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El último lugar es el lugar de Dios

Homilía del obispo Silvio Báez: “Se engañan quienes creen que vivir es vencer y ser importantes, visibles o tener prestigio”

El obispo nicaragüense Silvio Báez oficia la misa en la iglesia Santa Agatha, en Miami, del 31 de agosto de 2025. | Foto: Tomada de la cuenta X del padre Edwin Román

Mons. Silvio Báez

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El evangelio de hoy relata que Jesús fue invitado a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos y, mientras comían, comenzó a observar que muchos se abalanzaban sobre los primeros lugares. Entonces, aprovecha para tomar la palabra, diciéndoles: “Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal” (Lc 14,7-9).

La lección de Jesús es una oportuna enseñanza de urbanidad para no hacer el ridículo en algunas ocasiones. Todos hemos visto cómo la gente se pelea en algunos eventos sociales por estar en el lugar más destacado, al lado del personaje más importante y mejor si se logra sacar una foto para luego publicarla en redes sociales. Así somos. Por eso, en algunos banquetes muy elegantes, el anfitrión pone un cartelito con el nombre de cada invitado sobre la mesa, para evitar que se disputen entre ellos los puestos. Para Jesús buscar los lugares importantes en un banquete abriéndose camino a codazos es, por lo menos, ridículo. Con estas actitudes cualquier fiesta, el simple estar juntos, se convierte en una competencia.

Es claro que la enseñanza de Jesús no es una simple lección de urbanidad y de buenos modales. Aquella sala del banquete del evangelio de hoy es una metáfora de la vida. Para Jesús la vida no es una competencia. Se engañan quienes creen que vivir es vencer y ser importantes, visibles o tener prestigio. Querer estar en un lugar importante, ocupar el puesto más destacado, no nos hace más grandes ni más importantes. Este deseo muestra solo nuestra ambición egoísta, nuestra inmadurez humana y hasta nuestra propia inseguridad. El valor de una persona está en sus valores, en sus sentimientos bondadosos y en su rectitud de corazón.

Jesús, en cambio, hace una recomendación desconcertante: “Cuando te inviten, anda más bien a sentarte en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: Amigo, siéntate en un lugar más destacado” (Lc 14,10). El último lugar no es un castigo. El último lugar es el lugar de Dios, que puede ser incómodo, pero es redentor, pues es el lugar de Jesús, que vino para servir y no para ser servido; es el lugar de quien sabe que su dignidad no depende del lugar que ocupa. El último lugar es sobre todo el lugar de quien ama más, y por eso no se atormenta yendo al fondo de la sala, a un lugar escondido para dejar espacio para los demás. La vida es una fiesta que se disfruta intensamente cuando no nos servimos de las situaciones para arrebatar el lugar a los demás, ni pasamos por encima de nadie para estar por delante. La vida se vuelve fiesta cuando en en el último lugar escuchamos que el anfitrión nos dice: “Amigo, sube más arriba, siéntate en un lugar más destacado” (Lc 14,10).

“Amigo”, sube más arriba” (Lc 14,10). A quien ha elegido estar en el fondo de la sala Dios le reserva este nombre intenso y dulce y se lo susurra al oído: “amigo”. Como diciéndole: Eres mi amigo y amigo de los demás. Lo has demostrado con tu gesto, con el que parecías decir a cada uno de los comensales: “tú eres más importante que yo; antes que yo, pasa tú”. Cuando en la vida cedemos a los demás la primacía, la importancia y vamos al último lugar, Dios nos dirá “amigos”, amigos suyos, pues él, Dios, no hace eternamente otra cosa que considerar a cada ser humano más importante que sí mismo. El “último lugar” es el lugar de Dios, quien a través de Jesús ha querido ser el último de la humanidad, ocupando el último puesto en el mundo ­–la cruz­–, y precisamente con esta humildad radical nos redimió del pecado y nos sigue perdonando y levantando continuamente.

El “último lugar” es, pues, el lugar de Jesús, quien nunca ocupó el primer lugar. Y, por eso mismo, sus seguidores no son señores acomodados sentados en tronos, sino humildes servidores de los demás. El “último lugar” es el lugar de la fraternidad y de la comunión: No se va al último lugar por simple modestia o humildad, sino por propiciar y crear fraternidad. El “último lugar”, es también el lugar de la obediencia, que muchas veces es el lugar de la soledad y de la humillación. Quienes van al último lugar por obediencia, como Jesús fue a la cruz haciéndose obediente, tarde o temprano oyen esa voz amorosa que susurra al oído:amigo, sube más arriba”.

El “último lugar” es el lugar de la solidaridad. Quien no elige el último lugar, no podrá nunca sentir el dolor de quienes están en soledad, sufren pobreza o están privados injustamente de su libertad. “El último lugar” es el lugar que permite ver mejor. Quien elige el último lugar no vive extasiado y sumiso ante la grandeza del que está por encima, sino lleno de compasión y solidaridad frente a quien está por debajo.

Elegir el último lugar es simplemente ser lo que somos, y desde allí dar a los demás lo mejor de lo que somos. Elegir el último lugar es reconocer nuestras carencias, nuestras debilidades y defectos con serenidad, sin amargura. Todos somos defectuosos de fábrica. Sin embargo, desde el último lugar podremos agradecer al Señor por nuestras cualidades y talentos y ponerlos al servicio de los demás y de la fraternidad con sencillez y alegría. Elegir el último lugar es gozar como Jesús de que haya espacio para otros y también para nosotros, sin reducir la vida a una burda competición, en la que hacemos de todo para obtener algún reconocimiento.

La primera lectura de hoy, tomada del antiguo libro del Eclesiástico nos dice algo fundamental: “Hazte más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor” (Eclo 3,18). Qué gran lección para los que deciden el destino de sus naciones. Todos sabemos que el poder puede llegar a cegar la conciencias y corromper el corazón. Los peores gobernantes tienen horror al “último lugar”, al lugar del amor, de la escucha, de la rectificación de sus errores, el lugar que abre espacios para otros en vez de cerrárselos. Hay poderosos que no solo quieren tener los primeros puestos, sino ser los únicos: los únicos que tienen voz, los únicos que deciden, los únicos que piensan. Si quien tiene el poder en un país piensa que ceder es signo de debilidad y que conceder algo es perder, demuestra que es un peligro social y que no tiene ni capacidad ni derecho para ejercer el poder.

Hay pueblos también, como los nuestros, que no necesitan elegir el último lugar porque ya se encuentras en él: empujados por la opresión, silenciados por el poder arbitrario, invisibles para el mundo. Nuestros pueblos están exactamente donde Jesús eligió estar, en el último lugar, en el lugar privilegiado donde Dios manifiesta más claramente su poder liberador. Esta es la buena noticia del Evangelio.

Desde ese último lugar impuesto, nuestros pueblos oprimidos deben custodiar tres tesoros que ningún régimen puede confiscar: su dignidad inviolable, que les ha sido dada por Dios; su memoria y su esperanza lúcida resistiendo pacíficamente sabiendo que un día todo será mejor, y la verdad que es más fuerte que cualquier amenaza o propaganda intimidatoria. La humildad de nuestros pueblos no es sumisión, sino el más grande “contrapoder espiritual” que desarma la arrogancia de los poderosos. Porque Dios tiene preferencia por los pequeños, por los que lloran en secreto, por los que padecen injusticia. Y a ellos, desde su aparente derrota, les llegará más pronto que a nadie la voz del Anfitrión eterno: “Amigo, pueblo mío, sube más arriba.

Quien es humilde puede parecer débil o perdedor, pero en realidad es fuerte y grande, porque se asemeja a nuestro Dios, que es “manso y humilde de corazón”. Quien elige “el último lugar”, el lugar de Jesús en la cruz, aún en la tentación, en el dolor, en la humillación o en el pecado, escuchará siempre la voz de Dios que le dice: “Amigo, sube más arriba” (cf. Lc 14,10).

*Homilía del obispo Silvio Báez en la iglesia Santa Agatha, en Miami, del 31 de agosto de 2025.

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Mons. Silvio Báez

Mons. Silvio Báez

Masaya, Nicaragua, 1958. Obispo católico nicaragüense, pertenece a la Orden de los Carmelitas Descalzos. Es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, exiliado desde abril de 2019, por petición del papa Francisco, debido a amenazas de muerte. Fue desnacionalizado por la dictadura orteguista en 2023.

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