Palabras en busca de la libertad
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La mejor manera de mantener viva la esperanza de acabar con la dictadura es resistir cada día de la forma que cada quien pueda

De la pandemia de inhumanidad que sacude el mundo en esta segunda década del siglo XXI, a Nicaragua le ha tocado una dictadura cruel, despiadada, carente de cualquier indicio de respeto por los derechos humanos. Al igual que los déspotas que gobiernan Rusia, Israel y Estados Unidos, solo por mencionar algunos, a Nicaragua le ha correspondido una cuota de maldad que pretende disponer de los derechos más elementales de los ciudadanos, como si fuésemos objetos prescindibles, mediante el asesinato, la tortura y el exilio. Esto no es normal y depende de nosotros que no lo siga siendo.
Con mayor razón después de leer el informe del Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua (GHREN), Represión transnacional y exilio nicaragüense. El segundo párrafo del resumen ejecutivo ofrece más razones para no dar por normalizadas las violaciones de los derechos humanos que comete la dictadura en contra de la otra Nicaragua, la que ha sido empujada al exilio. Este patrón de actuación se refiere a la privación arbitraria de la nacionalidad, a la prohibición de entrada al país, al rechazo de la renovación de pasaportes por parte de las embajadas, al borrado de los registros civiles, a la revocación de los títulos académicos y profesionales, a la confiscación de propiedades y de pensiones, así como a la vigilancia y el acoso de los que tampoco se libran los familiares en Nicaragua. Todo para que entremos en pánico y silenciarnos. Nada de esto debe ser normal en las relaciones entre el Estado y la ciudadanía.
No es normal que la Policía se lleve a personas vivas de sus casas, como los casos de Mauricio Alonso y Carlos Cárdenas, y que semanas después los devuelvan muertos sin ningún tipo de explicación, en un ataúd sellado y con órdenes de enterrarlos de inmediato como si fuesen muertos de una epidemia. ¿Qué huellas de torturas quisieron ocultar a los familiares? Semejantes prohibiciones solo tienen parangones en los peores regímenes sanguinarios, que no contentos con martirizar a sus cautivos buscan extender el alcance de los tormentos a los familiares. Ni siquiera el somocismo actuó de tal manera con quienes lo enfrentaron con las armas. Quizás quisieron evitar que, como ocurrió en aquella época, los entierros se convirtieran en los actos reivindicativos que acompañaron a los sandinistas muertos en combate.
Tampoco es normal que el Instituto Médico Legal, la institución del Estado que según la ley es la encargada de “determinar la causa de muerte y ayudar a establecer la manera de la muerte, en todos los casos que legalmente se requiera, así como ayudar en la identificación del cadáver e intervalo de la muerte”, actúe en sentido contrario a lo que estipula su mandato y se convierta en un brazo ejecutor más de la represión de la dictadura. ¿Con qué cara pueden seguir compareciendo las autoridades de una institución que han renunciado de manera tan vergonzante a cumplir con su misión? Es desde ya un escándalo de dimensiones históricas que la oficina pública que debería contribuir a aclarar las causas de las muertes de dos prisioneros políticos más bien imponga su ocultamiento. Cuando Nicaragua vuelva a ser república habrá que llevarlos a los tribunales por esta complicidad con los asesinos.
No puede ser normal la desaparición forzada en la que se encuentran más de 30 nicaragüenses después de tantos meses en paradero desconocido, a pesar de que la policía de la dictadura se los haya llevado de sus casas.
Como jamás podrá ser normal la contratación de sicarios para asesinar a compatriotas más allá de las fronteras, como los casos de Roberto Samcam, Roberto Rojas y Jaime Ortega, y los atentados en contra de Joao Maldonado y Nadia Robleto.
Este comportamiento tan cruel tiene una lógica perversa propia de las mentes más oscuras. Cada abuso tiene entre sus propósitos que nos acostumbremos a ser animales sin derechos, que la fuerza de la costumbre acabe convirtiéndose en costumbre de la fuerza, que como el buey aceptemos con mansedumbre el yugo y los nicaragüenses renunciemos a la rebeldía para resignarnos ante un destino fatal que nos ha tocado vivir.
Esto es lo que lleva pasándoles a los norcoreanos desde hace casi 80 años, un largo período durante el cual sus derechos han ido siendo pulverizados por una dinastía sangrienta, al extremo de ser castigados con el fusilamiento por un hecho tan banal como escuchar música o ver películas extranjeras. Todo comenzó por uniformar a toda la población masculina con la misma chaqueta maoísta gris, más un ridículo broche obligatorio en el pecho con la figura del querido líder, y luego han terminado siendo prisioneros de la cárcel más grande del mundo. La represión normalizada hasta las esferas más íntimas de las vidas de las personas.
En Nicaragua todavía no llegamos a tales extremos, pero la dictadura orteguista cada día demuestra que su hambre represiva no tiene límites y que con la campaña frustrada de “todos somos Daniel”, elevar a niveles esquizofrénicos un culto a la personalidad que anule la de cada individuo para incubar la del dictador en toda la población.
Ni siquiera el genocidio contra el pueblo palestino puede distraernos del empeño de no acostumbrarnos a que la tiranía orteguista disponga de nuestras vidas, como si de seres descartables se tratara. No nos haríamos ningún favor si renunciáramos a luchar como no lo hicimos antes. En nuestra experiencia atesoramos el hecho irrefutable de que ninguna dictadura cae por refugiarnos en el silencio. Los asesinatos de Mauricio Alonso y Carlos Cárdenas no admiten debates de versiones ni omisiones cómplices.
Ahora que la dictadura pretende -como señala el informe del GHREN- desmantelar el tejido del espacio cívico y de los derechos humanos que los nicaragüenses hemos construido en el exilio, al igual que demolió el espacio asociativo dentro de Nicaragua, aquí afuera no podemos –ni debemos- dar pasos atrás porque eso es precisamente lo que la tiranía está buscando, que le hagamos el favor de quedarnos callados, que nos desmovilicemos y que demos carta de legitimidad a la crueldad como lo más normal de la vida. Esto no va con nosotros que hemos derrocado otras dictaduras porque nunca aceptamos como normal un yugo en nuestros cuellos. La mejor manera de mantener viva la esperanza de acabar con la dictadura es resistir cada día de la forma que cada quien pueda. Esta vez no tiene porqué ser diferente.
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Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.
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