba e impactar incluso en las elecciones de EE. UU. Paradójicamente, Ortega y Murillo, al permitir elecciones libres, podrían generar un efecto mariposa que impactaría más vidas en el planeta, que su decisión de permanecer en el poder hasta las últimas consecuencias. De hecho, tal vez la historia y/o la justicia, les concedan un mejor lugar.
Por otra parte, pienso que el rudimentario ejercicio del poder en Nicaragua es un problema esencialmente generacional y considero que la anhelada transición democrática no debe reducirse a un “quítate tú, para ponerme yo”. La sustitución de regímenes autoritarios por grupos antagónicos no nos permitió construir una democracia en 1979 y tampoco estableció una democracia sostenible en 1990 por extender una polarización, una nueva transición democrática debe tener debe tener como eje central el fortalecimiento institucional, por ello, resulta inconveniente que los actores llamados a ese proceso político fundamenten su legitimidad en credenciales de víctimas de persecución del antiguo régimen, justamente por extender en el debate público la polarización.
En ese orden de ideas hay que tener presente que el 50% de la población de Nicaragua es menor de 26 años, han crecido con el régimen. Al igual que Cuba, Ortega y Murillo han congelado en el tiempo al país en las últimas dos décadas, teniendo su impacto más notable en la segmentación generacional de la oposición, quienes casi en su totalidad son mayores de 50 años, y quienes además se encuadran en un segmento poblacional que representa aproximadamente el 20% del país, tenemos una oposición muy por encima de la edad mediana.
En suma, la clase política que naturalmente podría sustituir al régimen de Ortega y Murillo enfrenta inconvenientes como: el riesgo de extender una polarización política; una desconexión generacional con la realidad demográfica del país; una pérdida del pulso de la vida cotidiana actual en el país derivado del choque cultural inverso de la clase política por su exilio prolongado.
En contraposición, la existencia de un acuerdo político ante una eventual transición democrática para solo postular personas a cargos de elección popular menores de 50 años, puede representar las siguientes ventajas: persuadir al régimen de convocar a elecciones libres al convertirse en una garantía que un nuevo gobierno no lo constituirán sus acérrimos enemigos; facilitaría el consenso político al desplazar liderazgos antagónicos dentro de la misma oposición; puede recuperar la confianza en la oposición por parte de la ciudadanía al aparecer nuevos rostros y restringir a los de siempre; incluiría a actores sociales y políticos hasta hoy invisibilizados en Nicaragua por la política represiva del régimen.
Soy consciente de que es iluso pensar que el propio régimen de Ortega y Murillo propicie la transición democrática en el país, pero también considero que sólo una generación menor de 50 años puede crear las condiciones para que eso ocurra y que, además, su participación protagónica es la más viable para que dicha transición democrática resulte exitosa. Por todo ello, tal vez el relevo generacional de la clase política sea la clave para la transición democrática en Nicaragua y la consolidación de Estado de derecho sostenible en el tiempo.
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Abogado nicaragüense, máster y consultor independiente en Derechos Humanos, radicado en México.
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