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Las indígenas nicaragüenses desplazadas en Costa Rica

Comprometernos con las indígenas desplazadas, es una oportunidad para avanzar hacia sociedades multiculturales más equitativas

Imagen de La Carpio, uno de los cuatro lugares donde fueron encuestadas las mujeres miskitas nicaragüenses en Costa Rica. l Foto: Archivo Confidencial

Elisa Maturana Coronel

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El miércoles 19 de noviembre se presentó en San José un estudio sobre la situación de las indígenas nicaragüenses en Costa Rica. El Centro de Información y Servicios de Asesoría en Salud (CISAS) y el Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica (CETCAM) unieron esfuerzos con mujeres indígenas de IMATKUMN y un grupo de ellas recorrió varios días los barrios de Pavas, Purral, Alajuelita y La Carpio para hablar con casi 700 mujeres, que huyeron o fueron expulsadas de sus comunidades y sus tierras ancestrales.

En este comentario no quiero repetir los datos de la investigación que pueden leer en la nota publicada por CONFIDENCIAL (Miskitas sobreviven entre la precariedad y la violencia en Costa Rica) y otros medios. Más bien remarcar que no son datos, sino rostros, que cada cifra es una de esas mujeres que cada mañana despierta en un asentamiento precario sin agua, ni luz, ni aguas negras o en habitaciones minúsculas en casas compartidas por ocho a diez migrantes más, que salen a buscar empleo en una ciudad que no conocen y no las reconoce porque, con suerte, algunas hablan el idioma y las menosprecian por su acento o sus rasgos. Si hallan un empleo les pagan por debajo del salario mínimo o no les pagan del todo y cuando pagan bien, les piden favores sexuales para mantenerlo. Apenas dos de cada cien mujeres tienen un ingreso estable fijo. El resto no consigue lo suficiente para alimentarse o alimentar a sus hijas e hijos menores ni tienen para pagarse una mejor educación que les ayude a romper el círculo.

La presión cotidiana de sobrevivir, encima, pone a prueba el buen humor y, claro, agrava la violencia en los hogares: la violencia verbal, la violencia económica, la física y la sexual que se suman a la discriminación en las instituciones y cuando consiguen acceder a servicios públicos.

Todos esto en una Costa Rica acostumbrada a interactuar con pueblos indígenas en sus terrritorios correspondientes, y le resulta difícil lidiar con una población indígena repartida en los barrios, con maestros de escuelas públicas en la capital que reportan a niñas y niños que no hablan castellano y necesitan materiales en otra lengua; o peor, con sentencias en el Patronato de la Infancia sin reconocer y diferenciar las acusaciones por descuido en la crianza contra unas madres indígenas sometida a destierro, a falta de redes de apoyo, sin recursos, sin capacidad de alimentar y vestir a su prole, que desconocen las leyes locales y vienen de medios rurales donde la chavalada corre descalza y semidesnuda. A todos sus dolores se suma una sentencia que le quita a sus hijas o hijos. Y ya ocurrió el primer suicidio de una madre indígena.

Esta migración indígena, con toda su complejidad y dureza, no va a desaparecer mañana. Al contrario. Seguirá creciendo empujada por el aumento de la invasión violenta de colonos en sus territorios, la persecución política y la pobreza creciente en sus comunidades. La mitad de estas mujeres llegó a Costa Rica entre 2023 y 2025. Y seguirán llegando.

¿Qué hacemos con esas cifras con rostros, nombres, apellidos y vidas reales?

Se merecen sumar esfuerzos, sumar proyectos integrales interculturales, sumar acompañamiento técnico para su autonomía económica, mejorar su acceso sin discriminación a salud, a educación, a vivienda digna, a empleo remunerado, a mecanismos de protección contra la violencia, al reconocimiento de su cultura.

La comunidad internacional, el Estado costarricense, las instancias locales y globales para pueblos originarios, el resto de la comunidad migrante nicaragüense necesitamos redoblar esfuerzos por las mujeres indígenas nicaragüenses desplazadas para abrirles espacios de participación real a quienes encarnan herencia cultural y lucha por la justicia para que puedan reconstruir sus vidas y aportar a la sociedad

Comprometernos con las indígenas desplazadas no solo es un acto de justicia y respeto a los derechos, es una oportunidad para avanzar como sociedades multiculturales más equitativas y Costa Rica, como país receptor, tiene la oportunidad de convertirse en un ejemplo en políticas inclusivas de integración.

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Elisa Maturana Coronel

Elisa Maturana Coronel

Periodista, traductora y asesora editorial. Reside en Costa Rica desde julio del 2025, tras su destierro de Nicaragua. Dirige dos agencias propias: ComunicArte, desde 2017, y EyE Communication Studio desde 2011. Acompaña a organizaciones de la sociedad civil en campañas de comunicación, incidencia, producción editorial y literaria. Ha publicado cuentos en varias antologías.

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