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El colapso de Libre en Honduras: una derrota anunciada

El fracaso del partido de Mel Zelaya y Xiomara Castro en las elecciones: la corrupción y la polarización enterraron la promesa de refundar el país

La candidata oficialista del Partido Libertad y Refundación (Libre, izquierda), Rixi Moncada, habla en Tegucigalpa, Honduras, el lunes 1 de diciembre de 2025. | Foto: EFE/STR

Oscar Estrada

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Por un tiempo se habló de desgaste, de nubes negras, de cansancio acumulado. Pero al final la palabra que mejor encajaba era otra: colapso. No como drama exagerado, sino como descripción simple y cruda de lo que pasó.

En 2021, Libre irrumpió como esa vena por donde podía volver a correr la esperanza en un país harto de corrupción, violencia y instituciones secuestradas. Cuatro años después, en las urnas, ese río se convirtió en un hilito: apenas rondando el 20% de los votos, superado sin esfuerzo por una oposición que ni siquiera se presentó unida.

El proyecto que nació prometiendo refundar el país terminó siendo el recuerdo de una oportunidad que se dejó escapar.

Como en cualquier tragedia política que se respete, la caída no fue de golpe. Fue lenta, paso a paso. Una serie de malas decisiones, liderazgos cerrados, señales que se ignoraron y una arrogancia que no tuvo freno fueron preparando el terreno. Cuando llegaron las elecciones, la derrota no sorprendió a nadie; solo confirmó algo que ya estaba roto: el vínculo entre el partido y la gente.

Libre ganó en 2021 sobre todo como un gran “no”. Juan Orlando Hernández concentraba toda la rabia del país; Xiomara Castro y el liderazgo histórico de Mel Zelaya lograron canalizar ese enojo en votos. El mensaje ideológico quedó en segundo plano; lo importante era sacar a JOH. Y funcionó.

Lo que no funcionó fue pasar del rechazo a construir algo sólido, democrático, con pedagogía y con una ética realmente distinta. El partido llegó al poder con beneficiarios, no con militantes organizados. Donde hacía falta formar gente, se repartieron bonos; donde hacía falta tejido en los territorios, se entregaron contratos. El Estado terminó reemplazando a la militancia.

Esa debilidad salió a la luz con los primeros escándalos. El caso de Carlos “Carlón” Zelaya dolió mucho, no tanto por los detalles, sino porque mostró que los privilegios familiares seguían ahí, que la impunidad olía igual y que el poder no se había ido del todo aunque hubiera renuncias de papel. Para una base que había creído en el discurso anticorrupción, aquello fue un golpe duro. Ya no era un error aislado: era la prueba de que las viejas mañas volvían con otra camiseta.

Después vinieron más: José Carlos Cardona en SEDESOL, denuncias de maltrato laboral dentro del propio partido, el uso clientelar de los programas sociales, la política pública convertida en herramienta electoral. Uno solo no hubiera bastado para romper todo. Juntos construyeron una imagen irreversible: Libre había perdido la autoridad moral. El discurso de la “refundación” empezó a sonar vacío y la palabra “cambio” dejó de significar algo real para la gente. La desilusión se instaló poco a poco, sin ruido.

Desde el Congreso, Luis Redondo terminó siendo la cara visible de otro gran problema: la incapacidad para gobernar de forma democrática. Sesiones caóticas, peleas públicas, instituciones capturadas como botín de facciones. Todo transmitía desgobierno. La patada de Rasel Tomé, las traiciones de Marcos Eliud Girón y otros operadores que hablaban de la política como si fuera un partido de fútbol alimentaron la idea de que no se estaba refundando nada, solo administrando la toma del poder.

En el Ministerio Público, Johel Zelaya profundizó la desconfianza. Para algunos en el oficialismo era por fin una Fiscalía que actuaba; para mucha gente era la justicia puesta al servicio del partido. Ese mensaje doble terminó agotando la poca credibilidad que quedaba.

En política exterior, Enrique Reina y Gerardo Torres encarnaron otra contradicción enorme: discursos de soberanía fuerte mientras la CICIH, la gran promesa anticorrupción, nunca llegaba. Las excusas, los trámites eternos y la falta de reformas reales convirtieron una de las banderas más potentes en símbolo de incumplimiento.

Y luego estaba el desastre comunicacional. Gente como Gerardo Torres o Ricardo Salgado, desde posiciones cercanas al poder, hicieron de la confrontación digital su estilo habitual: insultos, burlas, descalificaciones constantes. “Idiotas”, “vendidos”, “enemigos del pueblo” se volvieron rutina en cuentas oficiales o cercanas al Gobierno.

El efecto fue el opuesto al que buscaban. La sociedad hondureña ya estaba cansada de tanta polarización y violencia verbal, y ellos no lo vieron. El insulto desde el poder sonó a soberbia. Muchos de los que más gritaron en redes terminaron barridos en las urnas, no por conspiraciones, sino porque la misma base, en silencio, votó contra ese estilo agresivo que había ocupado las pantallas durante cuatro años.

Aquí está una de las paradojas más fuertes: la base de Libre terminó siendo más lúcida que muchos de sus dirigentes. No salió a protestar ni a negar la realidad cuando los resultados fueron claros. Aceptó el veredicto y dejó caer, por la vía electoral, a quienes habían convertido el proyecto en caricatura.

La campaña de Rixi Moncada llegó ya agotada, cargando todo el peso de los errores anteriores. Sin primarias de verdad, sin renovar el discurso, sin distanciarse del desgaste del gobierno, no pudo ofrecer algo que se sintiera diferente. La sombra permanente de la estructura familiar y de figuras como Mario Moncada reforzó la idea de nepotismo y arrogancia. Culpar todo a factores externos en vez de hacer autocrítica fue otro error más. El partido llegó al día de las elecciones sin relato nuevo, sin esperanza fresca y sin conectar de nuevo con la gente.

La noche electoral solo confirmó lo que ya venía pasando: la derrota se gestó mucho antes en la cabeza de los votantes. La narrativa posterior de fraude, sin pruebas sólidas y sostenida solo por comunicados partidarios, fue una forma más de evadir la responsabilidad. En vez de asumir el fracaso, algunos prefirieron el victimismo, y eso solo confirmó la desconexión.

Al final, Libre no fue derrotado solo por sus adversarios, sino por sí mismo. Por creer que tener el poder era lo mismo que tener hegemonía, que la propaganda era verdad, que el insulto era militancia y que la asistencia social bastaba para crear conciencia política. Por cerrar el partido en una élite y marginar poco a poco a dirigentes territoriales, cuadros críticos, jóvenes, mujeres y militantes que no se alineaban del todo: precisamente los que hoy podrían ser la base de una reconstrucción real.

¿Y ahora qué? Toda refundación de verdad empieza por una renuncia. Aquí la renuncia necesaria es simbólica pero imprescindible: apartar a los liderazgos agotados que provocaron la derrota. No se les puede pedir que dirijan la regeneración a quienes llevaron al colapso.

El camino pasa por recuperar la democracia interna, devolverle la voz a la base que fue dejada de lado, formar cuadros políticos de verdad y cambiar el clientelismo por pedagogía. Significa dejar el odio como herramienta y volver a la conversación como forma de construir.

Si todavía queda esperanza para Libre, no está en quienes ocuparon el centro del poder, sino en los que quedaron al margen: los que no participaron del boato, los que no militaron insultando, los que no se enriquecieron ni confundieron gobierno con partido. Ahí está la semilla.

Quizá el partido aún pueda levantarse. Pero solo si acepta una verdad sencilla: lo que alguna vez pareció fuerza terminó siendo su destino. Para cambiarlo, primero hay que reconocer el derrumbe sin excusas. Solo después se puede empezar a caminar otra vez. Buena suerte.

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Oscar Estrada

Oscar Estrada

Escritor, guionista y periodista hondureño. Director de +Conscientes en ICN y autor del libro “Tierra de Narcos, como las mafias se apropiaron de Honduras”.

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