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La enfermedad del poder absoluto en la mente de los líderes autoritarios

“El Estado soy yo”, dijo el tirano. “Y la Madre Patria, yo”, dijo la vocera. El poder absoluto deteriora la mente de los líderes, instala la paranoia

Daniel Ortega y Rosario Murillo participan en un acto por el 46 aniversario de fundación de la Fuerza Aérea y Defensa Antiaérea del Ejército de Nicaragua, el 29 de julio de 2025. // Foto | CCC

Karla J. Membreño

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Según Keltner, Gruenfeld & Anderson, el poder absoluto no sólo reorganiza el Estado, también altera la mente de quien manda. Sin controles reales, el líder deja de ver ciudadanos con derechos y empieza a ver riesgos que deben ser neutralizados. Se debilita la empatía, se pierde la perspectiva y crece la deshumanización. Esa deriva encaja con los patrones descritos por las investigaciones sobre personalidad autoritaria de Theodor Adorno, donde el dogmatismo, la obediencia acrítica y la intolerancia a la ambigüedad sostienen gobiernos verticales y punitivos.  En Nicaragua, la permanencia de Daniel Ortega y Rosario Murillo por más de diecisiete años muestra cómo el mando prolongado proyecta obsesiones privadas sobre la esfera pública. La política se convierte en escenografía controlada, el diálogo cede ante la represión y el culto a la personalidad ocupa el lugar de la legitimidad democrática. El poder absoluto no sólo consolida redes y recursos, también estrecha la cognición del líder, deteriora su equilibrio emocional y empobrece su criterio.

La pedagogía del miedo y el culto personalista

El autoritarismo no se sostiene sólo con fuerza material, necesita símbolos que moldeen la subjetividad colectiva. Al retornar al poder, Ortega vistió sus actos con flores, canciones pegajosas y banderas partidarias para asociar su figura a armonía y concordia. Incluso antes de 2018 ya se insinuaba una devoción sacralizada, como aquella vez en que vi a una mujer persignarse ante una fotografía de Ortega. Con el tiempo, el control simbólico también colonizó la infancia. No hace mucho, circularon imágenes de un niño vestido como la sombra de Sandino, cargado por guerrilleros, como en una procesión, mostrando otro despliegue de inscripción doctrinaria desde el modelo educativo. El dispositivo se completa con la voz diaria de Rosario Murillo, apropiándose de los micrófonos a la misma hora y repitiendo la misma narrativa, tal cual, fábrica de tabacos en Cuba. Aunque dice dialogar, su monólogo ocupa todo el espacio y ya contempla todas las respuestas.

Tras las protestas de 2018, el repertorio florido se convirtió en blindaje. En una aparición reciente, un tanque de guerra en miniatura ocupó el centro de la mesa presidencial. La escena confirmó que el montaje de paz había sido reemplazado por una pedagogía del miedo. Convertida en juguete, la violencia se normaliza y la lógica represiva se instala. Objetos así operan como la chancleta, el chicote o el cinturón, que no necesitan golpear para disciplinar. Según Norris & Inglehart, su sola presencia marca límites, anticipa castigo y activa el miedo preventivo. Esta performatividad no adorna, organiza el sentido político y anticipa emocionalmente políticas repressivas. A la vez, como apunta Sontag, la estetización del castigo, incluso bajo formas lúdicas, banaliza el horror y lo vuelve más eficaz como dispositivo de intimidación, particularmente porque este “adorno” antecedió al discurso bélico que vendría después.

En Nicaragua funciona un copresidencialismo de facto con una división funcional del poder. Ortega concentra el control coercitivo, ejerce dominio sobre la Policía, los servicios de inteligencia, el aparato judicial y las fuerzas paraestatales. Además, escenifica la amenaza mediante símbolos bélicos, donde incluso un tanque de juguete representa el monopolio de la fuerza. Murillo, en cambio, se apropia del poder simbólico y de la narrativa, autodefiniéndose como la “madre patria”. Juntos articulan coerción y hegemonía simbólica, en una relación tensa entre violencia y poder, con una arquitectura institucional propia de los autoritarismos personalistas. El engranaje opera con dos manos. Una impone disciplina mediante el miedo, la otra construye legitimidad a través del relato.

El deterioro mental y físico del poder absoluto

El poder absoluto, ejercido sin límites ni diálogo, deteriora la mente de quien lo sostiene. Robert Sapolsky, en “Why Zebras Don’t Get Ulcers”, estudió cómo el estrés afecta a animales como cebras y primates. Mientras las cebras enfrentan amenazas puntuales, los humanos pueden vivir bajo estrés crónico, lo que daña el cerebro, debilita el juicio y reduce la empatía. En líderes autoritarios, esta presión constante los vuelve rígidos, desconfiados y punitivos. Daniel complementa esta visión mostrando cómo el aislamiento y la represión bloquean la retroalimentación crítica, erosionando la capacidad de corregir errores. Así, el poder termina consumiendo a quien lo ejerce.

El daño que produce el autoritarismo no se limita al líder que lo encarna, sino que se extiende como una sombra sobre toda la sociedad. La vigilancia constante, la censura y la criminalización de la disidencia generan una ciudadanía herida, emocionalmente fracturada. La memoria se distorsiona, la historia se reescribe y la protesta se convierte en amenaza. En ese ambiente, la obediencia deja de ser una elección racional y se transforma en una respuesta aprendida,  moldeada por el condicionamiento operante, un proceso psicológico en el que las conductas se refuerzan o castigan según sus consecuencias. Así, el ciudadano aprende a callar no por convicción, sino porque ha sido entrenado para evitar el castigo. La repetición de símbolos disciplinadores instala una pedagogía del miedo que confunde protección con sumisión, y convierte la obediencia en una rutina automática, casi reflejo, donde el pensamiento crítico se desvanece ante la expectativa de sanción.

La psicología existencial de Frankl advierte que el sufrimiento sin sentido no sólo duele, sino que extingue la razón humana de existir. Cuando el dolor no puede ser transformado en propósito, se convierte en vacío, y ese vacío paraliza la voluntad, fragmenta la identidad y bloquea la capacidad de imaginar alternativas. Frankl sostenía que incluso en las condiciones más extremas, como los campos de concentración, el ser humano podía resistir si encontraba un “por qué” para vivir. En su pesquisa, observó que quienes lograban atribuir significado al sufrimiento mostraban mayor resiliencia y preservaban su integridad psíquica frente al horror. Ese significado podía encontrarse a través de la creación (hacer algo valioso), la experiencia (vivir algo profundamente humano) o la actitud ante el sufrimiento (elegir cómo enfrentarlo). En regímenes de terror, encontrar sentido, incluso en pequeños actos como cuidar de otros, recordar lo vivido o preservar la dignidad, son uma forma de sostener la humanidad cuando todo conspira para arrebatarla.

Malala Yousafzai, tras sobrevivir a un atentado talibán a los 15 años, dijo: “Las debilidades, el miedo y la desesperanza murieron. Nacieron la fuerza, el poder y el coraje”. Su testimonio es una muestra de cómo el dolor puede resignificarse como “impulso vital”. En 2014, a los 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose en la persona más joven en obtenerlo.

El poder absoluto es dañino desde todas las perspectivas. En el plano individual, el poder concentrado deteriora la mente del liderazgo, reduce la empatía, aumentan los sesgos de superioridad y se instala una paranoia que convierte la crítica en amenaza. En el plano institucional, se erosionan los contrapesos democráticos y el Estado de Derecho, mientras la legitimidad se sustituye por administración del miedo. En el plano social, se consolida un disciplinamiento emocional sostenido por rituales y símbolos que clausuran el disenso y moldean la subjetividad colectiva. La desconexión con la realidad teatraliza la política, estrecha las salidas y empobrece la vida cívica.

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Karla J. Membreño

Karla J. Membreño

Cientista social. Actualmente es investigadora y activista de derechos humanos. Graduada summa cum laude en Derecho por la UNAN-León. Obtuvo el título de Magíster en Ciencia Política por la UFPE (Brasil). Actualmente cursa el Doctorado en Psicología Social en la Universidad de São Paulo.

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