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¿Qué fue la Revolución cubana? El sueño se extingue, pero el mito persistirá

¿Cómo pudo un experimento fallido y un régimen capaz de sobrevivir gracias a subsidios masivos del exterior, adquirir tanta influencia en el exterior?

Raúl Castro y Nicolás Maduro, junto a Fidel Castro.

Raúl Castro y Nicolás Maduro, escoltan a Fidel Castro en la celebración de sus 90 años, en 2016. Foto: EFE

Jorge Castañeda

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Resulta imposible predecir exactamente cómo y cuándo desaparecerá la dictadura cubana: un acuerdo con Donald Trump para construir hoteles en Varadero; los marines recibidos por multitudes en el Malecón habanero; protestas populares desbordando a un ejército reacio a disparar contra su pueblo; o una transición pacífica —real, necesaria y deseable— hacia la democracia y la reforma económica. Decenas de expertos y comentaristas han perdido la camisa apostando por el fin del régimen desde 1959. Sin embargo, la convergencia de nuevos factores sugiere que Cuba ha entrado en una etapa distinta y probablemente terminal. El colapso económico, el fin del subsidio venezolano, la disposición y capacidad de la administración Trump para estrangular aún más al régimen, así como el creciente descontento y las protestas de los habitantes de la isla, son factores ausentes en décadas anteriores.

Pero esas incógnitas apenas encubren una certeza: la idea de la Revolución cubana y las fuerzas históricas que desató ya se extinguieron. Durante casi medio siglo, una persistente fascinación y atracción externas permitieron que Cuba y su desmesurado líder pesaran mucho más de lo que correspondía en los asuntos internacionales. En parte gracias a una estrategia astuta frente a Estados Unidos, y en parte por pura megalomanía, Fidel Castro logró proyectar el impacto de su revolución mucho más allá de las costas de la isla: en América Latina, en África y, de manera distinta y más defensiva, en Estados Unidos y Europa. Sin mencionar a la Unión Soviética, que convirtió a Cuba en pieza central de su política exterior durante treinta años. Quizá el único otro país con una población comparable —similar a la de París— y una influencia semejante en el escenario mundial haya sido Israel, con un aparato militar y de inteligencia igualmente poderoso.

La caída de Maduro en 2026

La causa inmediata del fin de ese atractivo revolucionario fue la caída del presidente venezolano Nicolás Maduro y el papel íntimo que Cuba desempeñó en su protección. Cuando agentes estadunidenses extrajeron a Maduro en enero de 2026, lo hicieron eliminando primero al destacamento de seguridad cubano que constituía su círculo más cercano de protección. Con Maduro fuera del poder, Trump anunció que “administraría” Venezuela. Pero, horas después de la operación, el secretario de Estado Marco Rubio —para quien el fin del régimen castrista ha sido algo cercano a una misión personal de toda la vida— dejó claro que el objetivo final era La Habana: “Los cubanos eran quienes protegían a Maduro”.

Aunque gran parte del nuevo régimen venezolano dócil fue mantenido en su sitio, el salvavidas que había mantenido vivo al régimen cubano durante un cuarto de siglo —entre 4 mil y 6 mil millones de dólares anuales en petróleo subsidiado, divisas y comercio preferencial— quedó cortado. La red eléctrica cubana, ya en colapso progresivo desde 2024, perdió el poco combustible que le quedaba. Tras la incursión en Venezuela, los apagones en más de la mitad de la isla superaron las veinte horas diarias; el país se quedó totalmente sin diésel; y la ONU declaró una emergencia humanitaria.

Washington actuó rápidamente para impedir cualquier rescate. En febrero, Estados Unidos impuso lo que equivalía al primer bloqueo naval efectivo contra Cuba desde la Crisis de los Misiles de 1962, interceptando buques petroleros y amenazando con aranceles a los países proveedores hasta lograr que todos obedecieran. Rubio sancionó al Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), el conglomerado militar que controla entre 40 y 70 por ciento de la economía cubana. Los antiguos patrocinadores externos de Cuba —la Unión Soviética y Venezuela— habían sido derrotados o agotados. Rusia estaba demasiado consumida por su propia crisis en Ucrania como para compensar, y China jamás estuvo realmente comprometida, pese a donar paneles solares sin baterías para aliviar el colapso energético.

Trump, en una cumbre en Miami a finales de marzo, confirmó la lógica de la secuencia: “Cuba sigue”. La señal más clara llegó en mayo, cuando el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a La Habana y se reunió con Raúl Guillermo Rodríguez Castro —nieto de Raúl Castro, conocido como “Raulito” o “El Cangrejo”, encargado de los intereses familiares en GAESA— para entregarle las condiciones de Trump, mientras la CIA publicaba fotografías del encuentro en redes sociales. Luego, el 20 de mayo, el Departamento de Justicia acusó a Raúl Castro de asesinato por ordenar el derribo de dos avionetas con estadunidenses en 1996. “Tenemos a Cuba en la mira”, dijo Trump poco después.

Ahora que el atractivo de la Revolución cubana se ha desvanecido y sus últimos días parecen más cercanos que nunca, resulta instructivo volver sobre una historia fascinante, aunque en gran medida inútil. Desde el principio, Castro creyó que apoyando revoluciones en toda América Latina podía tanto distraer a Washington de aventuras como Bahía de Cochinos y la Operación Mangosta, como poner fin al aislamiento de La Habana. Muy pronto, la administración Kennedy logró obligar a casi todas las naciones del hemisferio —México y Canadá fueron las excepciones— a romper relaciones comerciales, diplomáticas y de viaje con la isla. La respuesta de Castro fue patrocinar luchas armadas mediante grupos guerrilleros prácticamente en toda América Latina, nuevamente con excepción de México.

Las guerrillas latinoamericanas

Régis Debray, joven intelectual francés, proporcionó el sustento teórico para la vía armada hacia la revolución en América Latina en un libro prologado por el propio Fidel: ¿Revolución en la revolución? Castro entrenó a jóvenes combatientes potenciales de Venezuela, Colombia, Guatemala, Nicaragua, Argentina, República Dominicana, Perú y posteriormente Bolivia y Brasil en campamentos cercanos a La Habana, principalmente en uno llamado Punto Cero. Manuel Piñeiro, su “Ministro de la Revolución”, conocido como Barbarroja, los armaba y adoctrinaba antes de enviarlos a las selvas y montañas de sus respectivos países.

Con excepción del Frente Sandinista en Nicaragua, que llegó al poder en 1979, todos esos intentos fracasaron, y cientos —quizá miles— de jóvenes latinoamericanos murieron en una lucha equivocada, basada en una lectura equivocada de la propia Revolución cubana, dirigida por líderes equivocados, por heroicos que hayan sido. Los restos del padre Camilo Torres apenas fueron hallados y consagrados recientemente en Colombia, más de cincuenta años después de su muerte; los supuestos restos del Che Guevara fueron enterrados en un memorial en Santa Clara —donde ganó su mayor batalla en 1958— en el trigésimo aniversario de su muerte, en 1997. El grupo armado argentino encabezado por Ricardo Massetti colapsó en 1964. Y así sucesivamente.

Pero el fracaso de todas esas guerrillas —en Brasil, dirigidas por Carlos Marighella; en Venezuela por Douglas Bravo y los hermanos Petkoff; en Perú por Luis de la Puente; o por Raúl Sendic y los Tupamaros en Uruguay— no sólo provocó la muerte de sus integrantes. Su existencia y, ocasionalmente, la amenaza que representaban para el statu quo, legitimaron la brutal represión llevada a cabo por las fuerzas armadas de muchos de esos países. Los múltiples golpes militares de los años sesenta y setenta no fueron únicamente una respuesta a las luchas armadas, pero sí sirvieron para justificar la muerte, desaparición y tortura de miles de estudiantes y trabajadores en buena parte de América Latina. Una vez más, sólo México escapó al gobierno militar.

Centroamérica y Angola en los años setenta y ochenta fueron otra historia. En Nicaragua y El Salvador, y en menor medida en Guatemala, los cubanos armaron y auxiliaron movimientos de masas arraigados y duraderos que también contaban con un componente armado. Lograron enviar grandes cantidades de armas a Nicaragua y El Salvador, asesores chilenos experimentados a Nicaragua, y coordinar la ayuda mediante comunicaciones excelentes y en tiempo real con La Habana desde los tres países. Los sandinistas derrocaron a la dictadura somocista y permanecieron en el poder diez años. Su supervivencia política estuvo parcialmente garantizada por miles de agentes de seguridad cubanos que respaldaban su respuesta contra los llamados “contras”, entrenados y armados en Honduras por la administración Reagan. Cuando Daniel Ortega regresó al poder por la vía electoral en 2007, gradualmente instauró una nueva dictadura que continúa hasta hoy.

En El Salvador, la guerrilla del FMLN llevó al ejército respaldado por Estados Unidos a un empate militar en 1989 y eventualmente firmó un acuerdo de paz en 1992 que le permitió ganar la presidencia en dos ocasiones. La conexión cubana fue clave tanto en su lucha como durante sus años en el gobierno, aunque terminaron en descrédito con la elección en 2019 del hombre fuerte Nayib Bukele, quien probablemente permanecerá varias décadas más.

Las expediciones angoleña y etíope de los años ochenta terminaron mal en el segundo caso y exitosamente en el primero. Gracias a la Operación Carlota en Angola en 1975, Cuba envió miles de tropas bien entrenadas, en gran parte afrodescendientes, a la antigua colonia portuguesa en apoyo del MPLA, que disputaba el poder contra la UNITA, respaldada por Estados Unidos y dirigida por Jonas Savimbi, así como contra el FNLA apoyado por China. En la batalla de Cuito Cuanavale, en 1988, el contingente cubano —supuestamente comandado personalmente por Fidel Castro desde La Habana— derrotó al ejército sudafricano y consolidó la independencia de Angola bajo un régimen respaldado por Cuba.

Pero la expedición a la región del Ogadén en apoyo del líder etíope Mengistu Haile Mariam, a finales de los años setenta, tuvo un desenlace mucho menos favorable. Mengistu fue derrocado en 1991 y posteriormente condenado por violaciones a los derechos humanos durante el Terror Rojo etíope. El secretario de Estado de Ronald Reagan, Alexander Haig, llegó a quejarse ante el dirigente cubano Carlos Rafael Rodríguez de que Washington había interceptado comunicaciones de pilotos cubanos en MiGs soviéticos intercambiando instrucciones de vuelo en español sobre el Ogadén. Fue otro ejemplo extremo de la proyección internacional cubana, a miles de kilómetros del Caribe.

El colapso de la URSS y el subsidio de Chávez

A mediados de los noventa, con el colapso de la Unión Soviética y la cancelación de su enorme subsidio a la economía cubana, la mayoría de estas aventuras llegaron a su fin. Castro carecía ya de recursos y oportunidades para continuarlas. Pero pronto surgió una nueva empresa exterior en la figura de Hugo Chávez en Venezuela, electo presidente en 1999. Fidel logró una de las hazañas más impresionantes de las relaciones internacionales contemporáneas: una isla pobre, pequeña y escasamente poblada prácticamente colonizó a una nación rica en petróleo y recursos naturales, con más de tres veces su población. Durante un cuarto de siglo, Chávez y su sucesor Maduro proporcionaron petróleo barato o gratuito, además de divisas, a Cuba a cambio de miles de médicos, entrenadores deportivos y agentes de inteligencia y seguridad. Nació Cubazuela y prosperó durante ese periodo.

Castro volvió a proyectar sus ideas de soberanía latinoamericana, antiamericanismo y bienestar social a cambio de la eliminación de las instituciones democráticas y de las libertades individuales. Chávez se convirtió en su socio y facilitador, proporcionando petróleo subsidiado a numerosos países de la región, haciendo lobby contra el ALCA y a favor de la primera “marea rosa” latinoamericana. Con Castro como cerebro de la operación, gobiernos de centroizquierda desde Bolivia hasta El Salvador, así como varios estados caribeños y otros países, se beneficiaron de la generosidad chavista hasta que la enfermedad de Chávez lo apartó en 2011.

Gracias a la bonanza petrolera venezolana y a una presencia prolongada en África mediante brigadas médicas, Cuba logró asegurar amplio apoyo diplomático en la Asamblea General de la ONU y otras agencias internacionales, aunque su historial en derechos humanos en Ginebra fue mucho más controvertido.

Sin embargo, la influencia de la Revolución cubana más allá de sus fronteras no se limitó a esos rasgos. En numerosos países de América Latina, África y Europa, simpatizantes y admiradores trasnochados del régimen formaron grupos, institutos, centros y múltiples asociaciones de “amistad” con la isla. Entre ellos figuraban partidos de izquierda estrechamente ligados al Departamento América, la oficina de Manuel Piñeiro encargada de las relaciones con actores no gubernamentales en el extranjero. Frecuentemente bautizados con el nombre del héroe independentista José Martí e invocando la “solidaridad” con Cuba, esos núcleos de apoyo resultaron extraordinariamente útiles para Castro y su régimen.

La mayor parte del tiempo concentraban sus energías en eventos culturales, conmemoraciones de fechas icónicas, recepciones a dignatarios cubanos y, en general, en promover las hazañas e intereses de la isla. Pero cuando algún gobierno local contrariaba a la dictadura mediante votos en la ONU, acatando sanciones estadunidenses o restringiendo viajes o comercio con Cuba, esos grupos se transformaban en una especie de quinta columna. Organizaban manifestaciones contra las autoridades, publicaban artículos y comentarios críticos en la prensa y defendían a Castro en universidades, instituciones culturales y medios de comunicación.

En muchos sentidos —aunque sin los recursos— replicaban el modelo soviético durante la Guerra Fría: grupos de la sociedad civil simpatizantes de Moscú, acompañados de poderosos partidos comunistas en países como Italia, Francia, Chile o Uruguay, y de una miríada de escritores, poetas, artistas, bailarines y cineastas siempre dispuestos a defender la “línea del partido” dictada desde el Kremlin.

La primera y la segunda “marea rosa” en América Latina, tanto a comienzos de este siglo como en la década actual, junto con el financiamiento venezolano, permitieron a los Castro vivir tiempo prestado y conservar su halo internacional mucho después de que la revolución se quedara sin recursos y sin prestigio. Cuba se convirtió en miembro fundador de la CELAC, el sueño de una Organización de Estados Americanos sin Estados Unidos ni Canadá.

La isla continuó enviando miles de médicos a África y América Latina, hasta el punto de que los pagos realizados por gobiernos extranjeros se transformaron en la principal fuente de divisas del régimen. Las brigadas médicas aportaban buena voluntad y redes locales, además de dólares indispensables, y con el tiempo se convirtieron en una de las mejores cartas de presentación internacionales de Cuba. No fue sino hasta la segunda administración Trump cuando Estados Unidos “persuadió” a países como Jamaica, Honduras, Guatemala y Guyana de cancelar esas misiones, aunque muchos otros —desde México hasta Calabria, en el sur de Italia— las mantuvieron.

El legado de Cuba

Esta descripción detallada plantea una pregunta. ¿Cómo pudo una pequeña isla, un experimento fallido y un régimen capaz de sobrevivir únicamente gracias a subsidios masivos y recurrentes del exterior adquirir tanta influencia y proyección en amplias regiones del mundo durante tanto tiempo? No existe una sola respuesta, aunque algunas explicaciones son conocidas.

En primer lugar, las imágenes icónicas de los jóvenes barbudos vestidos de verde olivo descendiendo de las montañas capturaron la imaginación de millones en todo el mundo, y los posteriores reveses sufridos por el régimen —incluida la subordinación a Moscú durante casi treinta años— nunca borraron del todo esa épica original.

Una segunda explicación reside en los supuestos logros sociales de la revolución, particularmente en salud y educación. En esta región y otras partes del mundo, los resultados en ambos campos durante el último medio siglo han sido generalmente considerados insuficientes o francamente desastrosos. Pero los aparentes éxitos cubanos permitieron a sus admiradores sostener un argumento sencillo y contundente. El régimen podía ser represivo y antidemocrático, depender de subsidios externos debido al mal funcionamiento de su economía, pero pese al embargo estadunidense había logrado lo que pocos otros países consiguieron: mejoras dramáticas en salud y educación. Para almas progresistas y socialmente sensibles, eso bastaba —y todavía basta— para respaldar y admirar al régimen.

Importaba poco que ninguna de las dos explicaciones fuera completamente exacta. Durante los últimos sesenta años, la mayoría de las sociedades latinoamericanas —con excepción de partes de Centroamérica, Haití y Bolivia— avanzaron enormemente en educación y salud. El promedio de escolaridad alcanzó diez años en muchos países, en su mayoría gratuitos; la alfabetización universal es un hecho; y una proporción creciente —a menudo un tercio o más— de jóvenes accede a algún tipo de educación superior. Puede discutirse la calidad de esa educación, pero esa es otra conversación.

Algo similar ocurrió con la salud. La vacunación es prácticamente universal y gratuita; la esperanza de vida aumentó drásticamente; la mortalidad infantil cayó a niveles muy bajos; y distintos tipos de cobertura médica alcanzan a amplios sectores de la población. El desempeño latinoamericano, por tanto, no es el desastre que muchos admiradores de Cuba imaginan.

Por otra parte, las estadísticas cubanas tampoco son plenamente comparables. Rara vez están sujetas a evaluación internacional independiente. Por ejemplo, en educación, La Habana no participa en el Programa PISA de la OCDE, y los datos de la UNESCO suelen depender de información proporcionada por las autoridades cubanas más que de pruebas estandarizadas supervisadas internacionalmente. Lo mismo ocurre con los indicadores sanitarios, basados en estadísticas de la OPS o la OMS que finalmente dependen de datos recolectados por el propio gobierno cubano. Aun así, esas dudas apenas afectan el entusiasmo de los defensores de la revolución.

Por último, y quizás más importante, la popularidad inicial y el prestigio persistente del régimen —aunque hoy reducido principalmente a grupos marginales— derivan de otra característica fundamental: una postura consistentemente nacionalista, o antiimperialista según sus simpatizantes, frente a Estados Unidos. Lo que algunos consideran un antiamericanismo demagógico, en amplios sectores de América Latina, Europa y África se percibe como una forma heroica y altruista de resistencia contra el mayor mal que el mundo ha sufrido desde la Segunda Guerra Mundial.

La izquierda latinoamericana y europea, el antiguo Movimiento de Países No Alineados —Fidel fue su presidente a finales de los años setenta— y el llamado Sur Global actual incluyen sectores importantes de la opinión pública y de las élites intelectuales y políticas ferozmente antiestadounidenses. Rechazan las intervenciones de Washington, desde Guatemala, Cuba, República Dominicana, Chile, Panamá y Venezuela, hasta el Congo, Vietnam, Irak y, más recientemente, Irán. También repudian lo que llaman americanismo o influencia cultural estadunidense, desde McDonald’s hasta los jeans.

Sus gobiernos, ya sean de izquierda o de derecha, no pueden traducir esos sentimientos en política exterior o económica: los costos serían demasiado altos. Pero sí pueden aplaudir a alguien que se atreva a hacerlo y esté dispuesto a pagar el precio —en el caso cubano, uno exorbitante—. Incluso hoy, México, Brasil y Colombia, todos exportadores de petróleo, aceptaron el ultimátum de Donald Trump: si enviaban crudo a Cuba, enfrentarían aranceles descomunales. Todos cedieron.

Si la civilización estadounidense se ha expandido por el mundo entero, despertando admiración, envidia y respeto resignado entre miles de millones de personas, siguen existiendo sectores en cada sociedad —hasta donde puede verse incluso en países como China— que detestan lo que representa. Los Castro y la Revolución cubana han sido un faro para ellos desde 1959 y continúan siéndolo hoy. Durante 67 años, su resistencia frente a la hostilidad estadunidense —incluido el embargo— ha parecido ejemplar a ojos de esos sectores.

En marzo, la flotilla aérea Nuestra América Convoy aterrizó en La Habana procedente de Estados Unidos y Europa; los simpatizantes marítimos de la dictadura cubana zarparon desde distintos puertos mexicanos y atracaron días después en el puerto habanero. Decenas de portadores de ayuda humanitaria, guitarras, camisetas del Che Guevara y un entusiasmo sin límites por la solidaridad con el régimen asediado fueron recibidos por las autoridades, como si una cápsula del tiempo hubiera viajado desde comienzos de los años sesenta hasta el segundo cuarto del siglo XXI.

Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Gabriel García Márquez y C. Wright Mills ya no estaban, pero quizá sí sus nietos ideológicos. Ahí estaban Pablo Iglesias, exlíder de Podemos; la hija de la congresista Ilhan Omar; Greta Thunberg; Jeremy Corbyn; y Emma Fourreau, representante de La Francia Insumisa.

La Revolución cubana conserva todavía un lugar en la imaginación de europeos, estadunidenses y latinoamericanos, sin más justificación que la agresión agravada puesta en marcha por Donald Trump. Ninguno de esos peregrinos de la Meca tropical soportaría vivir allí más de unos cuantos días sin electricidad, gasolina, agua, alimentos, medicinas ni artículos básicos como jabón, pasta de dientes o papel higiénico. Tampoco querrían hacerlo. Pero, al igual que sus predecesores hace más de sesenta años, la seducción seguía funcionando.

Probablemente fueron los últimos para quienes el viejo truco de Fidel aún surtía efecto. En ello reside su éxito duradero —y único—.

*Este artículo se publicó originalmente en Newsweek U.S.

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Jorge Castañeda

Jorge Castañeda

Político y comentarista mexicano. Catedrático en la Universidad de Nueva York. Fue Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003. Hijo del también diplomático mexicano Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa.

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