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Los genios, novela iconoclasta y provocativa

La novela del peruano Jaime Bayly es una apuesta irreverente de principio a fin. Cargada de ironía

Los genios por Jaime Bayly

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“El entusiasmo que suscitaba la leyenda se estrellaba con una aplastante realidad: quien escribiera de ella, debía ser un escritor dispuesto a perderlo todo”. Gabriel Ruiz Ortega - Caretas

I


Solo una harpía como Jaime Bayly era capaz de cometer la herejía de lanzarse a escribir una novela sin frenos ni paracaídas. Se hizo cargo de las desavenencias entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. El 12 de febrero de 1976, un día aciago en sus vidas. Esa noche en México, Vargas Llosa, pegó un puñetazo a Gabo en su ojo derecho. Uno de los más célebres en la literatura universal. La noticia se esparció por el planeta a la velocidad de la luz. Puso fin a una amistad de nueve años. Ninguno de los premios Nobel quiso aclarar los motivos por los cuales el peruano, se ensañó con su compadre. Transcurridos cuarenta y siete años, Bayly cumplió su promesa, publicó Los genios, (Galaxia Gutenberg, primera edición, Barcelona, 2023). Cinco años atrás había anunciado que escudriñaría las razones que llevaron a la ruptura total entre ambos escritores. El acontecimiento forma parte de la leyenda literaria latinoamericana.

La novela de Bayly es una apuesta irreverente de principio a fin. Cargada de ironía. Las reacciones suscitadas y desavenencias producidas por Los genios, no bajan de nivel. La justificación aducida por el coterráneo de Mario, es que un hecho de esa magnitud, merecía una investigación periodística o ameritaba que se escribiera una novela. Lo primero lo había hecho Xavi Ayén. En su monumental Aquellos años del boom, (2019), en el capítulo Mario y Gabo: historia de un fratricidio, cuenta los entretelones de la ruptura amorosa de Vargas Llosa, con su prima y esposa, Patricia Llosa. Impulsivo y consecuente hasta la temeridad, poco importó a Vargas Llosa dejar plantada a su mujer. Mario se había separado abruptamente de Patricia, perdidamente enamorado de Susana D. C. Ayén no revela sus apellidos. Esto a Bayly no le importa. Sin temor a descalabrarse se dejó venir desde las alturas, para poner pica en Flandes. Un provocador consumado.

El peruano decidió jugarse el todo por el todo, fabulando sobre una historia en la que ni escritores y editoriales, tenían el mínimo interés de hacerse cargo. La combinación en dosis adecuadas de verdad y ficción, dio como resultado una novela polémica. Con habitual desenfado, Bayly manifestó que escribir sobre este episodio, sería de lo más atractivo. Estaba persuadido que ampliar un chisme agazapado en las nebulosas del misterio, atraería la atención de millares de lectores. Ansiosos como estaban por conocer la manera que Bayly enfrentaría el desafío, se han volcado sobre las páginas de Los genios. El primero en mostrar desacuerdo fue Vargas Llosa. El argumento fue de los más impropio. Adujo que la novela de Bayly era una sarta de mentiras. Allanó su respuesta: “Sí, está lleno de mentiras, como toda novela, pero no de mentiras caprichosas ni antojadizas sino creíbles, verosímiles”. Argumentación irrebatible. En eso radica la magia de las ficciones.

Nada más normal que la naturalidad con que Bayly asume el reto. No tiene reparos en poner nombres y apellidos verdaderos de quienes pueblan su novela, (238, pág.). Entre diversos comentaristas y críticos de Los genios, Orlando Mazeyra, en su alegato a favor de Vargas Llosa, acusa de traidor y tránsfuga a Bayly. Agregando que, por iguales motivos, el autor de Tiempos recios (2019), “caricaturizó de forma inmisericorde a su paisano Enrique Chirinos Soto en La fiesta del Chivo elucubrando al inolvidable ‘Constitucionalista Beodo’, también conocido como ‘la inmundicia viviente”. ¿Un desafío ético o moral? Autores y especialistas en literatura, sostienen que Bayly nunca debió utilizar los nombres y apellidos de los involucrados en el drama. ¿Solo Vargas Llosa goza entonces de la prerrogativa de hacer lo que le plazca? Exhiben un doble rasero. Una cualidad persistente de Mario como novelista, ha sido jamás obviar nombres y apellidos reales.

Resulta bizantino discutir ciertos bemoles de la novela, la expectación generada por Bayly gozaba del beneplácito anticipado. El morbo nunca desapareció. Ante la renuencia de Gabo y Mario, por satisfacer la curiosidad de millones de lectores, aparecía un escritor metiendo las narices, husmeando en los recovecos de un infortunio, para mostrarnos sus orígenes. Una empresa delicada. Especialmente conociendo el temperamento de Bayly, inclinado por abordar temas embrollados. ¿Disiparía los nublados? El malabarista siente gusto por bailar en la cuerda floja. Surgían interrogantes inevitables. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar en su afán de fabular sobre dos escritores de la talla de Gabo y Mario? Otros cautelosos se preguntaban, ¿sería lo suficientemente prudente para no meterse en camisas de once varas? ¡Imposible! Bayly era consciente del berenjenal al que se arrojaba. Nunca ha temido caminar descalzo sobre las espinas. Esto acrecienta su apetito.

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II

La lectura de Los genios empalma con el conocimiento que revela el autor sobre las producciones literarias de ambos portentos. En la medida que se adentra en el corazón de la trama, evoca pasajes vinculados con el “affaire” de Vargas Llosa. Al describir la personalidad de un escritor, inclinado a zanjar sus diferencias a base de puñetazos, suelta chorros de humor. Una conducta esperada —alega Bayly— ante el comportamiento violento de su padre, Ernesto Vargas, con su madre, Dorita Llosa. Devela la impetuosidad de Mario. Incontenible y decidido en afrontar cada uno de sus lances amorosos, carece de remordimientos. No sé por qué los críticos de Los genios, aluden muy poco y casi de soslayo, a los amores contrariados de Vargas Llosa. Soy un múltiple admirador del peruano. Un fiel devoto de sus novelas y ensayos literarios. Admiro el temple con que se reviste para asumir las consecuencias de sus acciones.

Vargas Llosa tiene una manera muy particular de narrar en sus novelas, las relaciones sexuales de sus personajes. Desde La ciudad y los perros, pasando por La casa verde, Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, La historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero? Elogio de la madrastra, Travesuras de la niña mala, El paraíso en la otra esquina, Lituma en los Andes, hasta empalmar con El héroe discreto y Cinco esquinas, gusta plantear encuentros picantes. Lesbianismo, homosexualismo, relaciones extramaritales, queridazgos, animalismo, tríos y otras maneras de saborear la forma que se encaman mujeres y hombres, hombres con hombres y mujeres con mujeres. Nunca ha esbozado relaciones sexuales simplonas. Se casó con su tía Julia Urquidi, para luego dejarla por Patricia Llosa, para después volver a dejar en el limbo a su prima y caer rendido ante Isabel Prysler, para regresar de nuevo con Patricia.

El desbalance en el tratamiento que ofrece a Gabo, con relación a Mario, es notorio. Gabo aparece como hombre de una sola mujer, ajeno al adulterio. Sus andanzas con las putas —aclara Mercedes a Patricia— son cosa del pasado. Mario es un putero irredimible. Engaña a su mujer. Algo impensable en Gabo. Mercedes afirma que Gabo jamás se metería en la cama con otra mujer que no fuese ella. Mario es un templado al cien. Un hombre que no quería tener hijos, aduce Bayly. Su más intensa y única pasión son los libros y el mundo de la escritura. El retrato de Vargas Llosa no es nada agradable. Tiranizaba a Patricia, su ama de casa. En sus inicios planchaba su ropa y se encargaba de los niños. En consonancia con esta descripción, en el viaje de regreso a Lima, junio de 1974, a bordo del barco Rossini, el capitán ofrece una cena, sienta a su lado a la peruana Susana D. C., bailan varias piezas y la fascinación es mutua. Se echa en sus brazos.

Ningún escritor, cronista o periodista, debe tanto a la crónica escrita por Xavi Ayén, como Bayly. Se nutre de ella, la explota y magnifica. Leídas novela y crónica, saltan a la vista las deudas contraída por Bayly, con el periodista cultural barcelonés. Con ingenio creativo estira los acontecimientos dándoles una tonalidad totalmente distinta. Ante los reclamos de moros y cristianos, argumenta que únicamente se trata de una novela. Puede retorcer los hechos a gusto y placer. Pega un par de sombrerazos a Álvaro Vargas Llosa. A la edad de nueve años, comunicó a la agente literaria, Carmen Balcells, la Mama Grande, que deseaba publicar sus memorias. Un genio Alvarito, clama con sorna. Patricia comunicó a Balcells, que ella también sería escritora. ¿Estaba dispuesta a hacerle competencia a Mario? ¿De dónde sale tanta inquina revestida de ironía? Las enemistades entre intelectuales son feroces. Encarnizadas, no ofrecen tregua ni descanso.

Vargas Llosa además de propinarle el golpe en la cara, prohibió la publicación de su tesis de grado: García Márquez: historia de un deicidio, (Seix Barral, 1971). Únicamente autorizó una nueva publicación, a raíz de la publicación de sus obras completas por parte de Alfaguara. Por fin sabríamos por qué terminaron su camaradería, dos escritores que se guardaban mutua admiración y un gran aprecio. Bayly develaría el secreto. Tomándose todas las licencias literarias, para mi desencanto urdió un cierre tremebundo. Ante el derechazo de Mario contra Gabo, Bayly mete un gancho cruzado en el hígado de Vargas Llosa. Una Patricia, borracha, trata de seducir a Gabo. Coquetea, desea encamarse con él. Se quita la ropa, se mira en el espejo, tira las bragas sobre la mesa, se echa en la cama, a la espera que Gabo termine de ducharse. Al final no ocurre nada. Inventa a su marido que Gabo fue su amante. La zurra fue por celos. Puros celos. 

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Guillermo Rothschuh Villanueva

Guillermo Rothschuh Villanueva

Comunicólogo y escritor nicaragüense. Fue decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) de abril de 1991 a diciembre de 2006. Autor de crónicas y ensayos. Ha escrito y publicado más de cuarenta libros.

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