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En Venezuela nada es lo que parece

Aparentemente habría cambio de régimen político, pero sólo un hubo un relevo de mando con otros mandatos

Una persona camina frente a un mural en Caracas (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R

Silvio Prado

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A medida que pasan los días desde el asalto estadounidense a Caracas para cazar a Maduro, van quedando clara algunas claves de lo ocurrido. La justificación no es la que era, el trasfondo del operativo no es el que se ha propagado, ni los resultados serán los largamente esperados por la población venezolana martirizada por la dictadura chavista. Triste sino el de Venezuela, que desde el aire parece el reino de la abundancia y el bienestar, pero en tierra cunde el deterioro y la miseria.

Desde hace un año Trump venía repitiendo que el problema con el régimen venezolano era su jefatura del narcotráfico, que inundaba de drogas a los pobres y pasivos consumidores estadounidenses. Alguna vez y de pasada, sacó a relucir su interés por el petróleo y otros recursos naturales de Venezuela. Este era el relato. Una vez consumado el golpe del 3 de enero, envalentonado por tener a la pieza mayor en sus manos, sacó a relucir los argumentos verdaderos. Pocas a veces un gobernante imperialista había confesado con tanto descaro sus propósitos inconfesables. Se trataba del petróleo y por si no quedaba claro lo repitió 20 veces (¿o fueron 27?). ¿Cuántas veces mencionó el Cartel de los Soles a cuya cabeza situaba a Maduro? Cero. ¿Cuántas veces habló de restablecer la democracia y de la liberación de las presas y presos políticos? Cero. Las únicas veces que habló de política fue para masajearse el ego, para subrayar que ÉL estará a cargo de aquel país. Parecía que llegaba a liberar a Venezuela, pero en realidad sólo llega para adueñarse del país.

La captura del tirano alegró a millones, en especial a los venezolanos desperdigados por el mundo, y dio esperanzas a quienes padecen otras dictaduras, como los cubanos y los nicaragüenses. Al fin de cuentas era un dictador menos en la lista. Pero no ha sido así. Se trató de cortar tan solo una cabeza de la hidra del chavismo para dejar en su sitio las demás. Ni siquiera fue la típica movida gatopardista, de cambiar todo para no cambiar nada; más bien no se cambió nada para mantener igual todo. Esto es lo que ha ocurrido dentro del chavismo, una movida de enroque contra natura en la que el rey Maduro se va a Nueva York, y la torre Delcy a Miraflores. Aparentemente habría cambio de régimen político, pero sólo un hubo un relevo de mando con otros mandatos. Ahora la finca tendrá otros dueños que en ningún momento será el pueblo venezolano.

Parecía que la incursión norteamericana, al igual que en Panamá hace 36 años, instalaría en el gobierno al ganador de las últimas elecciones, en su caso a Edmundo González. Pero ya se sabe que no será así. Se ha ninguneado a una oposición política que, salvo la lucha armada, ha intentado de todo para quitarse de encima un régimen de terror, corrupción y miseria. Lo más alucinante han sido los argumentos utilizados por los imperialistas para orillar a González y Machado: que no cuentan con el apoyo ni con el respeto del país. ¿Qué más respaldo quieren que los más del 60% de votos que obtuvo la fórmula opositora hace año y medio? Y luego el otro argumento descarado: que los dirigentes opositores están fuera del país. Pero si ellos mismos, los gringos, sacaron a María Corina en una lancha. Cómo se puede ser tan cínico. Siendo mal pensados se podría sospechar que la hicieron salir para tener la coartada de un plan que llevaban mucho tiempo tramando. Parecía que Washington estaba comprometido con el restablecimiento de la democracia, pero en realidad sólo le interesaba (en el estricto sentido de calcular sus beneficios) poner nominalmente al frente de Venezuela un régimen que garantizara jugosos beneficios. Parecía que había una hostilidad recíproca, pero en el fondo llevaban años de compadreo. Como ya se ha repetido estos días: era preferible un recambio de tiranos vasallos, que arriesgarse al posible caos de la transición a la democracia.

Parecía que Maduro era un dirigente revolucionario que moriría con las botas puestas y que su esposa, la primera combatiente (no se puede ser más cursi), también; pero se entregaron mansamente cuando se vieron perdidos. Uno hubiera esperado que durmieran al menos con una pistola bajo la almohada como último recurso, pero prefirieron rendirse.

Parecía que vivía seguro protegido por no sé sabe cuántos de anillos de pretorianos, pero vistos los resultados, de muy poco le sirvió rodearse de centenares de escoltas armados hasta los dientes si un gato casero abre las puertas al enemigo. Ay de los cubanos muertos inútilmente.

Parecía que una casta militar al mando de un ejército equipado con armamento de última generación, que incluye aviones Sukhoi y sofisticadas baterías antiaéreas de fabricación rusa, eran la mejor garantía para repeler posibles raids norteamericanos. Pero la realidad fue que las tan exaltadas Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) no dijo ni “mu” la noche del 3 de enero. Tampoco el tan infalible órgano de contrainteligencia pudo detectar la célula de la CIA que llevaba operando en territorio venezolano desde agosto de 2025. Y Por supuesto que tampoco detectó el “topo” que abrió la puerta a los atacantes.

Parecía que Maduro estaba respaldado por los cabecillas de los círculos de poder en que se asentaba el madurismo. Parecía que podía confiar ciegamente en ellos, en su fidelidad al chavismo y el control cruzado entre todos. Parecía que su lealtad era a prueba de bombas…pero según se ha ido sabiendo, no eran a prueba de 50 millones de dólares ni de promesas de poder. Lo que se sabe es que al máximo líder le venían haciendo la cama desde mucho tiempo atrás.

Por último, parecía que el dictador estaba asegurado contra todo mal porque tenía los paraguas de potencias geopolíticas: Rusia y China. Pero en la práctica lo dejaron con el trasero al aire. Rusia protestó por la violación de la soberanía venezolana (¡qué cara más dura!) y China, además de sacar de Fuerte Tiuna a sus despavoridos “cooperantes”, espero 48 horas para manifestar su reprobación. O sea, dicho en lenguaje beisbolístico: cero todo.

La caída de Maduro, como cualquier telenovela venezolana promete ser un culebrón de muchos capítulos, tantos como los nuevos amos, y los nuevos-viejos sátrapas quieran; pero también como el frágil equilibrio entre sus capos lo permita. Mientras tanto, no se dejen guiar por las apariencias. La pregunta de colofón es si el chavismo y su derivada del madurismo, alguna vez han sido lo que aparentaban ser.

Continuará…

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Silvio Prado

Silvio Prado

Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.

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