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El día a día en Nicaragua, otro 19 de julio bajo Estado policial: la vida es dura pero uno perdura

Aguantar, callar y cerrar los ojos. Pero uno no olvida y, como antes del 18 de abril, lleva una ‘contabilidad’ de todos los agravios de la dictadura

propaganda Ortega-Murilo

Una calle de Managua con propaganda de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Foto: EFE | Confidencial

Manuel Orozco

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El día a día en Nicaragua en muchas formas no es diferente a otros lugares, aun cuando sabes que vives bajo una dictadura. Te levantas y vas a trabajar, convives con la familia que queda en el país, y te las arreglas para salir a divertirte cuando hay plata o te endeudas para no amargarte. 

Pero hay algunas cosas que hacen la vida más difícil de soportar, seas gente de un barrio, del campo, o de un segmento económico pudiente. Uno tiene que cuidarse de lo que dice y hace, con quien se liga, en qué callar, cuándo hacerse la vista gorda, vivir con “ojos que no ven, realidad que no siento”. Se vive en códigos y señas, en silencios y censuras. En una especie de régimen Talibán tropical se vive bajo la regla de tres: amarrarse a las carestías, aguantarse las ganas de protestar, y hacerse la vista gorda de la corrupción. Así al menos algo de lo bueno perdura en esta tierra que lo vio nacer y uno quiere.

Es lo que hay, si no puedes con ellos, trabaja sin ellos

Uno se levanta antes de las seis de la mañana para alistar las cosas del día, levantar a los niños, que se bañen y coman y empezar la rutina de salir a un trabajo o ponerse a limpiar la casa. Ya no se enciende la radio Corporación o la televisión porque no hay noticias reales, solo propaganda, música, censura y anuncios. Si hay datos en el celular, uno puede monitorear los medios independientes que te informan desde el exilio, o lo que sale en las redes o en tu grupo de WhatsApp.

Aunque económicamente el país crece, la privación ha aumentado. La migración se había encargado de apoyar a la mitad de los hogares; mientras tanto los empleados del Gobierno viven de un trabajo condicionado a la discreción del poder de subalternos y a la obediencia que el empleado ponga. Pero la plata no da, se vive pobre; apenas da para mal comer. 

Es un país caro, con un costo de vida ($600 mensuales) igual al de Guatemala, pero con ingresos menores de $400 mensuales en gran parte porque si no trabajas en la zona franca, o en una de las pocas empresas formales que hay, el resto de los empleados están en la economía informal, desprotegidos de seguridad médica, con hijos en escuelas mediocres con adoctrinamiento orteguista, con un sistema de buses inseguro y con el calor y el ruido de siempre. ¡Hay más carros, más tráfico, pero menos empleo y ya no quedan universidades!

Dicen que con las remesas se compraron más carros—los datos del 2023 y 2024 enseñan un pequeño aumento en ventas, pero no en crédito; más bien la liquidez financiera ha aumentado pero el crédito no. Pero los que no reciben remesas, que son más de la mitad de los hogares, no les da para comprar y a veces ni para comer.

La realidad es que, en la mayoría de los casos, nadie tiene un buen trabajo. Uno se dedica a buscar algún ‘emprendimiento’ para ganarse algo para vivir y cuidar de los hijos. Mas de tres cuartos de las casas están con familias de tres o cuatro, con una madre que trabaja en algo y un par de hijos que van a la escuela y en algunos casos viven con una abuela que ayuda en el cuido pero que no tiene empleo y un familiar afuera.

Cuando uno entrevista a las personas la mayoría dice que no tiene un trabajo fijo, pero que se las arregla con algún negocito, vendiendo ropa, útiles escolares, alguna mercadería de interés a los clientes del barrio o se las arregla para hacer algo y ganarse unos córdobas.  

La informalidad es la regla, 76% de los trabajadores: de 3.3 millones de trabajadores (el mismo número que en 2018), solo 800 000 (menos que en 2018) tiene trabajo fijo y formal, y de esos 15% en el Estado, y 15% de la zona franca, y el país solo agrega 8000 nuevos empleos al año (el gobierno hasta a desempleado a 1000 este 2025).

Esto es inaudito considerando que el gobierno se ahorró 30 000 empleos anuales ‘gracias’ a la migración: en Nicaragua ingresan 70 000 nuevos trabajadores cada año, pero con la salida promedio de 100 000 personas anualmente, la fuerza laboral disminuyó en 30 000 nuevos trabajadores anualmente.

Los números no mienten, ¡aun con disminución laboral, el país no creó más empleo!  ¿Será esto un buen gobierno?

Los pocos con un trabajo fijo en su mayoría son personas mayores de cuarenta, algunos que estudiaron en la universidad y otros que montaron su negocio desde muy temprano. Y no son más de 300 000 jefes de hogares que la economía les duele menos.

Todos saben que no hay más, no hay espacio de superación; pero sin ser estoicos reconocen que así es la vida en este país y los responsables son la pareja de dictadores.

Sin opción para migrar, para mejorar su calidad de vida, uno aprende a arreglárselas como pueda y disfruta a su manera. Cuando uno conversa con amigos de confianza, la ‘culpabilidad’ de la dictadura es aparente; nadie lo duda, pero como ellos mismos dicen “y ¡¿de qué me sirve saber que son malos, si no los podemos sacar del poder!?”

Encima, la gente no sabe mucho lo que pasa en el país por la censura y el bombardeo de propaganda y desinformación, los que logran escapar de la censura se informan con los medios independientes exiliados y pueden decidir cómo informarse y sobre qué.

Entre policías, aprovechados y soplones

Todas las leyes que aprobaron desde el 2019, cambios en la constitución, las purgas contra simpatizantes, los encarcelamientos continuos, los ataques al enemigo imaginario, las expulsiones, los destierros inesperados; todo eso se vive día a día, algunos en completa ignorancia, otros al tanto y al por menor, y todos saben que esto no es normal. 

No se vive bajo una cultura del miedo, sino bajo una rutina de vigilancia en un Estado policial que te sonríe en la cara para que le devuelvas una carita bonita. Es un Estado que te hace saber que te están viendo. 

La rutina incluye pretender hacer como que no pasa nada cuando andas en la calle.  Y en tu casa, se vive en tu burbuja local. Esa burbuja está hecha de microambientes de vida social que se van creando entre amigos, vecinos, colegas y algún extranjero con los que desarrollan un código de lo que se tolera y de lo que no se puede hablar—claro, siempre más de uno se trae un chisme que contar. “¿Viste que la María se fue?”, “¡¿Supiste que agarraron a Carlos, el que trabajaba en la Corte, de nada le sirvió que se arrastrara por más de 15 años?!”

No es solo la grosería de la Policía, o la pedantería de los alcaldes y los empleados públicos o los de la alcaldía, pero también hay otros ‘sapos voluntarios’ que uno no los ve, pero por ahí andan; que les pagan para ver quien dice qué y por qué. Ese es el tipo del lugar que avisa arriba que revisen las llamadas o el cel de fulano y sutana porque le van a encontrar algo. 

Así es como miles no han podido reentrar al país cuando la base de datos de las redes sociales la cruzan con la gente que viaja. Esto genera un tipo de miedo, porque todos los que quieren viajar ‘están advertidos’, y muchos no se atreven porque no vaya a ser que no los dejen entrar.

El espacio para la queja y la protesta no es opción. Uno se queja del encarecimiento de las cosas, de la vida entre tanto Policía, pero todo tiene sus límites; se muerde la lengua de gritar lo que siente, mientras trata de vivir su cotidianeidad sin tener que amargarse y tragarse la rabia pretendiendo que metiéndose en lo suyo no lo van a agarrar. El único derecho a protestar es al del calor del sol.

Al fin y al cabo, la gente sabe que todos somos sospechosos. Pero nadie quiere que lo acusen de quererlos fuera del poder. Mejor cerrar la boca y tragarse las quejas.

La corrupción y la cleptocracia

Y aunque uno no esté metido en chanchullos, está consciente y algunos al tanto de lo que se roban. De los negocios que se trae Laureano con los chinos, y lo visible que todo se hace ahí, la gente lo dice “nos han invadido los chinos”. No es jugando: las importaciones de mercadería de consumo china superaron las importaciones del petróleo gringo.

Los negocios de bienes y raíces de ventas que hacen los amigos del régimen también son muy conocidos. El sector turismo, del que los socios de la dictadura se han venido haciendo cargo, son apoyados con el control de las municipalidades, las oficina de impuestos, y el instituto de turismo. Es un ecosistema de robo controlado.

En algunos casos, usan la extorsión, en otros manejan el control tributario y embargan propiedades; y en otros te meten a la cárcel y pasan la propiedad a varias manos hasta que ésta queda vendida a un tercero que sospecha algo pero no dice nada y la compra.

La clase media coexiste con los nuevos ricos del círculo corrupto, y los que limpian los lugares lo saben porque ven el cambio de dueño, ‘de administración’. Los abogados que firman los contratos no hacen preguntas comprometedoras, se limitan a cumplir con su función. 

El problema es que como el poder está monopolizado, no hay seguridad jurídica. No queda más que hacerse la vista gorda y seguir en tus cosas.

Es duro, pero vivir bajo la regla de tres aliviana las cosas. 

Aguantar, callar y cerrar los ojos. 

Pero uno no olvida y, como antes del 18 de abril de 2018, se lleva una ‘contabilidad’ de todos los agravios, de los robos, del maltrato, de la brutalidad del poder; y con la fortaleza que caracteriza al nica, se está armando de fuerzas, un paso a la vez.  

El pueblo azul y blanco sabe hacer resistencia sin desgastar la resiliencia. Mientras, tanto, ya están circulando los buses con banderas rojinegras y miles de acarreados serán llevados a la plaza hoy a rendirle culto a los decrépitos dictadores. Allá ellos, si se siguen creyendo el cuento.

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Manuel Orozco

Manuel Orozco

Politólogo nicaragüense. Director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo de Diálogo Interamericano. Tiene una maestría en Administración Pública y Estudios Latinoamericanos, y es licenciado en Relaciones Internacionales. También, es miembro principal del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, presidente de Centroamérica y el Caribe en el Instituto del Servicio Exterior de EE. UU. e investigador principal del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional en la Universidad de Georgetown.

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